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Domingo, 24 de julio de 2011

FAN › UNA ACTRIZ ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA: PILAR GAMBOA Y RUSHMORE, DE WES ANDERSON

En el fondo

 Por Pilar Gamboa

El personaje de Max Fisher marcó un gran momento en mi vida. Jason Schwartzman me conmueve con su actuación y su dupla con Bill Murray en Rushmore me parece una de las mejores cosas que ha logrado Wes Anderson en sus películas.

Hago un pantallazo general en la trama: Max Fisher es un adolescente bastante excéntrico, hijo de un peluquero, interpretado por Seymour Cassel (el increíble actor de todas aquellas películas de Cassavetes que también me volvieron loca, como Shadows, Faces y Opening Night). Max consigue una beca de estudios en esta escuela prestigiosa y elitista, de nombre Rushmore. El colegio se vuelve para él un lugar de pertenencia, un lugar que representa todo aquello que él no es, pero que sí quiere ser. Allí, con su carisma desorbitante, arma una cantidad de actividades extracurriculares que lo hacen perder el camino de lo estrictamente académico. De hecho, le va bastante mal; pero lo conoce a Herman Blume (Bill Murray), millonario con dos hijos gemelos y estúpidos y una esposa de la que sabremos poco y nada, sólo que le quema la cabeza, como todo lo que lo rodea.

Max y Blume se hacen amigos. Tanto, que hasta se enamoran de la misma mujer, Rosemary Cross, una maestra jardinera de la escuela. Entonces comienza una guerra entre ellos, y las escenas de disputa y de venganza son de un nivel de belleza increíble.

La película suele estar catalogada como “comedia”, pero lo que ocurre con el humor de Wes Anderson es que traspasa un poco el género y por momentos hay algo que sucede en los planos, en las actuaciones y en la música, que conmueve. Debe tener que ver con algo que alguna vez leí sobre la música en las películas de Anderson: que son su “cuarta pared”. Yo estoy de acuerdo: ¿recuerdan a Seu Jorge versionando a Bowie en La vida acuática? ¡Qué belleza! Bueno, en Rushmore hay de todo: The Kinks, Cat Stevens, The Faces, The Who y John Lennon. Una imagen de una belleza desoladora y un tema de The Who de fondo. Y a la vez las actuaciones de estos dos actores, que para mí son algo de otro mundo. Son actores que con el mínimo gesto logran la máxima expresión de sensibilidad. Y no son actuaciones precisamente “lavadas”, como se les dice en la jerga teatral, sino que son más bien actores cargados de intensidad, que están contando algo. La economía de recursos y la sutileza de los actores de Wes Anderson a mí particularmente me destruyen.

Mi escena favorita es una que no tiene palabras. Bill Murray en su mansión festeja el cumpleaños de estos hijos medio siomes que tiene. Está toda la familia y también hay niños amigos. El día está nublado. Se lo ve a él observando todo con esa cara de Bill Murray que me obsesiona, esa cara devastada, poceada como de viruela, que no sé qué tiene exactamente, pero que me fascina. Ahí está él, en un traje de baño rojo con la inscripción de Budweiser. En la boca tiene un cigarrillo encendido y en la mano un vaso de whisky, y está tirando pelotas de golf a la pileta. Un niño pasa por adelante y lo mira, pero él está ensimismado. Cuando el niño se va, él lanza una pelotita de golf exactamente al lugar a donde un segundo antes estaba ese pibe, y uno piensa que le podría haber pegado. Después observa a su mujer coqueteando con un señor, llevándole una cucharada de algo a la boca. El se levanta de la reposera, el agua de la pileta es verde musgo y el cielo es gris plomo; todo es gris plomo, menos su traje de baño. Se dirige al trampolín y sube sin soltar ni el vaso de whisky ni el cigarrillo. Termina su trago en fondo blanco, mira a su alrededor y ve que todos lo miran; todos en esa casa ahora tienen la vista en alto mirándolo sólo a él. Entonces camina hasta la punta de la tabla, toma carrera y se tira de bomba. El plano que sigue es él abajo del agua y un niño que pasa nadando. Es nada más que eso y, sin embargo, es de una belleza tremenda. Es una escena en la que incluso cuando arranca uno podría reírse un poco, y a medida que va avanzando todo se empieza a poner extraño y melancólico y hasta un poco triste. Quizá por eso me gusta tanto. Porque muta, porque conmueve y porque todo tiene tanta verdad que logra dejar al espectador bajo el agua junto con Murray. Porque representa tan bien uno de esos momentos en los que lo único que puede salvarte es estar un rato bajo el agua, con ese silencio tan particular.

Pienso mucho en esa escena, en realidad en esa película; pienso en ella muy seguido. En la construcción de personajes obsesivos y llenos de ternura, personas que hacen de la obsesión un motor. Son personajes tan humanos que logran inquietarme, y de una cosa estoy segura: si yo hubiese ido a Rushmore y hubiese sido compañera de Max Fisher, habría estado perdidamente enamorada de él.

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