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Domingo, 31 de mayo de 2015

CHEWIE, ESTAMOS EN CASA

 Por Alvaro Bisama

Mis primeros recuerdos de La guerra de las galaxias son orales. Un tío nos contó, a mí y a mi hermano, El retorno del Jedi en el antejardín de la casa de mi abuela, en Viña del Mar, esos días en que se estrenó en Chile, a principios de los ‘80. Yo tenía siete u ocho años. Había visto la publicidad en televisión y los juguetes en alguna vitrina. Todo era extraño y lejano, las partes de un relato inconexo que recién se armó cuando mi tío se sentó con nosotros y nos contó el argumento completo: la historia del rescate del hombre enterrado en carbonita, la digestión de mil años de Sarlacc en el desierto de Tatooine, la batalla de Endor, la redención de Darth Vader, la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte. No me acuerdo de los detalles, pero sí de la paciencia de mi tío en explicar cada cosa, el modo de hilar el relato, como si fuese una leyenda cercana y no una obra de ficción.

Cuando vi las películas, que se presentaban como los estrenos de televisión más fastuosos que podían dar los domingos de aquellos años, siempre tuve ese relato cerca; la voz de mi tío, el relato oral, el esfuerzo de llevar las imágenes a palabras. Por supuesto, las películas me parecieron magníficas: el primer George Lucas era capaz de captar el vértigo de la caída libre en el espacio, de dotar de una antigüedad heráldica a los rayos láser de unas espadas imposibles, de construir una tragedia griega en medio de explosiones atómicas.

Como gran parte de quienes fuimos niños en esa época, me aferré a esos fotogramas, a esos destellos. En esos años la mitología de la saga era confusa y esquiva, los juguetes carísimos y cada pequeño detalle adosado a la franquicia tenía un valor incalculable, ya fuera una serie como Droids, como el especial de Navidad de los Wookies y las películas y series protagonizadas por los ewoks. Por supuesto, con los años empecé a darme cuenta de las referencias que Lucas había saqueado/homenajeado en la cinta: Asimov, Kurosawa, Campbell. Pero la trilogía original sobrevivía a pesar de eso, porque tenía un peso que excedía cualquier cita. Era un mundo fantástico hecho de naves viejas, una fábula íntima sobre una familia disfuncional, un espectáculo que podía ser una fantasía o una pesadilla.

Por supuesto, cuando Lucas estrenó La amenaza fantasma, corrí a verla. Como todos, me dieron ganas de vomitar y quemar el cine. No había nada de lo que yo recordaba ahí. Todo era idiota y limpio, estaba hecho para niños de tres años y apenas podían verse las esquirlas del vértigo de las primeras cintas. Los episodios I, II y III eran patéticos porque no sólo dinamitaban todo lo bueno que podían tener las películas originales, sino también porque era posible descubrir en ellos cómo Lucas se había perdido tal y como se perdieron algunos de sus amigos y compañeros de generación: Scorsese (que había perdido todo nervio), Coppola (que estaba dedicado a hacer vino), Spielberg (que luchaba contra su propia caricatura) y Milius (que había terminado convertido en una consigna secreta).

Me imagino que en algún momento Lucas supo darse cuenta de aquello. Supo que ya no tenía nada que decir. Supo que el modo en que había corregido su propia obra era tardío y triste y que él mismo había hecho trizas la fantasía que había creado. Así que se fue. Dio un paso al costado. Vendió su estudio a Disney. Desapareció. Pero Disney antes era el enemigo: en los setenta, en los años de la trilogía original, esa era la moral que las películas combatían. La guerra de las galaxias podía ser leída desde aquella clave. Los rebeldes eran los cineastas de los setenta, casi todos hippies cinéfilos formados en universidades californianas, casi todos puros cocainómanos delirantes que habían tomado por asalto el imperio de los grandes estudios para hacerlo estallar por dentro, tal y como Luke Skywalker lanzaba una bomba en el corazón de la Estrella de la Muerte en la primera película.

Ahora mismo circulan dos trailers de El despertar de la fuerza. Uno fue liberado en diciembre pasado y otro, hace poco más de un mes. Entre ambos, suman casi cuatro minutos que parecen haberse saltado los últimos quince años de la franquicia. En ellos hay stormtroopers, están las arenas de Tatooine, la mano mecánica de un torturado Luke Skywalker, espadas láser, la máscara rota de Darth Vader, un ajado R2D2, una planicie donde se ve un destructor imperial caído, versiones nuevas de los cazas X y el Millennium Falcon volando en una perspectiva imposible. También aparece alguien del lado oscuro manejando un sable que luce como una herramienta de castigo medieval. Todo está bien. Todo luce sucio y angustioso pero también cercano, como si fuese un reencuentro con amigos que no vemos desde años: al final del último trailer aparecen Han Solo y Chewbacca y Solo dice: “Chewie, estamos en casa”. Eso es todo. La música de John Williams está ahí, como el recuerdo de otra época. Sabemos que están los miembros del elenco original, todos 25 o 30 años más viejos, todos sobrevivientes de sí mismos, de las drogas, de los fans, del éxito y del olvido.

Y está Abrams, que es un artista tortuoso y un artesano eficaz. Abrams es un nostálgico del cine de los ‘70, de ese mundo que fue el infierno y el paraíso en el que irrumpieron George Lucas y sus amigos. Abrams filmó Super 8 para probarlo. Abrams hizo Lost y se encargó del remake de Viaje a las estrellas. Lost era una serie extraña y enferma, sobre padres que sacrificaban a sus hijos en el medio de la jungla. Muchas veces era incomprensible, pero justamente ese era su encanto: al lado de los osos polares, los viajes en el tiempo y el asesinato de Dios, se escondía una fábula familiar amarga y demoledora. Lo mismo sucedía con Viaje a las estrellas: tras las luces de colores se escondía un juego de espejos sobre la identidad y los modos de la culpa, sobre cómo las imágenes del pasado eran fantasmas o monstruos que venían a modificar el presente.

Todo eso está en estos avances. Está esa sospecha, esa angustia, está el peso de la tradición que es también el peso de la pena. Están los modos en que el pasado salda una deuda con el presente, pues la próxima La guerra de las galaxias puede ser la última esperanza para quienes crecimos con las películas originales y abominamos lo que hizo el mismo Lucas con ellas. Eso porque en realidad para nosotros no son películas, sino una parte vívida de nuestro pasado. Es otro más de los patios donde pasamos la infancia, un lugar donde pudimos pensar que los mitos que inventaba la cultura pop podían ser tan nítidos como la memoria de la propia familia, porque quizás eran una sola cosa. Puede ser. Mi tío, quien me contó El retorno del Jedi, murió hace casi diez años. Los bosques de Endor, que nunca he visitado pues no existen, hacen que me acuerde de él relatándome la película, cuando yo era un niño y él era un joven universitario. Quizás por eso quiero ver la cinta de Abrams. Me gustaría que estuviera vivo para ver si yo puedo contarle la película de vuelta.

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