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Domingo, 31 de mayo de 2015

CUERPO DE ELITE

CINE Asomó por primera vez en Gilmore Girls y desde hace cinco años su serie es Mike & Molly, pero desde que se robó el protagonismo en Damas en guerra a base de guarradas y escatologías, Melissa McCarthy pisa firme entre las humoristas de la pantalla grande. Ahora, en esa ametralladora de chistes que es Spy, una espía despistada, vuelve a hacer lo que mejor sabe: burlarse de los prejuicios sociales sobre la gordura con un humor incorrecto y a veces brutal.

 Por Mariano Kairuz

La empleada de la CIA Susan Cooper está enamorada del agente Bradley Fine, pero el tipo no se da cuenta. Sin embargo, en agradecimiento por una nueva y exitosa misión conjunta –él en el terreno internacional del espionaje y la acción explosiva a lo James Bond; ella desde un escritorio de oficina–, Fine (Jude Law) la lleva a cenar. En medio de la comida, y tras un preámbulo equívocamente romántico, el tipo le regala un colgante con la figura de un cupcake. “Porque a vos te gustan mucho los cupcakes, ¿no?” Y, claro, cualquiera que viera a Susan diría: a esta mujer le gustan los cupcakes; es más, come muchos cupcakes; le encantan los dulces calóricos, igual que a cualquiera, sólo que ella no se priva de echarse unos cuantos todos los días. Como postre, justo después del cupcake, Fine le recomienda a Susan que se consiga un gato, “porque los gatos son buena compañía”: y porque, claro, una gorda como ella está condenada a ser una solterona toda su vida.

Spy, una espía despistada, el primer protagónico integral de Melissa McCarthy en una superproducción hollywoodense, arranca así: con chistes sobre la gordura. O mejor dicho, sobre la percepción social de la gordura. Pero no se trata de una película de denuncia, sino de una divertida comedia que se las ingenia para tratar estos asuntos con humor. Es, también, la tercera película de McCarthy –esa muchacha XL que desde hace un lustro viene convirtiéndose en una de las estrellas fundamentales del cine norteamericano– con el director Paul Feig. En la primera que filmaron juntos, Damas en guerra, se robó la escena desde su lugar en un tremendo reparto secundario, mediante su actitud punk y un par de momentos salvajemente escatológicos que le valieron una nominación al Oscar. En la siguiente, Chicas armadas y peligrosas compartió cartel de igual a igual con la chica mejor pagada de Hollywood, Sandra Bullock, y nuevamente se apropió de la película con su mujer-policía bostoniana, malhablada, incorrecta, y con más pelotas que todos sus machistas superiores. Ahora, en Spy, la acompañan varios famosos (como Rose Byrne y el gran Jason Statham, riéndose de sí mismo); pero el protagónico es todo suyo desde el minuto uno. Y sí, es una actriz obesa haciendo de una súper agente gorda en el universo de las siempre estilizadas bond-girls, y es una mujer haciendo de una mujer en un mundo de hombres, y las dos cosas son ejes centrales en la película, el pequeño pero poderoso argumento militante que asoma con gracia detrás de la ametralladora de chistes.

El camino hacia Spy ha sido largo y trabajoso: Melissa protagoniza desde hace cinco años Mike & Molly, sitcom bastante convencional pero muy simpática sobre una maestra de escuela y un policía que se conocen en las reuniones de autocontrol de... un grupo de gordos. La obesidad es el tema casi permanente de todos los guiones: la necesidad de los protagonistas de hacer algo por su salud, pero también la importancia de vencer el trauma, superar los prejuicios ajenos y trabajar en la aceptación de sí mismos. Antes, Melissa interpretó a la mejor amiga de la madre en la serie de madre-e-hija Gilmore Girls, durante siete años. Y antes de Gilmore Girls, esta muchacha proveniente de una enorme familia católica e irlandesa se curtió durante largas temporadas en el grupo de improvisación californiano The Groundlings. Cuando ya había comenzado su propia sitcom, fue durante tres años consecutivos la anfitriona invitada de Saturday Night Live, un privilegio que no se le concede a cualquiera, y allí tuvo varias oportunidades de probar la extraordinaria química que logran con la actriz Kristen Wiig, y de hacer varios chistes centrados, una vez más, en su silueta. Y es que ésa es una las grandes cualidades de McCarthy: ha conseguido ganarse millones de fans que se ríen con ella y no de ella, apelando a un humor incorrecto, frontal, a veces brutal, pero también a una enorme sensibilidad, sin jamás pretender que su gracia “compense” su aspecto físico como si se tratara de una discapacidad, sino tematizando y hasta explotando su obesidad como sólo puede hacerlo alguien que ha sabido sufrir antes de hacerse este lugar destacado en una industria voraz. Lo de Melissa consiste en ridiculizarse a sí misma y salir parada con más fortaleza que nadie.

No es que siempre tuvo esta seguridad en sí misma: en alguna época camufló su ansiedad en la forma de una adolescente gótica; y pasó buena parte de los veintipico llorando, preguntándose “¿por qué no soy más linda, por qué no soy más flaca?”. “Era una idiota. Hoy estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para hacer reír. Me encanta la gente que se dice: no me importa lo que piensen, yo me veo muy bien con esta ropa, soy lo más. Nunca sentí que debía cambiar; si querés a alguien diferente, buscate a otro.” Y de hecho, agrega, prefiere los personajes dañados y defectuosos: “No encuentro nada interesante en las personas perfectas. Prefiero hablar acerca de una irritación cutánea que de extensiones para el pelo. Todo el tiempo estoy diciendo: ¿y qué tal si ennegrecemos mis dientes?”

A pesar de su creciente estrellato, apenas dos años atrás acudió a varios de los más importantes diseñadores, “algunos realmente famosos que visten a muchas personas”, y todos “declinaron” la oportunidad de hacer un vestido para ella. Esto la decidió a crear su propia línea de ropa extra large, mientras que, consciente de que aún debe afianzar su lugar en Hollywood, el año pasado produjo con su propia compañía On the Day, y bajo dirección de su marido Ben Falcone, la película Tammy, en la que hizo de una perdedora algo patética embarcada en un tremendo road trip con su abuela alcohólica (Susan Sarandon). El siguiente paso lo dará nuevamente con Feig, en la remake-relanzamiento de Los Cazafantasmas, con un reparto compuesto por cuatro mujeres comediantes cuyo anuncio ya ha generado mucho comentario bobo y sexista entre los nostalgiosos que siguen agarrados de la versión de los ‘80, protagonizada principalmente por cuatro tipos (y Sigourney Weaver). Ellos se la pierden.

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