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Sábado, 12 de mayo de 2007

NOTA DE TAPA

Otra etapa en la Güemes

En un andamio de gran escala y de noche, comenzó a restaurarse el último segmento faltante en la gran obra de Gianotti. Un trabajo de base que terminará con la vuelta de otro conjunto de murales de grafito.

 Por Sergio Kiernan

Nunca se sabe qué pasa de noche en la misteriosa Buenos Aires, ciudad que cocina cosas más allá del sentido común, como bien descubrió Marechal. Pero hay un grupo –secta, equipo, profesionales– que cada noche arranca con su tarea cuando todo el mundo se va. Son gente normal y amortizada que al vaciarse el centro se sube al enorme andamio colocado justo al medio de la Galería Güemes, en Florida al 100, y se pone a trabajar. El equipo que dirige el arquitecto Reinaldo Lemos y asesora el doctor Felipe Monk ya empezó la última etapa en la misión de devolverle su gloria a uno de los edificios más notables de nuestra ciudad.

La Güemes es mucho menos conocida de lo que se merece, ya que se merece ser uno de los edificios más celebrados de nuestra historia. Fue la primera obra importante de ese inmigrante tan joven, Francesco Gianotti, que luego nos legó joyitas como El Molino. También fue el primer rascacielos porteño y el primer edificio de escala hecho con hormigón armado. Todavía hoy el conjunto de las Güemes resulta grande, con sus 14 pisos de altura, sus cien metros de largo –va de Florida a San Martín– y sus cuatro entradas a cuatro “edificios”.

Pero lo que le hace merecer un lugar rutilante es su espectacular decoración interior, una paleta de motivos y elementos de primerísimo nivel, de un estilo juguetón, medio que Art Noveau medio que bizantino, que incluye las más formidables fachadas de ascensores en el sistema solar. La galería es, simplemente, un artefacto de otros tiempos donde este país se daba estos lujos, compraba con buen gusto y creaba bellezas muy rentables. Sic transit, etcétera.

El problema fue que luego llegaron los años sesenta y el deber de ser modernos. Parece que la Güemes fue declarada anticuada en lugar de antigua y todo el mundo se sintió habilitado para hacer dos cosas: reformarla y descuidarla. Para 1995, con 80 años encima, el edificio había sido sistemáticamente vandalizado de muchos de sus bronces, estaba cubierto por espesísimas capas de pinturas cremita –siempre cremita– y deformada en sus aperturas, todas distintas, todas cubiertas de cartelerías caóticas. Para peor, su sector sobre Florida se incendió en 1970 y fue reconstruido al estilo “modernidad argentina”, berreta y con mucho hormigón. Donde antes había un noble arco decorado, una entrada imperial, aparecieron tres pisos de hormigón con ventanitas falopas. La Güemes desapareció atrás de eso.

Pero resultó que 1995 fue un oscuro año de justicia, cuando comenzó a hablarse de restauración de la mano de un nuevo gerente, Fernando Bertello. En 2004 comenzaron los trabajos de consolidación y se despejaron las dos cúpulas vidriadas, que habían sido cubiertas con hormigón como para que no pase la lluvia y reine la oscuridad. El que camine hoy la galería –muy recomendable– se va a encontrar con un ámbito espectacular, con las dos cúpulas restauradas a nuevo y tres sectores de la altísima bóveda con sus cañones bien iluminados, sus molduras en valor, sus broncerías brillando y colores inteligentes en las paredes. Una nota: no hubo caso de devolverle al interior su aspecto original, de símil piedra, porque una vez que lo pintaste... perdiste.

Faltaba un sector, que es el que se está tratando ahora. Subir al famoso andamio es altamente educativo por varias razones. En este momento se completó el trabajo “duro”, estructural, que comienza de abajo a arriba. En este caso, significó la reconstrucción total de los patios que techan la galería, que ahora tienen cuatro desagües de gran capacidad en lugar de los dos originales, ya que en tiempos de recalentamiento global hay que pensar en aguaceros tropicales. Luego se consolidó la parte de abajo de los patios, una bovedilla de ladrillos en excelente estado cuyos hierros están siendo limpiados y repintados al epoxi. Estos mismos hierros pronto sostendrán bandejas ocultas de cables flamantes, que reemplazan instalaciones tan viejas que a veces hasta son de tela.

