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Domingo, 23 de noviembre de 2014

PERSONAJES. LA INTELIGENCIA Y LA NATURALIDAD DE JENNIFER LAWRENCE, LA PROTAGONISTA DE SINSAJO

QUEREMOS TANTO A JENNIFER

 Por Mariano Kairuz

“Es un crimen sexual”, sentenció Jennifer Lawrence, entrevistada por la revista Vanity Fair unas semanas después de que, a fines de agosto pasado, aparecieran en Internet las fotos hackeadas de su cuenta en iCloud en las que aparece desnuda, semidesnuda y en poses sensuales. Un escándalo que alcanzó a otras estrellas jóvenes (como la actriz y modelo Kate Upton, Victoria Justice, Avril Lavigne y unas cuantas más). Visiblemente dolida, Lawrence hizo extensiva la acusación de quienes robaron y subieron y compartieron dichas imágenes en sitios y redes sociales, a quienes sencillamente se quedaron mirándolas. Y qué se le va a hacer: no es difícil entender la situación de la chica, a medida que su estrellato se va por las nubes y ve ocurrir lo que ella misma reconoce que supo desde pequeña que pasaría si accedía a la fama –efectos colaterales como la pérdida de su privacidad y la vulneración total de su intimidad–, y a su vez, ¿qué se puede hacer ante esas fotos sino quedarse mirándolas?

La humillación de Jennifer no pasa por cómo aparece ella en las imágenes –un poco más terrenal pero encantadora, como siempre– sino por el carácter realmente íntimo de esas fotos tan amateurs, mal iluminadas, casuales, que claramente no están destinadas al público sino a sí misma y algún novio. “Estuve en una gran, saludable, amorosa relación durante cuatro años, pero fue a larga distancia, y la verdad es que las alternativas son que tu novio mire porno o te mire a vos”, contó, y el novio del que habla debe ser Nicholas Hoult, el ex niño de Un gran chico, hoy convertido en Bestia, de los X-Men. Las imágenes son lúdicas, provocativas pero más bien inocentonas. Muestran a la superestrella de ascenso más meteórico de su generación, como las estrellas no quieren ser vistas: como una mortal más. Bueno, no una más, pero un poco menos inalcanzable.

Y si hay algo que caracteriza la imagen pública de Jennifer Lawrence (Louisville, Kentucky, 1990) es que siempre pareció real y accesible, esa espontaneidad, esa naturalidad que no abunda en las super-hiper-mega estrellas de su nivel y su época. Véanla en sus participaciones recientes en el programa de Jimmy Fallon, jugando, desprovista de todo miedo al ridículo, haciendo voces bobas, riéndose de cualquier cosa como si estuviera en una fiesta con amigas; contando una anécdota real un poco penosa con Jennifer Lopez que bien se podría haber guardado para ella. Jennifer habla de otras estrellas de Hollywood como si fuera una fan más con acceso privilegiado, como si ella misma no fuera uno de los miembros más prominentes de esa comunidad. Jennifer no tiene formación actoral ni método; siempre entendió el lugar al que ha accedido, sus privilegios y costos, y hasta ha dicho, con un nivel deslumbrante de autoconciencia, que tiene “demasiado dinero para una chica de mi edad”.

Lo más impresionante es que hace poco más de tres años no la conocía nadie. Su revelación fue con la inesperada nominación al Oscar por el protagónico de Winter’s Bone, pequeño y amargo film independiente estrenado por acá brevemente con el título Lazos de sangre; dos nominaciones y un Oscar ganado después, el estreno mundial de la tercera parte de la saga Los juegos del hambre, titulada Sinsajo - Parte 1, la encuentra en la cúspide de su popularidad. Es demasiado en muy poco tiempo, pero el éxito, los premios y los millones no la marearon: “La gente te dice que sos genial y eso no es terrible –dijo su compañero de reparto Woody Harrelson–. Lo que es terrible es cuando te lo empezás a creer. Pero ella nunca se arruinó”.

Esa misma naturalidad que le pone a su Katniss Everdeen –la heroína involuntaria de la serie basada en los best sellers de Suzanne Collins– es lo que eleva a esta saga para chicos y chicas con acné por encima de casi todo lo que se produce dirigido a ese público. Y precisamente de esa autenticidad tan natural de ella y su personaje es que trata, en sus mejores secuencias, Sinsajo.

Primera parte en la que los productores han decidido cortar el tercer y último libro de Los juegos del hambre para ordeñarle unos cuantos millones más, Sinsajo 1 es la menos emocionante y la más conversada y reiterativa de las tres películas estrenadas hasta ahora. Pero la cosa se anima cuando la trama se concentra en el carácter espontáneo, auténtico y despojado de ego de su protagonista, ahora alojada un poco por la fuerza con la resistencia que ella misma ayudó a inspirar. La cúpula rebelde pretende convertirla en un icono mediático de su lucha, en la imagen de su propaganda política. Para esto se dispone una escenografía, un entorno virtual sobre el cual ella debe declamar unos parlamentos guionados, arengar a sus seguidores, hacer hervir la sangre de los oprimidos. Pero no le sale: Katniss no es una actriz, no es la estrella que otros ven en ella. Es la chica que salvó el pellejo gracias a su habilidad con el arco y a su sensibilidad e inteligencia, y que desafió públicamente al régimen casi sin quererlo. Recién cuando vea la cruda realidad de la guerra (los tendales de cadáveres, el hospital en el que agonizan los sobrevivientes, un nuevo ataque aéreo lanzado por el dictatorial Capitolio) habrá de pronunciar un discurso auténtico, desde sus entrañas. Su reacción es convenientemente registrada por las cámaras omnipresentes de la organización de los rebeldes, y luego editadas y musicalizadas: los artilugios de manipulación sensorial que siempre estuvieron en manos de los dictadores para amansar a la manada, ahora utilizados por los rebeldes para impulsar la lucha armada.

Lo que se sugiere en estas escenas clave es lo que enseguida confirmamos en la fría actuación de Julianne Moore como la presidenta de la rebelión: que la cúpula rebelde le imprime a su misión una estructura militarista, jerárquica y burocrática estricta y bastante temible; que probablemente, cuando acceda al poder, habrá de replicar los modos autoritarios de aquellos a los que ahora intentan derrocar. Que una vez caída la dictadura, dará paso a otra. Quienes leyeron los libros, ya saben hacia dónde se dirige todo. Es lo más interesante de la película y se sostiene en dos grandes actrices: Moore y Lawrence.

Ahora, desde este fin de semana, con Katniss y con su no menos impactante Mystique –la atractiva y temible mutante azul– de la nueva generación de películas de los X-Men, Jennifer termina de convertirse en la más grande heroína de acción del cine contemporáneo. No es un mero titular, es lo que dicen los números de recaudación de sus películas.

Y la verdad es que no debería preocuparse por esas fotos hackeadas, porque a ella le queda muy bien aquello que en otros (acaso todo el mundo) podría dar vergüenza. Ya se dijo mil veces, y parece cierto, que las imágenes robadas no sólo no parecen haber perjudicado su popularidad, sino que la incrementan. Es, después de todo, más de ella. Directa, sincera, encantadora; como si no tuviera nada que esconder. Transparente; desnudándose en ese sentido profundo al que aspiran tantos actores a lo largo de toda su carrera. Descontracturando con la velocidad de un flechazo la idea de lo que debe ser una superestrella millonaria.

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