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Domingo, 23 de noviembre de 2003

PáGINA 3

Animales celulares

por Paul Goldberger

Hay una conexión entre la noción de lugar y la realidad de los teléfonos celulares, y no es particularmente auspiciosa. Los lugares son únicos –o al menos eso nos gustaría que fueran–, y lo que nos afanamos en disfrutar de ellos es su compromiso con ciertas particularidades. Los teléfonos celulares son precisamente todo lo contrario. Cuando un pedazo de geografía hace lo que se supone que debe hacer, nos induce a sentir una conexión con el lugar que –como sucede con el matrimonio– implica renunciar a cualquier otra. Vamos a París esperando chapotear en la “parisinidad”, esperando sentir que la gente que camina por el boulevard Montparnasse está allí de un modo tan absoluto como los kioscos o la fachada de la brasserie Lipp y que no podría estar en ningún otro lado. Y eso es lo que esperamos de cualquier lugar del mundo. Cuando estamos en un bosque queremos vivir su “bosquidad”; cuando estamos en la playa queremos conectarnos con la arena y el surf.
Pero es cada vez más difícil, y no porque ya no queden lugares de ese tipo ni porque los centros urbanos sean cada vez más parecidos entre sí. Todo eso es verdad, sí, pero no es cuestión de volver a despotricar contra la homogeneización de las ciudades y el paisaje suburbano. Podemos estar en un lugar que conserva su intensidad, su especificidad y su capacidad de asignarle un contexto definido a nuestra vida, pero ese lugar ya no tiene el efecto de exclusividad que solía tener. Ya no sentimos que estar en un lugar nos separa de otros lugares. Y la que se encarga de eso hace rato es, naturalmente, la tecnología. ¿Se acuerdan de la época en que la gente se comunicaba con Europa por carta y las respuestas tardaban un par de semanas en llegar? Ahora nos fastidia tener que mandar un fax porque tarda mucho más que un e-mail.
Pero si el teléfono celular cambió nuestra noción de lugar más que los faxes y las computadoras y el e-mail, es por su capacidad de irrumpir en cualquier momento y cualquier lugar imaginable. Cuando caminamos por la calle hablando por un celular, ya no estamos en la calle compartiendo una experiencia común de la vida urbana. Estamos en algún otro lugar, en el otro extremo de la conversación telefónica. Estamos ahí pero al mismo tiempo no. Como el título del libro en el que Lilian Ross evoca su vida con William Shawn: Aquí pero no aquí. Y eso es algo que le pasa a cualquiera, en casi cualquier calle de casi cualquier ciudad. Estamos hablando, o tenemos un teléfono en la mano, y cuando el teléfono suene nos arrancará del espacio real para transportarnos hacia un reino virtual.
No es un problema menor, porque la calle es el último espacio público y caminar es la experiencia urbana por excelencia: todos nosotros –personas distintas que viven vidas distintas– juntos en la gran mezcladora urbana. Pero ¿qué pasa si la mitad de esa gente está en otra parte y lo que está ahí presente son sólo sus cuerpos? ¿Podemos estar en la avenida Madison cuando un objeto diminuto pegado a la oreja nos empuja hacia alguien que está en Omaha?
Si el celular en público es molesto no es por la intrusión del timbre (aunque cuando interrumpe un momento de calma puede ser muy irritante). Es porque, aun cuando no suene y se lo use con prudencia y discreción, el teléfono hace que el espacio público sea menos público. Convierte al boulevardier en un individuo secuestrado, al flâneur en un personaje privado. Y de pronto la idea de la calle como lugar público pierde considerablemente su sentido.
No sé qué es peor: si perder la noción de que caminar por la calle en una gran ciudad es una gloriosa experiencia compartida o que se borre toda distinción entre distintos tipos de lugares. Pero esas pérdidas culturales están interrelacionadas, y el teléfono celular cumplió un papel protagónico en ambas. El otro día devolví un llamado de un amigo que vive en Hartford. En su mensaje me decía que había viajado a visitar a su hijo en New Orléans, y cuando llamé a su celular –código de área de Hartford: 860–, mi amigo atendió en Tallahassee. En otra época, el código de área quería decir algo en términos geográficos: delimitaba una porción de planeta claramente definida y era una forma de identidad. Los números telefónicos eran insignias de lugares. Ahora un código de área no es mucho más que un número de tres dígitos, y el único “lugar” que designa es la base del teléfono. Hoy un código de área es más bien como una patente de auto.
Cada vez es más común que las conversaciones por celular empiecen con la pregunta “¿Dónde estás?” y con respuestas que van desde “Saliendo de la pileta” hasta “En Madagascar”. No añoro la época en que las tarifas telefónicas variaban con las distancias, pero eso al menos tenía un efecto benéfico: reforzaba la idea de que había lugares distintos. Ahora ya no hay diferencia entre llamar a la vereda de enfrente y llamar a Europa. Las llamadas cuestan lo mismo porque para el teléfono son lo mismo. Cualquier lugar es exactamente igual a cualquier otro lugar. Son simples nodos de una red, y eso es también lo que somos nosotros, cada vez más.

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