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Jueves, 8 de diciembre de 2005

HISTORIA DETRAS DE UNA BALACERA

El barrio está cabrón

El Falucho se la tenía jurada a El Toco por una mujer. El jueves pasado se batieron en una especie de duelo con el Dock Sud de fondo. El Toco murió. Un cronista del NO se metió en ese mundo donde la vida se juega en cada esquina por nada.

Por Facundo Di Genova

Hacía rato que se tenían entre ojos. Se odiaban. Problemas de familia, problemas de mujeres. En la primera de cambio que se cruzaran iba a explotar todo. Y se cruzaron. Hubo casi diez disparos, un muerto, un herido y un testigo clave. Y otro muerto a cinco cuadras del enfrentamiento. Y un barrio con miedo. Con mucho miedo.

Todavía no eran la 1.30 del primer jueves de diciembre en el barrio de Avellaneda, a cuatro cuadras de las torres de Dock Sud, cuando Norberto Quintana, conocido como El Toco, de 21 años, se batió a duelo con Francisco Buz, apodado El Falucho, de 23 años. Fue a la vuelta de la comisaría 3ª de Avellaneda. A esa hora, la carnicería y la fábrica de pastas de la calle Alem al 1700 ya estaban cerradas, al igual que el almacén de la esquina. En el lugar sólo quedaba el quinielero. El Toco estaba con su hermanito de 8 años. Había llegado a la cuadra a comprar bolsitas para fraccionar el jabón en polvo que vendía para ganarse la vida y alimentar a sus tres hijos, fruto de su relación con Verónica, mujer que alguna vez había frecuentado al Falucho.

Pero El Falucho también estaba por ahí. Sus aliados El Polaco y El Macita miraban desde la esquina, como para hacer el aguante. Algunos vecinos señalaron al NO que –y aquí las versiones difieren– El Polaco y su banda estaban por ponerle caño al quinielero, que cerraba el local un poco más tarde que el resto de los comercios. Otros dicen que directamente estaban persiguiendo al Toco para darle muerte.

El Toco y El Falucho andaban en bici, los dos tenían armas, los dos se dispararon con furia, los dos dieron en el blanco. Pero uno tuvo mejor fortuna que el otro. El de la suerte fue El Falucho. Quién disparó primero, sólo lo sabe el quinielero, que guardará silencio hasta tanto no declare en la UFI Nº 3 del Departamento Judicial Lomas de Zamora, en el marco de la causa que se abrió por “Homicidio en riña”.

Familiares y vecinos dicen que El Toco gatilló cuatro veces con su pistola 6.35, un calibre similar al 22, temido porque una sola de sus pequeñas municiones pueden dañar varios órganos en su recorrida errática dentro de un cuerpo. No fue el caso. El Falucho tenía una 9mm, disparó más de cinco veces y recibió dos tiros en la panza de parte de El Toco.

El Toco recibió cinco impactos. Y al menos uno de ellos le debe haber pegado en un hueso, porque voló un metro hacia atrás, cayó en la vereda y, cuando quiso levantarse, El Falucho, también herido, le apoyó la 9mm en la cabeza y gatilló el tiro de gracia. No pudo rematarlo. La pistola se trabó. Entonces tomó la bici, calzó la 9mm en la cintura y, ensangrentado, enfiló para las torres.

Un charco de sangre se formó entorno al Toco. Estaba tendido en la vereda impar. Alzó la cabeza, miró a su hermanito, pudo saber que estaba ileso. Antes de cerrar los ojos, emitió una queja. Pidió ayuda.

No terminó ahí. En la vorágine, y a sólo diez minutos y cinco cuadras del lugar del enfrentamiento entre El Toco y El Falucho, un custodio de la línea de colectivos 134 escuchó que alguien le decía: “Feliz cumpleaños”. Y recibió un tiro en la cara. Murió en el acto. La familia de El Toco no sabe si fue la banda de El Polaco, un conocido en el Docke, que tiene 19 años, la que también mató al custodio. Nadie lo quiere afirmar. Ningún vecino quiere hablar. La policía tampoco. En el barrio todos saben todo, pero nadie dice nada.

Mala fama

Media mañana de domingo en el Docke, un barrio cuyo estigma es un conglomerado de torres con la misma mala fama que Fuerte Apache, Ciudad Evita o Lugano I y II. Un vecino que prefiere el anonimato aporta la dirección de los Quintana. Y tira una hipótesis: “Ajuste de cuentas.Alguna pollera de por medio siempre hay. Uno lo mandó a robar, el otro se quedó con la jermu, estas cosas no terminan más”.

