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Jueves, 30 de noviembre de 2006

LOS MENORES DE 18 SE LAS INGENIAN PARA SALIR CON DOCU-TRUCHOS

Documentos, por favor...perdón y gracias

Vaya ironía: según la ley, los de más de 16 años pueden ir presos, los de 17 pueden conducir autos, ambos pueden trabajar y ganar igual que un adulto y quizá votar en las elecciones porteñas. Eso sí: tomarse una cervecita en un bar o entrar a un boliche después de la medianoche, ni a palos. ¿O sí se puede?

 Por Facundo Di Genova

Mariano D. tiene diecisiete años y un documento falso. No pretende comprar una moto que nunca va a pagar. No va a cruzar la triple frontera para traficar armas, no quiere votar varias veces, no piensa estafar a nadie, no le interesa. Lo único que quiere es poder andar tranquilo de noche, entrar al boliche donde se juntan todos sus amigos sin sobresaltos o sentarse en un bar a tomar una cerveza. Quiere, pero sin el documento trucho, no puede: una norma se lo prohíbe. Una norma (expresada en decretos y leyes nacionales y provinciales) que niega el ingreso de menores a cualquier lugar después de la medianoche. Una norma, en definitiva, ciega, que desconoce la realidad y que recobró fuerzas hace casi dos años, cuando Cromañón, cuando la ley se hizo más papista que el Papa.

Las historias se multiplican: el tío que hizo doscientos kilómetros para llevar a su sobrino de 16 a un recital y se entera en la puerta de que menores no entran; la hermana de 21 que le pasa el documento a la de 16 para salir a bailar y entonces la de 16 sortea la puerta del boliche, pero a la de 21 le piden documento y entonces no puede pasar; el muchacho que con 15 y gran pericia fotocopió las dos primeras páginas de su DNI y le cambió el último número del año de nacimiento y que en el ingreso al boliche, y mientras pone cara de grande, escucha al patovica ya cansado de decir “no pasás”, que ahora le dice: “No pasás”.

* * *

El fenómeno de falsificar o adulterar documentos o simplemente cambiarse la identidad entre amigos, primos o hermanos para ingresar a cualquier tipo de establecimiento luego de la medianoche no es algo nuevo. Ni es aislado. Está por cumplir, al menos, dos años. Padres e hijos lo conocen bien. Empresarios de la noche y patovicas lo conocen bien. Policías y legisladores lo conocen bien. Y entonces, ¿qué esperan? ¿Endurecer más los controles? ¿Poner un detector de mentiras? ¿Contratar una multinacional para escanear documentos? ¿Militarizar los boliches? ¿Encarcelar a todos los menores que salen luego de la medianoche? ¿O rehacer una ley legítima?

* * *

Mariano D. dice que sale después de la medianoche con sus amigos desde hace “más de dos años” y que a partir de Cromañón, cuando en “todos lados empezaron a pedir documentos”, él empezó a usar —igual que muchos amigos—- un DNI que no era el suyo. No era falso, ni siquiera estaba adulterado, simplemente no era el suyo. “Muchos empezamos pasando con documentos viejos de amigos que hoy son mayores”, dice este muchacho que pide reserva de su apellido por obvias razones; y avisa que, cuando el verano se apague, al fin será mayor y saldrá de la ilegalidad nocturna a la que lo empujaron.

—¿Qué pasa en la puerta de los boliches?

—Hemos entrado a lugares con cédulas y fotos de chicos que no eran ni parecidas a nosotros. Ponele que uno es morocho y la foto es de un rubio de ojos celestes... Es un protocolo, igual hay lugares que se encaprichan y no te dejan pasar. Hacen lo que quieren, si un día se les ocurre dejarte pasar, te dejan.

—¿Tus viejos saben de esto?

—Justo ayer a la noche tuve un bardo con mi viejo por ese tema, pero la mayoría de los padres de mis compañeros saben y no le dicen nada porque eran los mismos padres los que los dejaban salir a lugares de noche, donde sabían que vendían alcohol, cuando tenían 16 años. Hay madres que saben... la mía no sabía.

—Y cuando se enteró, ¿qué te dijo?

