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Domingo, 10 de diciembre de 2006

MúSICA > EL REGRESO DE CAT “YUSUF” STEVENS

Té para el musulman

Exactamente 40 años después de su primer disco, y tras una vida en la que lo tuvo todo, incluido un don casi divino y centenares de millones de discos vendidos, y lo dejó, incluido su nombre, para entregarse a Alá, Cat Stevens vuelve a grabar. Y los dones están intactos.

 Por Rodrigo Fresán

“No quiero a ningún Dios en mi jardín / Tan sólo una flor a la que pueda ayudar / Porque el alma de nadie sabe cómo crece una flor”, cantaba Cat Stevens en una canción titulada “Longer Boats” en un disco llamado Tea for the Tillerman en algún lugar de 1970, en el cenit de su carrera. Entonces, Stevens –nacido Steven Demetrios Georgiou, londinense hijo de padre griego y madre sueca– era la triunfal avanzada de lo que no demoraría en ser invasión: el crepúsculo de la Era de Acuario, el fin del Sueño Hippie, la decadencia de las bandas (que mutarían de aves psicodélicas a dinosaurios sinfónicos) y bienvenido fuera entonces el cantante confesional e intimista ya no preocupado por cambiar el mundo sino, apenas, por cambiar él. Entonces, Cat Stevens –quien en una primera encarnación había producido curiosos hits con recargados arreglos orquestales, joyas raras como “Mathew & Son”, “Here Comes my Baby”, “The First Cut Is the Deepest”, “I Love my Dog”, “Granny” y “I’m Gonna Get me a Gun”– era, luego de una tuberculosis de la que salió más acústico y barbado, una suerte de Nick Drake bastante feliz. Un hacedor de perfectas miniaturas pop con tan sutil como contundente gancho comercial. Tea For the Tillerman era el centro de una magistral trilogía que había arrancado con Mona Bone Jackon (también de 1970, apenas cinco meses antes) y se continuaría con Teaser and the Firecat (1971). Y, para muestra, bastan los muchos botones: “Lady D’Arbanville”, “Maybe You’re Right”, “Trouble”, “Hard Headed Woman”, “Wild World”, “Sad Lisa”, “Father and Son”, “The Wind”, “Rubylove”, “If I Laugh”, “Morning Has Broken”, “Moonshadow”, “Peace Train”... y Stevens era el rey absoluto del sello Island y número uno en todos los continentes y 60 millones de álbumes vendidos. Pero Stevens no era feliz y pronto se desilusionó de las idas y vueltas del negocio (del que ya se había burlado temprano en “Pop Star”), sus discos ya no eran tan buenos y en ocasiones parecían el producto de un loco (el conceptual y maniático-matemático Numbers, 1975), y Stevens casi se ahoga en Malibú, y se dijo: “Señor, si me salvas, me consagraré a ti”, y Stevens volvió a la orilla con otro nuevo nombre –Yusuf Islam– y de pronto, en el jardín de este gato lo único que había era Dios, un Dios para el que la música era pura vanidad que ofendía a sus divinos oídos.

Y adiós a las flores.

HIJO Y PADRE

Entonces, Yusuf Islam dijo adiós a todo eso, grabó discos de canciones devocionales, fundó la entidad benéfica Small Kidness (para ayudar a huérfanos de guerra o a familias arrasadas por catástrofes naturales), quiso participar en Live Aid (compuso una canción para el evento, esperó cantarla entre bambalinas, pero Elton John actuó más tiempo de lo convenido y Yusuf fue dejado de lado), se mostró de acuerdo con que la cabeza del escritor Salman Rushdie rodara por los suelos por haber insultado a Mahoma (aunque después matizara sus declaraciones) y, a pesar de haber condenado públicamente los atentados del 11/9/01 (cantó “Peace Train” a capella en el pre-show inglés, vía video, del Concert for New York City), se le prohibió la entrada a los Estados Unidos por figurar en una lista de individuos de riesgo, a pesar de haber recibido el premio Hombre de Paz otorgado por el mismo comité que entrega el Nobel. Y, pocos años atrás, aconsejado por su hijo, también músico, quien se empeñó en que una guitarra volviera a sonar en casa luego de dos décadas, Yusuf comenzó el lento pero constante deshielo y la reconciliación con su pasado pop. Yusuf supervisó una caja retrospectiva en el 2001, autorizó la salida de un disco y de un DVD en vivo (Magikat, 2005), grabó una nueva versión de “Peace Train”, cantó “Wild Train” en el homenaje a Nelson Mandela junto a Peter Gabriel (alguna vez sesionista en Mona Bone Jackon) y registró –a beneficio de las víctimas del tsunami en Indonesia y para su inclusión en la antología Gold, 2005– la canción nueva “Indian Ocean”. Un track nublado y melancólico al más puro estilo Stevens que prometía la salida de un nuevo sol luego de la tormenta y que presagiaba un retorno a cielos azules.