Es un domingo triste. Ayer enterraron al Toco en el cementerio municipal. Se nota en la voz de Antonia Ramona Gutiérrez, la mamá de El Toco y sus 13 hermanos, que permanece inmóvil en la puerta de su casa, en el Pasaje Figueroa, a metros de la autopista Buenos Aires-La Plata, a metros de las torres donde vivía su hijo, sus nietos y la banda enemiga de su familia. Antonia está quieta, los ojos negros y las manos curtidas, la cabeza inclinada, la mirada puesta en la vereda de enfrente, en el santuario del Gauchito Gil, donde El Toco se arrodilló antes de partir.

La muerte de su hijo no es el principio ni el final de esta historia de guerra entre una banda, un barrio y una familia. Lo dicen los Quintana, que van saliendo uno a uno de su casa para hablar con el NO. Primero el padre, Ramón Quintana; después sus hijos, Virginia, Cristian, Gabriel, Gastón y los más pequeños. Ramón dice que los odios se desataron hace tres años, cuando El Toco cumplió 19 y fue asaltado por El Polaco y los suyos, que viven en las torres 7 y 10. Le robaron las cervezas que llevaba para festejar el cumpleaños con sus amigos. Y una gorrita.

“¿Cómo te van a robar?”, le reprocharon sus hermanos. Y salieron en busca de la banda. “Los cagaron a trompadas y recuperaron la gorrita –dice Ramón–. Pero después vinieron a amenazarnos. ¿Cómo es? ¿Encima que nos roban, nos amenazan?”, se pregunta el padre.

Fue el principio de la guerra. Dice Antonia: “Hice varias denuncias en la comisaría por amenazas. Nunca pasó nada”. Después se animó a dar la cara ante las cámaras del programa Policía Bonaerense, contando que le habían baleado el frente de la casa. No pasó nada. O mejor dicho, pasó.

El anticipo

Antes de que muera El Toco, le balearon otros dos hijos. Ahora, Antonia prefiere ocultar su rostro. Su marido y sus hijos, también. Tienen miedo. Y bronca. Gabriel Quintana, hermano adolescente, recibió hace menos de un mes un disparo en la mano cuando quiso parar una bala que iba directo a su cara. Le gatillaron desde menos de un metro. Todavía se le está cicatrizando la herida. Y el 22 de noviembre, día del cumpleaños de Antonia, Gastón Quintana, de 16 años, que estaba jugando a la pelota en la canchita de la torre 1, recibió un tiro en la ingle. “A vos también te hago cagar”, dicen que le dijo El Polaco, que acostumbra andar con chaleco antibalas, según afirma la familia.

“Si mi hijo levantó un arma fue para protegerse, no porque salió a robar; mi hijo no salió a robar, nunca tuvo antecedentes, vendía CDs y jabón en polvo”, dice Ramón, desmintiendo los chismes del barrio, que indican que El Toco también era un delincuente. “Norberto nos cuidaba de los delincuentes”, refuta la dueña de la rotisería de Quiroga y Figueroa, Anabela Marti. “El siempre nos cuidaba. Yo voy a ir a declarar eso”, dice.

Norberto “El Toco” Quintana recibió cinco disparos en el enfrentamiento con El Falucho. Virginia, su hermana, enumera: “Uno en el pecho, otro en el abdomen, otro en la clavícula, otro en la pierna y otro en la cabeza”. Los vecinos y la familia dicen que El Falucho quiso rematarlo y no pudo porque se le trabó la pistola. Después llegó herido como pudo hasta la torre 10, lo llevaron al Fiorito, quedó en terapia intensiva. El Falucho está vivo, por ahora, detenido en el hospital.

Luego del entierro, la madrugada del sábado, desde las torres comenzaron los escopetazos y los tiros, indicio de victoria por la muerte de El Toco. Señal de festejo. Y de guerra.

–¿Por qué tanta bronca? ¿Hubo algún problema de mujeres? –preguntó este diario a una de sus hermanas.

–No –respondió tajante Virginia. Calló unos segundos. Y se retractó–. En realidad sí, también, puede ser, porque la mujer de Norberto, que tuvotres hijos con él, se separó durante ocho meses y se fue a vivir con El Falucho. Después ella lo dejó y volvió con mi hermano, vivían en la torre 1. Y él quedó con bronca a mi hermano, porque no había otra bronca. Mi hermano no les había hecho ni un daño a ellos.

–Yo no me voy a quedar de brazos cruzados –dice Ramón Quintana.

–Esto no se termina acá –dice Virginia.

–Dos muertes en diez minutos y a cinco cuadras de distancia –dice el vecino anónimo. Es el titular que ningún diario amarillo publicó. Y confirma, por si aún quedan dudas–. En el Docke estas cosas no se terminan más.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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