—Mi mamá me dijo que me entendía. Mi papá me dijo lo mismo, pero me avisó que era un delito y que por una pelotudez así podía terminar en la cárcel. Mis viejos son muy correctos. Ayer mi mamá me dijo: “Si tengo que ir a la puerta del boliche a autorizarte, yo voy”. “Eso no existe mamá, no tenés el espacio para hacerlo”, le dije. Lo que pasa es que el último documento con el que estaba saliendo, que ahora me lo sacaron, ni siquiera era el de mi hermano: era de otro pibe que ya había cumplido 18 y le había cambiado la foto. Era re-ilegal...

—¿Y cómo lo hiciste?

—Le puse mi foto con un contact arriba, es algo que no se lo había visto hacer a nadie. Ese documento me lo había pasado un amigo sin foto que se lo había encontrado en el piso de un boliche, o sea que lo había usado alguien para entrar. Se lo encontró un pibe que ya era mayor, entonces se lo pasó al hermano, y el hermano me lo dio a mí.

* * *

Ahora estamos en los alrededores de memorable boliche “clase C” con capacidad para 1434 personas. El lugar es, desde hace veinte años, punto obligado en la zona de Agronomía para el público joven. Es la 1.15 de la madrugada del sábado y no hay muchos chicos por la calle: señal de que, en estos momentos, están haciendo “la previa” en algún lugar.

En la esquina hay un bar oscuro y triste: vacío, dos viejos tomando un whisky, la mesera fumando sola en la vereda. Y enfrente un quiosco, con un quiosquero dentro: “Ojo que siempre piden documentos, pero es una cuestión formal. ¿Sabés la cantidad de chicos que vienen a sacar fotocopia de los documentos?”.

—¿Y para qué fotocopias? —pregunta el NO, y se hace el distraído—. Capaz que no quieren perder el original...

—Mirá no sé, yo les saco la fotocopia y después me piden una birome y veo que alguna cosa le hacen —dice el quiosquero, se ríe pícaro.

—Interesante, le voy a comentar a mi hermanito. ¿Me vende una cerveza?

—No vendo alcohol, por la zona ningún quiosco vende. Acá dos cuadras tenés un bar, fijate ahí.

* * *

Escabiando un cerveza en una mesita al aire libre del bar que nos mandó el quiosquero (a veces este trabajo se pone bueno) nos damos cuenta de que este bar tiene vida, no como el otro. Las puertas y ventanas abiertas, la música ni muy baja ni muy fuerte. La postal es bella, como los/las clientes. Es la 1.25 y el lugar explota de muchachitas con bastante poca ropa y pibes de jeans y zapatillas listos para el combate: hacen la previa, pitan pucho, se meten fresco líquido dorado entre el pecho y la espalda. No hay que ser un lince para ver que acá nadie pide documentos (y entonces nadie tiene que falsificarlos), a diferencia de aquel otro bar vacío, oscuro y triste, dos viejos tomando un whisky, la mesera fumando sola en la vereda...

* * *

“Conseguís un primo o un amigo que te preste un documento viejo y no hace falta ni cambiarle la foto: ¿quién le va a mirar la foto? Esa es la más clásica de todas.”

El que habla no es un menor instruido en cambios de identidad sino un relacionista público u organizador —como le llamaban antes— con más de diez años de experiencia en el negocio de la noche. Trabaja en dos boliches que se llenan todos los fines de semana con un público principalmente sub-25, en la zona de Recoleta, aunque es consciente de que unos cuantos de sus clientes son sub-18.

“El que viene con una fotocopia ya se sabe que es trucha. No dejamos pasar más con fotocopia. Lo difícil es detectar cuando viene con un documento que no es trucho, es original. Y aunque a veces los matan a preguntas, los pibes responden bien, se aprenden todo, el número de documento, la dirección... Si viene con el documento del primo o del hermano y la foto es muy parecida, y encima que lo matás a preguntas te responde todo bien, ¿qué le vas a decir?”, dice el organizador, y recuerda: “Antes era ‘a ver si me rebotan porque estoy mal vestido’ y ahora es ‘a ver si paso porque soy menor’”. El organizador dice que esto de adulterar o cambiarse los documentos “es un fenómeno que sigue creciendo sobre todo los viernes, que es cuando los chicos salen más, los sábados no tanto”. Y se pone serio: “Quieren que los chicos voten a los 16, te pueden dar una licencia de conducir a los 17, tu viejo te deja salir y manejar después de la medianoche, pero no podés entrar a bailar. Hay algo que no funciona”.