Y de pronto, Yusuf estaba en todas partes: tocando la guitarra en un disco de Dolly Parton, grabando “Father and Son” junto a Ronan Keating, participando en un documental de la BBC sobre su vida y obra y fe, autorizando el uso de “Wild World” como tema de Extras (la nueva serie de Ricky Gervais), y lo más importante de todo: tal vez para ya no tener que seguir oyendo a su hijo y autorizado por el Imán de la Gran Mezquita de Londres (siempre y cuando se tratara de “canciones respetuosas”), Yusuf entraba a estudios para registrar un nuevo disco, su primera incursión pop desde 1978, que –con portada muy Magritte, edición especial con libro desbordante de frases devotas– se llama An Other Cup. Un álbum que llegó a las disquerías el pasado 14 de noviembre, debutando en el puesto 52 de la lista de Billboard Magazine, justo cuarenta años después de la salida de Matthew and Son, opus 1 de Cat Stevens. Dos semanas antes, el hijo de Yusuf, Mohammed Islam –nombre profesional Yoriyos–, lanzaba su propio disco y el círculo se cerraba para que todo volviese a girar, como gira y gira este mundo salvaje, baby.

VER LA LUZ

Y, llegado este punto, hay que hacerse las inevitables preguntas: ¿es bueno An Other Cup? ¿Está a la altura de la leyenda del responsable de canciones tan delicadas como invulnerables y para las que no ha pasado el tiempo? ¿Perdió el don casi divino por entregarse a lo divino? Las respuestas son sí, casi y no. An Other Cup –título que juega con el presente de una nueva taza a llenar y con el pasado bebido de Tea for the Tillerman– es, indudablemente, un inconfundible disco de Cat Stevens. Reconocible desde lejos, con los ojos cerrados y los oídos abiertos. Un disco en el que, por momentos, las interferencias doctrinarias de Yusuf –“In the End” es el equivalente a las diatribas acusadoras de Dylan en su período cristiano, pero sin nada de la gracia psycho del norteamericano– molestan un poco, un poquito, apenas. Porque la verdad sea dicha: los discos de Cat Stevens ya rebosaban de mística y espiritualidad. Y lo que Yusuf dice ahora –“Me siento bien haciendo música y cantando sobre la vida, una vez más, en este planeta tan frágil”–- podría haberlo dicho Stevens entonces. Y “Maybe there’s a World”, “One Day at a Time”, “When Butterflies Leave”, “In the End” y “There Is Peace” podrían engalanar sin esfuerzo el próximo de los muchos Greatest Hits del artista. Y el cover de “Don’t Let me Be Misundertood” está muy bien. Y mejor todavía está el auto-cover “I Think I See the Light”. Y agradan los aires árabes de “The Beloved” –donde se luce Youssou N’Dour en segunda voz– o la alegría tropicaloide de “Midday” y “Heaven/Where True Love Goes”, conectando directamente con sus últimos hits de autoexiliado en Brasil, justo antes de la transformación. Y “Greenfield, Golden Sands” prueba que aquí todavía vive un inglés bien british. Y el cierre de “There Is Peace” suena como si se tratara de un clásico que siempre estuvo ahí, desde siempre, como tantas otras canciones de Cat Stevens. La sutil y modélica producción de Rick Nowels recupera el sonido del ayer y lo trae al ahora. ¿Y a qué suena An Other Cup? Respuesta: An Other Cup suena a un gato de fuego despertando y desperezándose luego de una muy muy muy larga siesta.

El próximo disco de un bien despierto Yusuf Islam o de un muy despabilado Cat Stevens –da igual, es lo mismo– va a ser, seguro, increíble. Mientras tanto, no cuesta nada creer en An Other Cup.

Afuera –sin que nadie sepa todavía cómo lo hacen– han vuelto a crecer las flores.

¿Y Dios? Bien, gracias.

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