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Domingo, 18 de abril de 2010

PERSONAJES > CAMERON DIAZ, LA SUPERESTRELLA EN ZAPATILLAS

Un sol para los chicos

A los 37 años de edad, década y media después de su explosiva entrada en los cines de todo el mundo –bailando con la energía de un dibujo animado de Tex Avery a la par de Jim Carrey en La máscara–, Cameron Diaz sigue siendo la superestrella multimillonaria en zapatillas. La estrella con la sonrisa más irresistible de Hollywood, que siempre parece sonreír porque quiere, porque de verdad la está pasando bien. La reina rubia de la comedia que a pesar de su salario de 20 millones por película (o de 10 millones por poner sólo la voz en cada secuela de Shrek), es decir, la segunda mejor paga de Hollywood, sólo después de Julia Roberts, se las ingenia para seguir pareciendo una chica más o menos común y corriente. Una que podría ser tu amiga.

Y esta semana la tenemos en cartel de vuelta, haciendo una cosa atípica para ella. Maltratada, relativamente deteriorada, físicamente dañada. A la caza de un poco de morbo, el director Richard Kelly –el ex prodigio que debutó con la dirección de Donnie Darko– la encierra en su tercera película, La caja mortal, en uno de los mejores lugares en los que puede quedar atrapada una actriz necesitada de emociones nuevas: un argumento de Richard Matheson. Uno como los que escribía para La dimensión desconocida, y no hace falta decir mucho más al respecto.

Se trata de uno de esos papeles extraños que consolidan, por la vía de la excepción, la vigencia del reinado de Cameron en el mundo más luminoso de la comedia, donde está instalada desde mediados de los ‘90. Desde que, tras el éxito de La máscara, esta hija de una mujer angloalemana con algo de sangre cherokee y padre cubano, que entre los 16 y los 21 años estuvo viviendo por el mundo (Japón, Australia, México, Marruecos) bajo contrato con la agencia de modelos Elite y como cara de grandes marcas, filmó casi al hilo Vidas sin reglas (de Danny Boyle), La boda de mi mejor amigo (con Julia Roberts), Loco por Mary (donde engominaba su peinado con semen de Ben Stiller) y una participación en el éxito indie ¿Quieres ser John Malkovich?, y se convirtió en la mayor apuesta de los estudios. La clave de la comedia, dice ella, es la honestidad, y se esmera en aplicarla, o al menos interpreta ese papel a la perfección: su espontaneidad parece imbatible. Por eso, cuando declara cosas tales como que la vuelven loca las papas fritas y el Egg McMuffin de McDonald’s y que, nada de lechuguitas, es capaz de prostituirse por una hamburguesa, uno no puede, a pesar de su extrema y obviamente cuidada delgadez, dejar de querer–creerle.

Unos años atrás, el periodista Bill Zehme derramó sus declaraciones de amor por ella en un extenso perfil publicado en la revista Esquire. Empieza balbuceando algo así como que no pudo menos que quedar atrapado por ella cuando, al conocerla, lo primero que Cameron atinó a decirle fue: “¡Me estoy meaaando mal!”. Martin Scorsese, ese cinéfilo-necrófilo de las estrellas del pasado, dijo de ella tras dirigirla en Pandillas de Nueva York que era como Carole Lombard, una combinación de ligereza, rigor y humor. En el New York Times fue comparada con Jean Arthur, Jane Russell y Angie Dickinson, “un prototipo norteamericano, una chica compinche a la que le gusta salir y divertirse, con camaradería y una sexualidad directa”. Los Farrelly fueron un poco más lejos: “Es como Grace Kelly. Con pedos”.

Zehme concluía en aquel artículo que, de alguna manera, Cameron –la princesita pedestre, amante de las conversaciones y los chistes sobre pedos, ganadora del concurso de eructos del canal infantil Nickelodeon– puede ser en definitiva una gran novia que también sea un gran amigo, “capaz de enganchar la carnada en la caña de pescar, de manejar rápido, emborracharse, mear en la ducha y romper las multas de tránsito”.

O en otras palabras, las mismas otra vez: la millonaria que almuerza por 5 dólares, la superstar en zapatillas.

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