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Domingo, 28 de septiembre de 2014

LAS ISLAS

HISTORIETA A la manera de Maus y Persépolis, Tortas fritas de polenta, de Adolfo Bayúgar y Ariel Martinelli, es un relato autobiográfico sobre Malvinas que balancea lo cotidiano y lo doloroso, el miedo y la risa, la crueldad y las pequeñas epifanías, de una manera que no se había hecho antes, una forma nueva de contar la guerra. A través de entrevistas con el ex combatiente Martinelli, Bayúgar –que respetó su voz y su relato– decidió hacer una crónica contundente y tierna que se acaba de publicar en forma de libro.

 Por Juan Manuel Domínguez

“Juraría que fueron 20 noches...”, dice la voz del otro lado del teléfono. Es la de Ariel Martinelli, el testigo, el ex combatiente de Malvinas. Le está respondiendo a Adolfo “Fuchi” Bayúgar, el dibujante que decidió entrevistar a Martinelli y, a partir de su testimonio, mostrar, desde las historietas, la Guerra de Malvinas en primera persona. Bayúgar incluso traduce ese instante, cuando amablemente le informa a Martinelli que esas veinte noches en el frente de combate no habían sido (acorde con su investigación) más de tres. La obra de 70 páginas se llama Tortas fritas de polenta: creada e ilustrada por Bayúgar, narrada por Martinelli y publicada completa en Fierro y ahora en formato libro por La Duendes, vibra con una potencia que tiene ecos del comic biográfico. Alguna vez Umberto Eco, hablando sobre Maus, el núcleo de las memorias que formatean lecturas de la Historia, sostuvo que la obra de Art Spiegelman “lograba lo que se creía imposible: hacía particular el Holocausto y su experiencia”. Exactamente eso sucede con Tortas fritas de polenta, la obra que fue definida por Juan Sasturain como un relato “tan contundente como la mejor y más poderosa de las crónicas que hemos leído y/o visto sobre el conflicto que sigue siendo una herida abierta”.

“¡Nos vamos todos a Malvinas, boludo! Jua Jua Jua”, le dicen al Martinelli ilustrado, el que fue reclutado incluso cuando antes había sido dado de baja y explica desde ese instante la inocencia, la alegría, la crudeza, la miseria y, finalmente, la guerra con una simpleza que sacude (la felicidad de los primeros días, el no entender la subida al avión, la forma de vivir en pozos: todo es accesible y es demoledor por eso mismo). Es ese desparpajo, esa ausencia de solemnidad, la que hace de Tortas fritas de polenta una historieta que sorprende: crudeza y sensibilidad era lo que necesitaba el relato de Malvinas. Y eso buscaba Bayúgar durante los dos años que se juntó con Martinelli para escucharlo construir de forma íntima y nueva un relato que gana en esa sensación: la de alguien que puede contar sin el halo, sin el peso de la historia, y sí con el peso y la incertidumbre de lo vivido. Dice Bayúgar: “El proceso de creación comenzó con la idea un poco obsesiva de contar una historia personal de un combatiente. Luego de ubicar al entrevistado ese plazo fue bastante largo, entre entrevistas personales, llamados, y a la vez ir ordenando, diagramando y dibujando la historia. La autoría de la obra es exclusivamente mía, en el sentido de que lo guioné, a partir de las entrevistas, y lo dibujé yo. Pero la comparto con Martinelli porque considero que, como está contado en una primera persona que es la suya, porque respeté todo lo que dijo, también él era autor de la obra”.

Puteadas apenas se pisa las islas (“Argies bastards! Fuck off!”) acompañadas por una voz en off, la de Martinelli, que habla de “sus casas, su tierra” y “... la altanería que transmitían nuestros militares a esa gente”. Sólo para mostrar en la página que le sigue la felicidad de encontrar material pornográfico en el regimiento: Tortas fritas de polenta habla de una forma íntima que no existía en torno de las historietas y Malvinas. ¿Cuánto hubo de reescritura para generar golpe de efecto? Bayúgar dice que casi nada. “Traté de usar todas sus palabras, que lo que le escuché decir fuera lo que terminé dibujando. Por supuesto que creé algunos diálogos que no estaban y reestructuré la historia a mi comodidad. Quería que se sintiera la cercanía, que fuera Ariel contando al lado del lector.”

La referencia primera es obviamente Maus, la obra de Spiegelman que narra la vida de su padre antes y durante el Holocausto, y Bayúgar lo sabe: “Por supuesto que Maus fue lo que más me impulsó a querer hacer una historieta a través de un testimonio de primera mano, pero también, después de leer esa historieta, comencé a investigar a otros autores que hicieron biografías o autobiografías. También leí Persépolis, de Marjane Satrapi, por ejemplo. El tema es que cuando Ariel accedió a las entrevistas, yo ya tenía definido que iba a ser el relato suyo en primera persona, y además le di un par de pautas de lo que quería, y las entendió perfectamente. Párrafo aparte merece el tema de la cronología de la historia, porque si bien le pedí un orden, los hechos se mezclaban una y otra vez desde la primera entrevista. Entendí que en una guerra, donde uno no lleva reloj ni otro tipo de elementos para calcular el tiempo, y donde las emociones de los sucesos se superponen, era mejor que fuera (sobre todo el período de la guerra) contado ‘temáticamente’: hambre, bombardeos, higiene, frío y demás”.

Si el relato oral de Martinelli, el concreto y usado de base era fundamental ¿cómo se traducirían sus tonos o cómo lidiar con esa imposibilidad puntual de las historietas? “Creo que lo primero que me impactó, fue cuando comenzó a contar sobre las trincheras, los pozos”, dice Bayúgar. “Cuando me contó lo que le impresionaron los bombardeos, pero también cuando contaba la primera noche en el frente de batalla y ver las primeras muertes. Ahí su tono de voz sonaba muy bajo, entrecortado, hacía esfuerzos por hablar, en una voz tan baja, como respetando a los caídos y sabiendo que estaba contando eso que por primera vez alguien ‘de afuera’ escuchaba. Varias veces tuve que pedirle que me repitiera el relato. Igualmente, una de las cosas que me quedaron inconclusas fue que me diera nombres de los compañeros caídos. Nunca me dijo uno. Seguramente por respeto.”

Bayúgar sabía que “ya de por sí el relato es, en momentos, muy crudo. Consideré innecesario dibujar, por ejemplo, cadáveres despedazados o charcos de sangre”. Y entiende que desde el blanco y negro, “ésta no es una historia de color, sino oscura”. Es la lúdica sinceridad de Martinelli y la sabiduría historietística de Bayúgar las que, juntas, logran que la historieta más importante sobre Malvinas sea tan visceral como inteligente en su respeto de las experiencias de quien estuvo ahí.

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