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Sábado, 12 de marzo de 2011

Amores que matan

La Ciudad de Buenos Aires es tan grande que crió durante un siglo a varios clubes de fútbol. Esto, que los porteños toman como lo más normal del mundo, es una verdadera anomalía: rara es la ciudad en este planeta que sostiene a más de un club, como raro es el país donde los campeonatos nacionales prácticamente se juegan entre equipos de una ciudad. Ni siquiera Londres, enferma futbolera, tiene la densidad de clubes que tenemos por acá. Con lo que no extraña que los nuestros tengan una clarísima identidad barrial, un amor geográfico a un rincón urbano, una lealtad rinconera. Con lo que no se entiende la promesa de campaña que hizo Carlos Abdo, flamante presidente de San Lorenzo. Como se ve en el aviso, parte de la campaña de fines de año, lo que propuso hacer el candidato fue comprar dos edificios de valor patrimonial –un local de época y una gran esquina en PH con amplio local abajo– para destruirlos y ampliar la sede de su club. Lo curioso del asunto es que el texto rezuma cariño por la avenida La Plata, a la vez que propone arrasar con un pedazo de su identidad material, arruinando un poco el barrio. Tal vez habrá que explicarle al flamante presidente que demoler no es progreso y que las novedades tampoco. Tal vez algún socio le pueda acercar algún proyecto para que el club crezca sin romper un pedazo del barrio que tanto quieren.

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