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Domingo, 14 de junio de 2015

UN LUGAR NO TAN LEJANO

Cine La edición 16 del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos de Buenos Aires presenta este año cien películas, entre las que se destaca Timbuktu, del realizador mauritano Abderrahmane Sissako, uno de los pocos realizadores africanos con proyección internacional: este año esta película estuvo nominada al Oscar en la categoría de filmes extranjeros junto a Relatos salvajes. La historia es la del destino de la ciudad mítica de Mali cuando es ocupada por el Estado Islámico, narrada en una estructura coral donde los protagonistas resisten pacíficamente el régimen opresivo que acaba de apoderarse de sus vidas.

 Por Mariano Kairuz

Situada sobre el borde sur del desierto del Sahara, perteneciente a la nación norafricana de Mali, Timbuktu es hoy una ciudad brutalmente empobrecida pero su nombre mantiene sus antiguas resonancias míticas: alguna vez fue lugar de paso esencial para una importante red de comercio, un espacio de cruce interétnico y multicultural que lo estableció como centro intelectual y universitario del continente. Tal como lo indica el proverbio occidental “Timbuktu queda al Este de La Nada”, se trata de una ciudad definida por su emplazamiento en una geografía árida y hostil, así como su lugar histórico y cultural preponderante. De esta ciudad toma su título una pequeña película de producción franco-mauritana estrenada el año pasado en la competencia principal del festival de Cannes y nominada en enero de 2015 al Oscar a Mejor film extranjero –junto con Relatos salvajes, la rusa Leviathan, y la polaca que finalmente se llevó el premio, Ida–. Escrita y dirigida por el mauritano Abderrahmane Sissako, Timbuktu empieza con una gacela que escapa de sus captores en el arenoso paisaje de las afueras de la ciudad, corriendo a toda velocidad pero sin salvación posible, sin un lugar donde refugiarse. La escena propone un cruel contraste, entre la belleza natural que aún es posible encontrar en esta castigada región del planeta, y la destrucción a la que ha sido condenada.

Los hombres de los que escapa la gacela pertenecen al radical grupo jihadista que bajo la bandera del Estado Islámico acaban de tomar por asalto la ciudad, y recorren sus calles de tierra munidos de armas de fuego y a bordo de camionetas y motos, anunciando por altavoces las nuevas consignas que habrán de imponérseles a sus habitantes; un conjunto de medidas represivas y de una arbitrariedad absurda, presuntamente amparada en una observación rigurosa de la doctrina islámica. Las mujeres deben cubrir sus pies, y sus manos con guantes en toda situación. No se puede cantar, no se puede fumar, no se puede jugar al fútbol. Las mujeres no pueden reunirse en una misma habitación con hombres que no pertenezcan a su familia. Las transgresiones a la ley serán castigadas con pagos en especie, estipuladas deliberadamente por encima de las posibilidades del acusado, cuando no con latigazos o lapidaciones a muerte.

Las temibles patrullas islámicas no se limitarán a recorrer las calles del pueblo; también alcanzarán –como ofreciendo una arrolladora demostración de que nadie escapa a la vigilancia del Islam– las afueras de la ciudad, donde, instalados en una modesta carpa, subsistiendo con casi nada, llevan adelante sus vidas el pastor ganadero Kidane, su esposa, la hija de ambos, de 12 años, y el niño huérfano al que adoptaron. Kidane viene a ser, dentro de la estructura coral de la película, algo así como la figura central de Timbuktu, en cuyo trágico destino se expresa el de toda una población resistiendo pacíficamente, como pueden, el opresivo régimen que acaba de apoderarse de sus existencias. No estrenada comercialmente en Argentina, ni editada en DVD u otros formatos hasta ahora, Timbuktu podrá verse en Buenos Aires en un par de oportunidades a partir de la semana que viene, en el marco de la 16ª edición del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos de Buenos Aires (Ficdh), organizado por el Instituto Multimedia DerHumALC (IMD), y que este año contará con más de 100 títulos que serán proyectados en diez salas de la ciudad entre el jueves 17 y el 24 de junio.

COMO UN PIEDRAZO EN LA CABEZA

Nacido en Mauritania, pero criado en Mali y hoy residente en Francia, Sissako es, junto con Ousmane Sembène, Souleymane Cissé e Idrissa Ouedraogo, uno de los muy pocos cineastas africanos contemporáneos que han conseguido proyección internacional. Su obra es conocida por los cinéfilos porteños, que pudieron seguirla a través del Bafici: primero con Esperando la felicidad (2002), que (tras su paso por Cannes) se llevó el premio a mejor película de la competencia internacional del festival, y que describía una serie de viñetas de la vida cotidiana en un pequeño pueblo sobre la costa mauritana. Luego, con Bamako (2006), que fue apertura del festival de Buenos Aires, y que narraba la puesta en escena simbólica de un juicio oral y público entablado por el tercer mundo al Banco Mundial y al FMI. En Bamako (que es el nombre de la capital de Mali), se alcanzaban a ver escenas televisivas protagonizadas por el americano Danny Glover (la otra estrella de la saga Arma mortal), que tuvo una participación activa en la financiación del film. La película dentro de la película se llamaba Muerte en Timbuktu.

