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Domingo, 18 de abril de 2010

SALí › AL BAR DE LA ESQUINA

 Por Daniela Pasik

Con clientela estable

Lo de Pepe: Un bar casi miniatura, pero que sirve un gran café con leche.

Es un bar desde hace 80 años, pero es Lo de Pepe desde los años ‘80. En el “Pepito Café Bar”, según dice un cartel que pintó algún amigo de la casa, hacen uno de los mejores cafés con leche de Buenos Aires, y no es exageración. Pepe no devela su secreto y mueve las palancas de la cafetera en silencio para producir la alquimia perfecta. Está siempre detrás de la barra o, si no, sentado haciendo cuentas en el fondo, justo delante del poster que le regaló un grupo de fans, que dice: “Café notable (al menos para nosotros)”.

Casi con la apertura de persiana, de perfil a Sarmiento, se instala una señora canosa de pelo muy corto y mirada de arrabal; va por el clásico café con leche con tres medialunas... de manteca, obvio ($9). En ángulo perfecto, sobre la ventana de Jean Jaurés, cerca de la media mañana suele estar haciendo crucigramas un caballero parecido a Rafael Bielsa, de elegante sport, con barba y chombas que abarcan toda la gama de colores pastel.

Lo de Pepe tiene clientela estable, eterna, fiel. Los que viven el barrio, el empleado de la casa de electricidad, los chicos de la ferretería, albañiles varios, secretarias con taco chino en hora de almuerzo y más. Todos entran y lo primero que dicen es “Hola Pepe” y Pepe, a todos, les contesta algo que deja ver que los conoce de verdad. Las seis banquetas apretujadas sobre la barra invitarían al temor, porque casi no hay distancia entre una y otra, pero en Lo de Pepe no hay pruritos.

Al mediodía se sirven minutas accesibles, todo el tiempo se puede pedir especial de crudo y queso ($12), tostado ($8) y cerveza de litro ($11). A la tarde cambia la luz y al folclore habitual se suma el público del Konex, a media cuadra, y las mesas se hacen casi comunales. El mozo de delantal bordó atiende con cara inmutable a unos nórdicos de mejillas sonrosadas, a los dominicanos de la pensión de enfrente, a los pibes del barrio, a todos los que se meten en este lugar que en general conocen y, si no, del que seguro salen sabiendo, al menos, quién es Pepe.

Lo de Pepe queda en Sarmiento y Jean Jaurés y está abierto los lunes de 6 a 21, de martes a viernes de 6 a 20 y los sábados de 6 a 16.

El no va más del bar porteño

Los Galgos: Una postal detenida en el tiempo, como una joya escondida en el barro del Centro.

En lo alto del mostrador, dos estatuas de porcelana, una blanca y otra negra, de los galgos. En 1948 la familia Ramos compró el que hasta entonces había sido el almacén y bar de un asturiano y dejó, no sólo el nombre, sino ese par de guardianes caninos que juegan en la delgada línea que divide el buen gusto del kitsch. Como una tercera esfinge, está uno de los hermanos Ramos vigilando todo.

Hay tanta belleza que sería un insulto ponerse a adjetivar y un lugar común imperdonable limitarse a la descripción que, por austera que fuera, siempre va a terminar pareciendo recargada. ¿O cómo se explica, sin caer el cliché, que hay veintisiete mesas de madera con tapa de fórmica al tono, sillas estilo Thonet y paredes recubiertas con una avejentada carpintería tallada en roble de Eslavonia? ¿De qué modo que no sea cursi se cuenta que en la barra tienen la máquina de cortar fiambre y la registradora que estaban en 1930 y también un grifo “cuello de ganso” para servir agua? ¿Es necesario señalar la paradoja de que haya cuadros gauchescos de Molina Campos compartiendo espacio con pinturas de galgos humanizados, con trajes victorianos?

A no olvidarse de mencionar que pasaron por ahí verdaderos mitos del tango, como Enrique Cadícamo y Enrique Santos Discépolo. Y a tener bien en cuenta que cuando se dice “como antaño” implica, por supuesto, que “no se acepta moneda extranjera ni tarjetas de crédito o débito ni tickets”.

Es imposible salir de lo evidente para contar Los Galgos, pero quizá se puede decir algo novedoso, como que las puertas vaivén que dan a la calle tienen vidrios biselados como ya no suele haber. O quizás, al que no fue le gustaría saber que, si prenden la radio, siempre es de tango, y el que sí fue tal vez recuerde, pero lejanamente, que las ventanas, con letras doradas que anuncian especiales de crudo y queso tienen cortinas en la mitad superior y entonces todo guarda un aire un poco oscuro, como si fuera un refugio al brillo fulminante de algún posible sol exterior.

Los Galgos queda en Callao y Lavalle y está abierto de lunes a viernes de 6 a 20.