* * *

Esto es un hormiguero. Son las 2.07 y estamos en algún lugar del centro porteño, donde todo es movimiento. La zona, muy frecuentada por chicos que cursan cuarto y quinto año del secundario, exalta festividad. Muchos, muchísimos de quienes vienen por acá andan medio flojos de papeles, pero no son inmigrantes ilegales: son menores, algo que se sabe a cuatro vientos, como también se sabe que es difícil rebotar y quedarse afuera, que si no más que un hormiguero plagado de teenagers sería, con suerte, un cementerio comercial.

En dos cuadras hay más de ocho locales de todo tipo: boliches, bares, pooles, puteríos. La juventud se respira y a pesar de eso no hay ni una señal de bardo, bondi, lío: no parece haber una ebriedad descontrolada (está bien disimulada), no sea cosa de levantar la perdiz.

Y entonces se ve que en la puerta los porteros-patovicas de los tres boliches más grandes piden documentos que da miedo pero, como diría el quiosquero de Agronomía, parece que es sólo por “una cuestión formal”.

—Hola —saluda el NO a un patovica con cara de bueno que está en la puerta meta abrir y cerrar documentos—. ¿Te hago una pregunta?

—Sí, decime —responde sin mirar, meta escrutar mecánicamente los DNI de todos (sí, todos, todos) los muchachos y muchachas que ahora inflan el pecho y se ponen serios y ponen cara de grandes.

—Tengo a mi hermana más chica a la vuelta escabiando con unos amigos y quieren venir para acá —miente este cronista—. ¿A todos les pedís documentos?

—Sí, a todos, nadie pasa sin documentos.

—Uh... lo que pasa es que dos tienen fotocopias, ¿pasan?

—Mmm —pone cara de cansado—. ¿Tienen mucha cara de pendejos?

—Y... más o menos.

—No sé... decile que prueben.

En ese mismo momento aparecen dos patrulleros a muy baja velocidad. Uh, hasta las manos, piensan todos. El patovica hace como que no mira, ni se mueve; los chicos hacen como que no miran, no se mueven; este cronista hace lo mismo, ni pregunta. Mientras los patrulleros pasan, nadie sabe bien por qué (sí que saben), todos en la cola (patovas, más de doscientos chicos, cronista) medio que aguantan la respiración, ponen cara de giles (a mí no me cuesta nada) hasta que las licuadoras se pierden, muy despacito, por el Norte. Y entonces todo sigue como antes. Y entonces lo dejamos tranquilo al pobre patovica con cara de bueno, que parece cansado. Si el boliche se llena, cosa más que probable, en menos de dos horas habrá abierto, mirado foto y año de nacimiento, y luego cerrado, así, una y otra vez y sin parar, ¡más de 1370 documentos!

* * *

Según el artículo 292 del Código Penal de la Nación podrá ser reprimido con reclusión o prisión de uno a seis años “el que hiciere en todo o en parte un documento falso o adultere uno verdadero”. Según el artículo 2 del Régimen Penal de la Minoridad “es punible el menor de dieciséis a dieciocho años de edad que incurriere en delito” con penas que excedan los dos años tipificadas en el Código; el mes pasado el Congreso bajó la mayoría de edad absoluta de 21 a 18 años; la franja de 16 a 18 años de edad es imputable y no falta el lobbista que pide bajar la imputabilidad a los 14; en la Ciudad y en algunas provincias y municipios está permitido obtener la licencia de conducir a los 17 años con autorización de los padres; el artículo 187 de la ley de Contrato de Trabajo titulado “Igualdad de remuneración” establece que “los menores de uno u otro sexo mayores de 14 años y menores de 18 podrán celebrar toda clase de contratos de trabajo”; la ley de Lucha contra el Alcoholismo dice que está “prohibido en todo el territorio nacional el expendio de todo tipo de bebidas alcohólicas a menores de 18 años de edad”; un proyecto de ley enviado por el Ejecutivo porteño a la Legislatura prevé el voto optativo “desde los 16 años cumplidos de edad”; o sea, según la ley, los chicos tienen edad para estar presos, para conducir automóviles, para trabajar y ganar igual que un adulto y quizá muy pronto para votar en las elecciones porteñas, pero para tomarse una cervecita en un bar luego de la medianoche, ni a palos.

