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Domingo, 24 de julio de 2011

VALE DECIR

En el último trago nos vamos

Que la gasolina dé poder y movilice automóviles y barquitos no significa que tenga el mismo efecto en el cuerpo humano. Puede que su altísima toxicidad resulte obvia para muchos, pero el sentido común no siempre es común a todos. Como bien lo demuestra el caso de Chen Dejun, un hombre de 71 años que –establecido en una casita del poblado rural de Shuijiang, al sureste de China– lleva ¡42 años! bebiendo... nafta. Entre tres y cuatro litros al mes, en honor a la exactitud. Su primer shot fue de querosene y lo tomó en 1969. En aquel entonces, el cortador de bambú y piedra sentía dolores en el pecho, no paraba de toser y las medicinas recetadas por el doctor no surtían efecto. Entonces, optó por esta extraña poción casera para suavizar la garganta. El problema es que se volvió adicto y tuvo que redoblar con un líquido pastoso más fuerte: así llego la gasolina a su vida.

Según sus propias estimaciones, Dejun dice haberse bajado tonelada y media de combustible en las últimas cuatro décadas; cantidad suficiente para recorrer más de 21 mil kilómetros en coche. La adicción, sin embargo, le valió la familia. Porque cansado de la insistencia de sus hijos para que dejase la gasolina, Chen se fue a vivir solo ocho años atrás. Con todo, aunque es pequeño (mide 1,50 m de altura aproximadamente) y delgado, goza de buena salud. Los médicos del hospital Honglou, de Chongqing, sin embargo, le han ofrecido curar la afición en forma gratuita. Pero el hombre, que una vez al mes baja a la estación de servicio más cercana para comprar su remedio preferido, se niega. Los doctores ya no se preocupan: dicen que el cuerpo del anciano ya debió acostumbrarse a la nafta.

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