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Domingo, 28 de septiembre de 2014

VALE DECIR

OTRA TEORÍA CON COLMILLOS AFILADOS

“Todos vamos a morir”, auguran incautos periodistas del mundo mientras, envueltos en ajo, dan por válido un reciente descubrimiento: la verdadera tumba de Drácula. O, en honor a la exactitud, la supuesta tumba de Vlad Tepes, el Empalador, príncipe de Valaquia que, por sus castigos perversos, inspiró al famoso y vampírico conde de Bram Stoker. Merecido “logro”, considerando que el hombre del siglo 15 se dedicó al horror, estrangulando, quemando, mutilando, despellejando o hirviendo vivos a sus enemigos. Empero, aunque su vida ha dejado registros, es su muerte la que inquietó a la Historia. Porque un día de 1476, Vlad se fue a la guerra y desapareció en acción. Y aunque hipótesis tras hipótesis se han sucedido respecto del devenir de su cuerpo, una estudiante de doctorado de la Universidad de Tallin, en Escocia, asegura haberlo hallado, en Italia.

Erika Stella es el nombre de la muchacha que, analizando el claustro de Santa María la Nova en Nápoles, dio con un sepulcro un tanto peculiar y procedió a alarmar a las autoridades. Según el experto en historia medieval Raffaello Glinni, la tumba –cubierta de símbolos de Transilvania– sería una rareza para un noble italiano; acto seguido: misterio. Y deducción: porque, según la teoría que se está pergeñando, Vlad III habría sido capturado por los turcos en combate y su hija María, casada ella con un noble napolitano, habría pagado un rescate por la liberación de su padre, siendo éste trasladado a Nápoles. Allí vivió, pereció y fue enterrado, declama la nueva línea investigativa, a la espera de recibir el visto nuevo para analizar (lo que quede de) los restos. Con lupa y estaca en mano, no vaya a ser cosa.

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