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Domingo, 23 de noviembre de 2003

MÚSICA

Milagro en Birdland

En Extended play, disco doble grabado en vivo en el club Birdland, el contrabajista Dave Holland se mantiene fiel a sus pasiones: la inspiración del free jazz, la música africana y el quinteto.

Por Diego Fischerman

Hablar del mejor disco de jazz de los últimos tiempos podría parecer exagerado. No lo es. Registrado en vivo en el club Birdland, Extended play, el álbum doble del quinteto de Dave Holland, reúne todas las virtudes deseables en el género y algunas –el exquisito timbre del contrabajista, la riqueza contrapuntística y rítmica, la variedad de texturas y matices– que se emparientan, más bien, con la llamada música clásica. En realidad hay una virtud más, y tiene que ver con la combinación de las anteriores; es decir, con el hecho de que tanta perfección técnica, antes que entorpecerlas, potencia la fluidez, la naturalidad y el impulso.
En primer lugar están los nombres de los integrantes. La mera enumeración de sus antecedentes alcanzaría para medir la magnitud de un proyecto en el que están involucrados Holland –el contrabajista que, después de reemplazar a Ron Carter en el quinteto de Miles Davis, fue la pieza fundamental de muchos de los grandes discos de los ‘70 en adelante—, el vibrafonista y marimbista Steve Nelson, el extraordinario trombonista Robin Eubanks, el saxofonista Chris Potter –estrella de la Mingus Dinasty, entre otros grandes grupos– y el baterista Billy Kilson. Pero está, sobre todo, la interacción. Y un sentido musical infrecuente (o un líder de la altura de Holland), que hace que todos tengan en cuenta todo el tiempo el bien común por encima del lucimiento personal. El sonido del quinteto (un sonido de una potencia abrumadora en las homofonías y de precisa transparencia en los abundantes pasajes polifónicos) es apenas una de las variables posibles. La cantidad de dúos y tríos que se producen es una señal de que –como sucede con todo gran artista– los músicos de este grupo saben que lo principal, cuando se es un virtuoso y se puede tocar todo lo que se quiera, es elegir cuándo y qué callar.
En el estilo de Holland –uno de los pocos estilos identificables y personales de la actualidad–, está el hard bop, esa especie de matriz o lengua franca sobre la que se arma casi todo el jazz de los últimos cuarenta años, pero también está el haber atravesado el free (y salido indemne). Su primer disco como líder, grabado para ECM, como este último, había sido una de las cumbres del free. En Conference of the birds, donde tocaban Anthony Braxton y Sam Rivers, había, sin embargo, una aproximación al free absolutamente original. “Ese disco es para mí como una vieja fotografía”, supo decir Holland a Radar en octubre de 2000, cuando llegó con este mismo quinteto a Buenos Aires. “Me muestra como yo era. Cuando me veo allí no soy del todo un extraño, y tampoco me desagrado por completo. Pero tampoco soy otro. Es como verme de pantalón corto frente a un kiosco de golosinas: ya no me visto de la misma manera ni siento la misma pasión por las golosinas, pero esa imagen es parte de lo que ahora sé. De lo que ahora soy.”
Del free queda, en todo caso, la libertad anunciada en el nombre del género y la conciencia de que la tonalidad está lejos de ser la única posibilidad. En cuanto al ritmo, en cambio, Holland parece haber optado definitivamente por mantener las pulsaciones regulares e investigar, más bien, en torno de una de sus grandes amores musicales –junto a Scott La Faro, aquel contrabajista del trío de Bill Evans–: la música de Africa Central. La calidad de la grabación, de una fidelidad y un detalle apabullantes, es un atractivo más de este disco que, doble e importado, se puede conseguir en Zival’s a un precio más accesible que lo habitual. “Ésta es una prueba de cómo suena el grupo en vivo”, explica Holland. Y es una prueba, en todo caso, de por qué considera que “este quinteto es el sueño de cualquier músico”.

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