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Domingo, 10 de diciembre de 2006

SALí › HOY: TEATRO

 Por Carolina Prieto

Cae la noche tropical

Atardecer en un patio de ensueños, dos señoras, y ternura a lo Puig

Le sugiere tomar flores de Bach, cocinar una provoleta, compartir la receta de un bizcochuelo: todo es válido en el intento casi desesperado de Violeta por entretener y aliviar la desolación de su amiga Leonor, que desde el comienzo de la obra proyecta su desconsuelo desde lo alto de una parra, atada con mechones de su larguísimo pelo, en una pose suicida y surrealista.

En el patio del fondo de una sala del Abasto –un verdadero oasis lleno de flores, hiedras, rayos de sol que se desvanecen, sonidos de viento y de animales– comienza Remedios para calmar el dolor, una pieza de una ternura, humor y angustia inmensos, inspirada en textos de Osvaldo Lamborghini y Hebe Uhart, más algunas gotas de recetas medicinales de Edward Bach. Las protagonistas son actrices jóvenes de mucha entrega: Corina Bitchman y Carolina Tisera, en la piel de un par de amigas y vecinas de barrio envueltas en vestidos floreados y en diálogos de suma vitalidad, como en una novela de Manuel Puig. Leonor (Bitchman) es un manojo de angustia y enfermedad, expresado en un discurso poético, abstracto y críptico; mientras que Violeta (un entrañable trabajo de Tisera) es ella misma una flor, pura alegría de vivir, de mantenerse y mantener a su amiga conectada al erotismo de plantas, comidas y todo tipo de acciones. Como si fuera poco, habla en un extraño cocoliche de diva de cine (¿acaso nació en Italia?) que sostiene increíblemente durante todo el espectáculo. La soledad, el aburrimiento, los dolores y un compendio de desvaríos y exquisitos pensamientos anodinos que las revela casi como niñas, durante cincuenta minutos que se disfrutan con sonrisa en la boca y corazón estrujado. Cuando ya es de noche y las luces del jardín se encienden, suena una canción en portugués y las chicas se entregan a una danza plácida y graciosa, tal vez desde algún lugar del más allá.

Remedios para calmar el dolor, sábados a las 19.30 en Puerta Roja, Lavalle 3636, a $ 10, 4867-4689. Se suspende por lluvia.


El harén electrónico

Trece mujeres y un hombre para una hora de desenfreno afro-árabe y contorsión electrónica

Cabezas que se sacuden y giran alocadas en su órbita, torsos que dibujan curvas sensuales, brazos como lanzas impulsadas al infinito, espaldas ondulantes como serpientes. Ruedas humanas que se desplazan muy veloces y agazapadas, al ras del piso, mientras las voces y los rostros entran en ritmo hipnótico; sacudidas orgánicas, casi obsesivas, con los pies siempre a tierra y los troncos en busca de todas las direcciones. Hasta un coqueteo con la danza árabe y el dance electrónico.

Todo esto y más despliega el grupo de danza afroamericana Oduduwa, conducido en este espectáculo –EntranSe– por Julieta Eskenazi, una joven bailarina que se internó en los misterios del afro; primero en Buenos Aires, después en La Habana y finalmente en Salvador de Bahía, becada por varios meses. “Me enamoré de los oriyás, los dioses africanos relacionados a la tierra; me atrajo esa cosmología en contacto con las fuerzas de la naturaleza”, comenta quien también bailó en el Colón junto a la compañía de Diana Theocharidis.

Durante casi una hora, trece mujeres y un hombre protagonizan una serie de secuencias explosivas. Sobre un espacio desnudo, con una sobria iluminación y un vestuario de colores neutros que no remiten a la cultura brasileña, el elenco se entrega por completo. Cada cuadro propone una energía diferente y lo tribal predomina sobre lo individual: se impone sobre los niveles (no todos alcanzan la misma perfección técnica) y las anatomías (hay intérpretes delgadas, otras bien musculosas, otras rellenitas).

La música de Ramiro Musotto, el percusionista argentino radicado en Brasil, baña el espacio y marca el pulso ancestral mixturado con sonidos contemporáneos. Parches, berimbao, calimba y otros instrumentos de etnias se combinan con sonidos electrónicos, programaciones y algunas voces para impulsar los cuerpos a un juego gozoso de erotismo, vida cotidiana y religiosidad.