* * *

—¿Y qué otros métodos usan? —le pregunta el NO a nuestra fuente menor de edad que sale a la medianoche desde hace dos años.

—El más común es modificar tu documento de menor, que no tienen contact, y le cambiás algún numerito; pero ésa en general los patovicas ya la saben. También se hace con cédulas viejas, pero ahora te las piden actualizadas; se viene complicando la cosa...

—¿La fotocopia ya fue, no?

—Y con fotocopia es re obvio. Nosotros jamás iríamos con fotocopia a ningún lugar. Imaginate que salimos como veinte, vas a bailar a un lugar que es re-lejos y si te rebotan te tenés que volver... Ese es el tema: no es que lo chicos quieren ser delincuentes, los chicos quieren salir a bailar con sus amigos como salían antes.

—Cualquiera les diría que vayan a la matiné...

—Ir a matiné no es una opción, sinceramente. Sobre todo porque nosotros ya íbamos a la noche antes de Cromañón. No sé como serán los pibes más chicos, pero a nosotros nos quisieron sacar de la noche cuando ya la habíamos conocido.

—¿O sea que cuando salen juntos, por más que tengan “documentos”, hay veces que se tienen que volver?

—Sí, hablan de seguridad y te hacen dar vueltas toda la noche de un boliche a otro para que al final no dejen entrar al que es tres meses más chico que vos... ¿Cuál es el objetivo? ¿Dejar a los pibes dando vueltas toda la noche por la calle?

* * *

En renombrada zona de la costanera, también llamada “la meca de los pendejos” por un patovica que habló con este suplemento, el boliche está catalogado como “clase C”, aunque bien podría ser “ABC1”.

El público parece el de una matiné, pero son las 3.15 de la madrugada. No sería esto buen periodismo si no dijéramos que acá hay unas pendejas que rajan la tierra (ojo que si son menores estamos hasta las manijas): la pollerita mínima, el rostro pretencioso, las piernas firmes, los escotes re zarpados. Los autos en que vinieron también.

En la puerta todos muestran documentos, todos menos las pendejas que rajan la tierra y quienes tienen entrada anticipada, provista por el RR.PP. de turno. Acá no rebota nadie, salvo el que no quiere pagar la entrada. Va, ahí hay uno que está a punto de rebotar: jeans, camisita nueva bien gastada, zapatitos náuticos, cara de niño; sus amigos pasan; él, pelusa rubia sobre el labio superior, pelitos rubios en el mentón, pela fotocopia; el patova lo mira con cara de “no me vengas a mentir con esto”; a su lado hay un suboficial de la Prefectura que mira cómplice, que lo único que hace es mirar, que para eso está, y entonces hace una mueca de simpatía; el patova escruta la fotocopia, se detiene en ella más tiempo del necesario; el muchachito señala con el dedo nervioso un dato, presumiblemente el borroneado “1986”, que certifica que tiene 20 años; el patovica mira al prefecto, el prefecto mira al muchacho; el muchacho mira al patova como diciendo “no me dejés tirado”; el patova le devuelve la fotocopia. Dice: “Pasá”.

* * *

Antes de terminar la entrevista, Mariano D., nuestra fuente menor de edad que sale de noche desde hace dos años, pide transmitir un mensaje: “Si accedí a contarles lo que nos pasa, no es para que esta nota se nos venga en contra. Es una lástima que los chicos tengan que pasar por todo esto. Igual van a ir a bailar lo mismo”.

Y deja una reflexión: “Una autorización de los padres podría ser una solución lógica”.

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