La mejor flor

La Orquídea: Café bar ideal para un vermú de ensueño en una ochava años ‘50.

Había una vez, hace ya mucho tiempo, un increíble y enorme mercado de flores donde hoy está el megatemplo de la Iglesia Universal. Parece que fue en un país muy lejano, pero no. En ese entonces, el café La Orquídea tenía su lógica en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa. Ahora, como el exótico tipo de flor que lo nombra, el bar es una rareza y hay que encontrarle su coherencia frente a tanto evangelio: tan de madera y repleto de espejos y ventanas, pero enclavado en ese pantano de bazares con copia de baratijas estilo top que florecen como yuyos por ahí.

La ochava, la ocupa un local que supo ser farmacia y, aunque ahora vende flores, guarda su impronta de antaño, como haciéndole compañía a La Orquídea, para que no se sienta tan solitaria en su viaje directo a los años ‘50.

El olor a café, día y noche, golpea con amor el olfato al abrir la puerta y si se toma en la barra, al paso, sale 40 centavos menos. Igual, casi por capricho, podría decirse que La Orquídea invita más al licorcito, al whisky o Gancia con ingredientes que a otra cosa. Es un bar que parece haber nacido para el vermú. Incluso, en la carta está casi pautado, porque ofrece “2 aspirinas: 0,50”.

Igual, aunque todo haya cambiado con el tiempo, en la zona aún se venden flores. Hay locales, bastantes, apenas saliendo del bar, y muchos por la calle Sarmiento, a una cuadra. Los que trabajan ahí recalan en La Orquídea, que además de toda su hermosura y peculiaridad tiene, entonces, una suerte de magia.

Es posible ver en vivo, por ejemplo, este cuadro: Muchachos que miran el partido llenando todo de moderados vozarrones; un par de jubilados silenciosos con camisa y boina; dos enamorados abstraídos en una mesa al lado de la ventana y, justo debajo de la tele, ajena a todo, una rubia de mediana edad con un enorme ramo de rosas que llega, el mozo sin mediar palabra le trae una cerveza tres cuartos que ella bebe ni rápido ni despacio y que, a los diez minutos, abandona para salir corriendo y dejar su mesa sembrada de pétalos.

La Orquídea queda en Corrientes y F. Acuña de Figueroa y está abierto todos los días, las 24 horas.

Los pequeños detalles

El destino: Precios económicos y parada estratégica de cafetín.

Letras doradas que indican “E D” con firuletes en la puerta vaivén y una mezcla como de olor a café con un dejo lejano a baño. Sí, baño (pero limpio). Cierta sordidez que nace de un intento de elegancia planeada en los ‘70 y que, recién hoy, puede resultar encantadora... a su modo. Todo eso es, aunque usted no lo crea, parte del encanto de El Destino, un bar de esquina, obvio, tan típico que no brilla por su fama de antaño ni se destaca por nada en particular, salvo... Si uno mira bien, justamente ese es su encanto. La nada repleta de pequeños detalles.

Detrás de la barra, una foto falsa une a Minguito, Gardel y Maradona: los iconos extremos del porteño estilo El Destino, bar con una columna espejada en el medio que sostiene un potus colgante, nuevo, y así semioculta un viejo cartel que avisa “Prohibido escupir en el suelo”. No hay música, o sí: el sonido es de maquina de café, cucharitas que se entrechocan, gente que habla y se conoce, un hombre que dice: “Era una piba inteligente, pero fue al psicólogo una vez y la convenció de que ella iba primero que el resto y bueno, así no va la cosa”.

Por ahí dispersos hay médicos del Güemes, sanatorio cercano, y señoras que venden productos de belleza o salud puerta a puerta y paran a almorzar.

Y también las hermosas ventanas, y los diarios siempre listos para ser agarrados, y el mozo con moño de camisa blanca que limpia la mesa mientras anuncia “carta no tenemos, pero precios económicos, sí” y canta el recitado habitual de “té con limón o café con leche con medialunas” o, según la hora, minutas, sánguches... Soda de sifón.

Y todo viene en platos de acero inoxidable. Y hay una decadencia que le sienta bien al bar, y no importa lo que uno pida, entre un cortado o una milanesa con fritas, todo llega a la mesa casi instantáneamente, aunque haya mucha gente. Y el mozo es de esos mozos que saben ver sin mirar y no se los puede llamar para molestarlos todo el tiempo reclamando sal o servilletas, pero cuando alguien escribe en el aire el garabato que implica “la cuenta”, ahí sí que ve, y va, y da el vuelto en el momento y nunca, nunca, te deja esperando.

El Destino queda en Gallo y Humahuaca y está abierto de lunes a viernes de 7 a 19 y los sábados de 7 a 12.

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