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Domingo, 9 de agosto de 2015

FAN › UNA CANTANTE ELIGE SU CANCIóN FAVORITA. VIOLETA CASTILLO Y “PALOMA VUELA DE NUEVO” DE ILLAPU

TODOS NOSOTROS

 Por Violeta Castillo

Mis padres se conocieron en el Club de las Bellas Artes (actual Radio La Tribu). En el año 1985 mi papá se había auto exiliado de la dictadura de Pinochet y trabajaba como corresponsal de Radio Cooperativa de Chile en Buenos Aires y además tocaba música folclórica chilena como solista y también como parte de un grupo que se llamaba Grupo Callejón, cuyos integrantes eran todos chilenos. Mi mamá era una joven artista plástica local y habitué del Club. Se conocieron, se enamoraron, se pusieron de novios y al poco tiempo nació mi hermana Aurora. Un año y medio después nací yo.

Un año y medio más tarde, en 1990, cuando en Chile había terminado la dictadura y acá se había complicado la situación con la hiperinflación, empezaron a considerar la idea de irnos allá. Mi papá extrañaba mucho su país y a mi mamá le gustaba la idea de una vida más tranquila y más cerca de la naturaleza, así que nos mudamos a Chile. Vivíamos en Santiago, en un barrio tranquilo de casas bajas prefabricadas todas iguales y monoblocks de ladrillos con grandes patios abajo, aunque todo lo relativo a los tamaños en los recuerdos de la infancia es dudoso. Nuestro monoblock tenía un espacio adelante con pasto y muchos árboles. Había uno de nísperos que no podíamos comer porque la vieja que lo había plantado lo vigilaba todo el día y si tenía que hacer algo dejaba a su nieto a cargo de la tarea. Creo que nunca probé un níspero en la vida. Jugábamos mucho con los vecinos de abajo en el “bosquecito”, como le decíamos a ese espacio verde.

Ya desde Argentina mi papá le venía hablando mucho a mi mamá de Illapu, Quilapayún, Inti-Illimani, Patricio Mans y otros grupos de la llamada “nueva canción chilena”. Pero no fue hasta que llegamos a Chile que ella los escuchó y se hizo fan. Consiguió su primer casette de Illapu en una tienda polirrubro y lo cambió por unas serigrafías que hacía ella. Para seguir viviendo es ese casette. Ahora lo estoy escuchando en Spotify. Todos los temas son increíbles y también todos bastante parecidos. Es folclore andino puro y duro desde la instrumentación, con sikus, zampoñas, charangos, pezuñas, ese cuerno que suena como una vuvuzela y que ahora googleando me entero que se llama erke. Pero hay también otros estilos sudamericanos tipo candombe. También hay guitarras criollas y muchas voces, mínimo cinco voces armonizando, bien coral. Las letras son todas políticas y la mayoría dedicadas a mártires de Chile y Latinoamérica. Hay un par de instrumentales muy buenos donde de pronto alguien grita “¡Sentimiento!”. Mi canción favorita se llama “Paloma vuela de nuevo”. Me gustaría saber a quién está dedicada. La letra dice, por ejemplo: “Paloma, ven con todos nosotros/ Paloma, el camino abriremos/Paloma, la noche de los cuervos/ Paloma, con fuego borraremos”.

Es una canción verdaderamente muy comprometida y solemne pero que al mismo tiempo no esconde las ganas de festejar la libertad y destruir (quemar) todo lo malo. En ese sentido, sólo en ese sentido, es medio como “Vení Raquel”, de los Decadentes. En cualquier caso lo malo sería lo que prohíbe y censura, lo autoritario. “Paloma ¿quién detuvo tu vuelo?/ Paloma ¿quién ocupó tu cielo?/ Paloma ¿quién mandó este destierro?/ Paloma, ¡que haces falta en el nido!”

Con el fin de la dictadura también pudieron volver a Chile los integrantes de Illapu, que estaban exiliados entre México y Francia. Fuimos todos a verlos al Centro Cultural Mapocho. Yo tendría casi dos años, así que naturalmente no me acuerdo de nada, pero me consuela saber que los vi en vivo alguna vez porque hace poco más de un mes estuvieron en Buenos Aires y me los perdí. En realidad ir a verlos estaba en mis planes. Mi mamá tenía un 2x1 y me invitó. Pero sobre la hora, cuando yo ya estaba en camino, me llama mi mamá y me dice que el recital había sido el día anterior. Me quedé con las ganas de ver otra vez a Roberto Márquez, uno de los hermanos fundadores del grupo.

Finalmente logré verlo en persona hará dos años, en Uruguay. Estaba paseando por la feria Tristán Narvaja un domingo en Montevideo con mi novio cuando de pronto veo a un hombre vestido como metalero: campera de cuero, jeans, pelo largo con rulos y una cara que reconocí en seguida. Iba del brazo de una mujer menuda vestida como Frida Kahlo. Le dije a Lucas, mi novio, “ese es el cantante de Illapu”. Iba a seguir de largo pero no pude, fue más fuerte que yo. “Usted es el cantante de Illapu”, le dije. “Sí, sí”, respondió el tímida pero muy cordialmente, como debe hacer siempre que lo frenan para decirle lo mismo que yo, porque es muy conocido. Pero entonces le dije “soy la hija de Jorge Castillo” sin saber exactamente cómo iba a reaccionar. Automáticamente su cara se transformó y se miró con su mujer que también estaba sorprendida. Hacía años que Roberto Márquez y Juanita no debían saber nada de mi papá, que vive en el medio del desierto en San Pedro de Atacama. “Oh, verdad que se parecen”, se decían. Yo sabía que mi viejo los conocía y que hay un Castillo que toca o tocó en Illapu, pero en realidad no tenía datos muy certeros, así que su reacción me hizo sentir muy especial. Hablamos un poco y cada pareja siguió su rumbo. “Te emocionaste”, me dijo Lucas. Y sí, es que hasta ese momento no había entendido lo importante que era Illapu para mí. No sabía siquiera el nombre de mi ídolo de la infancia cuando lo frené para saludarlo. Tenía tan incorporada su música en mí, que sus nombres eran lo de menos. Pero en ese momento empecé a caer en la cantidad de veces que había escuchado ese disco y cantado “Paloma...” de pe a pa, a coro con mi mamá y mi hermana. Muchos años seguidos escuchando el mismo disco, seguramente más que cualquier otro disco que haya elegido escuchar por iniciativa propia.

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