Todavía en esas alturas, ocultas a la vista, se hicieron otras obras, como arreglar el pasillo secreto de mantenimiento. Resulta que allá arriba, en el triangulito que deja la bóveda al inclinarse, hay una circulación oculta. Con los años, el lugar estaba muy sucio y pleno de humedades. Hoy se despejó, limpió e iluminó, y su pavimento es ahora impermeable para que, si algún día entraran lluvias, la humedad no pueda pasar hacia la bóveda visible. Se habla de instalar detectores de agua que den la alarma de filtraciones.

De lo que quedará a la vista ya se está trabajando en los hierros de lo que fueron grandes lucernas curvas, tiras de vidrios doblados que otrora dejaban pasar la luz. Como se puede ver en los sectores ya terminados, estas lucernas ahora son blancas y dan una “sensación” de luz. Sus hierros están siendo limpiados a fondo para ser tratados con epoxi y luego pintados, también al epoxi. Mientras, se catean las paredes, que exhiben rajaduras causados por filtraciones, se revisan las molduras –todas intactas– y se retiran partes sueltas. Y se encuentran novedades, como que por debajo del símil piedra de la gran cornisa hay varios centímetros de tierra apisonada en lugar de cemento. Revisando ese extraño relleno, Lemos encontró un escoplo que habrá perdido alguno de los albañiles originales hace 90 años.

Seguramente lo más interesante sea que se están cateando los arcos decorados con murales de grafito que siguen tapados con pintura cremita. Como se puede ver ya en los sectores restaurados, estos murales son una belleza que fue impiadosamente oculta a pincel, pero que puede ser recuperada. Según parece, casi todos están en su lugar y pueden ser restaurables, y sólo uno parece haber sido maltratado hasta la casi desaparición. Ya ocurrió con otro, que fue copiado con exactitud. Esto será lo último que veremos, ya que los murales quedan para el final de la obra, para que no se ensucien, junto a la instalación de las llamativas luminarias blancas ovaladas.

En la primera nota sobre la Güemes, en marzo, se mencionó la notable y clásica proporción de sus espacios. El andamio de obra que cubre completamente el vano de la galería, quedando como si se construyera un entrepiso, permite apreciar realmente la mano de Gianotti. Es que al estar parado allí uno percibe que la parte curva de la bóveda, su remate, funcionaría como un bellísimo ambiente si ese andamio fuera un entrepiso permanente. El espacio creado es francamente armónico hasta cuando se lo corta en partes.

En resumen, antes de fin de año se podrá ver la Galería Güemes casi como la estrenó su autor, aunque resulte imposible demoler el hormigón setentista para completarla. A la vez que se restauró su gloria decorativa, se están unificando los frentes de los locales, de modo de devolverle unidad a estas fachadas internas. Ya están apareciendo marqueterías de bronce originales tan valiosas y bonitas que no se puede creer que alguien las haya escondido.

Algún día se seguirá “subiendo” en la restauración. El nuevo reglamento del edificio de oficinas por encima de las galerías impide remover pinoteas y cerramientos sobrevivientes, y frena picardías tradicionales como boquetear para un aire acondicionado. De a poco, las oficinas están retornando a sus opulentas texturas, sus techos altos y sus broncerías. Cuando se restauren las escaleras, trabajadas con elegancia checa y cribadas de broncerías hoy pintadas de gris, será un edificio de los que se bajan de a pie y no en ascensor, para no perderse el espectáculo. Un botón de muestra: en el último piso de uno de los cuerpos queda una parte de lo que fue en 1915 el restaurante más alto del país, un ambiente de cristales biselados, vitrales alegóricos y maderas gloriosas, impecablemente recuperado.

No extraña, entonces, que la Güemes ya tenga efectos raros sobre los que la visitan. En estos días se vio a un turista, seguramente norteamericano, acariciando con amor sus mármoles. El hombre, sensible, estaba emocionado.

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