EntranSe, domingos a las 21 en Teatro Beckett, Guardia Vieja 3556, a $ 15, 4867-5185.


Canciones de chica Almodóvar

Vanesa Maja deslumbra en un viaje cantado por boleros, jazz y rarezas autóctonas.

Luminosa, kitsch, desenfadada, chica Muscari ciento por ciento, Vanesa Maja supo foguearse junto al director que hizo del exceso y la provocación sus marcas. Estuvo en Mujeres de carne podrida, Pornografía emocional y en las más recientes Match y Grasa. Al training junto al enfant terrible de la escena local sumó clases junto a Alejandro Catalán, Ciro Zorzoli y Juan Carlos Gené, y muchas horas de canto y clown, un bagaje que condensa en Pequeñas veladas susurradas, el recital que protagoniza junto al guitarrista Gonzalo Gamillo, los viernes por la medianoche en No Avestruz. Un momento y un espacio ideales para entrar en el mundillo de una mujer que, desde el momento en que dejó la casa paterna, se internó en un derrotero de amores y aventuras truncas. Entonces, un único consuelo: la música. Ataviada cual diva decadente, recorre su vida entre ingeniosas imágenes proyectadas en una pared de la sala, e intentos de diálogos con un partenaire que no saca los ojos de las cuerdas ni le regala una mísera palabra. Desesperada, sólo le restan las emociones que expresa con voz profunda, más cercana al desgarro que al medio tono sugerido por el título del show. Romances inesperados (con el forzudo que trabaja en un circo, con una mujer, con un líder político), abandonos sucesivos y, sobre todo, unos ojos negros inmensos que brillan, se expanden hasta lo imposible y traslucen un “mundo de sensaciones”. Si Sandro falta al menú, será quizá por una cuestión de tiempo, ya que hay de todo: boleros (“Sabor a mí”, “Algo contigo”), standards de jazz (“Why Don’t you Do Right”), folklore (“Zamba para olvidar”), versiones lentas y conmovedoras de “Hacelo por mí”, de A77aque, y del clásico “Por qué te vas”. Una búsqueda más profunda de matices a nivel sonoro (tanta estridencia satura un poco, mientras que los momentos más suaves son deliciosos) y a nivel de la dramaturgia enriquecerían una propuesta más que agradable para las noches de verano.

Pequeñas veladas susurradas, viernes a las 24 en No Avestruz, Humboldt 1857, a $ 10, 4771-1141.


Ese raro juglar del Abasto

Las coplas de Marcelo Subiotto: crónicas cantadas de política, literatura y cajas peruanas.

Un ámbito pequeño y desvencijado; apenas dos hileras de sillas enfrentadas y un espacio entre ambas donde irrumpe, como ráfaga, un personaje vestido de negro, guitarra en mano y acompañado por un percusionista. Una voz muy intensa, algo engolada, ojos entrecerrados que nunca miran a los espectadores y canciones de oscura poesía sobre cartoneros masones en noches del Abasto, en un tiempo casi atemporal y mítico, en busca de un centauro. El protagonista, autor y director es Marcelo Subiotto, actor y músico de amplia trayectoria (protagonizó impecables montajes de Guillermo Angelelli, integró el elenco de la exitosa Mujeres soñaron caballos, de Veronese; y este año fue Edmund en la versión del Rey Lear, de Lavelli), que inició con La cruzada de los niños una serie de unipersonales despojados y potentes, al que siguieron Amores metafísicos y, ahora, Coplas del cartonero masón.

Mezcla de juglar y cantautor, Subiotto captura la atención y genera desde los primeros minutos una atmósfera muy inquietante y extraña de la que resulta imposible sustraerse. Sólo resta dejarse llevar por la potencia del sonido (las cuerdas suenan fuertísimas, como las notables palmas de Oscar Albrieu Roca sobre el cajón peruano) y por un relato cargado de imágenes ásperas y alucinadas (en este sentido, son claves los sonidos que el partenaire musical genera con metales y vidrios) sobre un estado de crisis más que reconocible pero revestido de un halo metafórico. La resistencia, la subsistencia, la mezquindad ajena y propia asoman en una crónica cantada que evade clichés y conmueve, con rastros de las organizaciones secretas de la política y la literatura argentinas.

Coplas del cartonero masón, los sábados a las 23.30 en Puerta Roja, Lavalle 3636, a $ 10, 4867-4689.

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