Las distintas situaciones individuales que va planteando Timbuktu oscilan entre un seco sentido del humor, cierta aspiración lírica, la indignación y la más lisa y llana tristeza. Hay cierto humor en la teatralidad con la que una vendedora de pescado, exasperada, les ofrece sus brazos y un cuchillo a los guardianes que le exigen que use guantes: “¿Cómo quieren que mantenga húmedo el pescado si uso guantes? ¡Tomen, córtenme las manos!”. Hay humor también en la escena en que un hombre, al que los soldados jihadistas obligan a hacerse el dobladillo en sus pantalones, decide, ante la resistencia de la tela, cortar por lo sano y quedarse en calzoncillos. Con una gracia alegórica que corre a la película ligeramente del tono realista del resto del relato, unos muchachos juegan al fútbol sin pelota (como si por un momento bastaran la voluntad y la imaginación para compensar la ridícula prohibición). Y no puede producir otra cosa que rabia la secuencia del castigo de la mujer que, entre las lágrimas que brotan de su dolor físico, sigue cantando mientras recibe los cuarenta latigazos que le han asignado, justamente por hacer música. El episodio del pastor Kidane es, sin matices, de una enorme amargura, pero Sissako lo utiliza para narrar la compleja naturaleza tanto de los oprimidos como los opresores. Cuando un pescador de la zona mata a una vaca flacucha del rebaño de Kidane (a la que éste llama, con un humor que habla de la globalización en medio del desierto, GPS) por el solo hecho de que se ha topado con sus redes en la modesta laguna a la que ha acudido el animal para hidratarse, el pastor sale a confrontarlo, armado con una pistola. En medio de la pelea, el arma de fuego se dispara. Kidane sabe que enfrenta la pena de muerte y lo acepta con resignación, consciente de su responsabilidad en el crimen accidental, a la vez que profundamente triste porque dejará huérfanos a sus hijos. A su vez, el jefe del grupo jihadista, el libio Abdelkerim (el actor franco-tunecino Abel Jafri), deja ver en un momento cierta humanidad y empatía por el condenado a muerte. Los opresores –que en varios casos no hablan la lengua local, lo cual convierte su extranjería en un factor adicional de alienación para los oprimidos– son mostrados sin simpatía, pero también en sus más humanas contradicciones, fumando a escondidas los prohibidos cigarrillos, o hablando de fútbol. “Uno puede entender que al principio algunos en Mali le hayan dado la bienvenida a los jihadistas –dice Sissako–. En una parte del mundo en la que la gente no tiene dinero ni trabajo, estos jugaron un papel social; la pobreza les proveyó un terreno fértil a estos grupos. Es algo que yo trato de mostrar en la película, por eso es que no los describo como monstruos: algunos pueden ser impulsivos, hipócritas y egoístas pero son personas. De alguna manera, verlos como seres humanos vuelve sus acciones aun más perturbadoras.”

A las imágenes de la fuga desesperada del ciervo le siguen otras, en la que los guardianes islámicos destruyen a tiros máscaras y pequeñas esculturas folklóricas; son planos que evocan con particular pertinencia hechos recientes difundidos globalmente; la destrucción definitiva a manos de bárbaros fundamentalistas de un patrimonio cultural insustituible. Timbuktu, de hecho, refleja de manera bastante directa la toma del Norte de Mali por los jihadistas ocurrida a principios de 2012, aunque lo que le importa a Sissako, ha dicho, era reflejar las distintas formas de tranquila resistencia que adoptó la población, que antecedieron y allanaron el terreno para el operativo militar francés que terminaría de liberar a la región tiempo después. “Me preocupo por Mali porque soy un ciudadano del mundo –dice el realizador–. El hecho de que haya crecido allí es secundario. Es sencillamente terrible que un grupo de personas puedan aparecer de pronto y transformar a la sociedad islámica que durante siglos ha sido tolerante y amable, en algo tan intolerante. Y es que una religión puede ser secuestrada: el Islam no es lo que dicen estos jihadistas. Algunos se preguntarán dónde está la policía, por qué no hay nadie poniendo orden. Pero los jihadistas tomaron el poder porque no había una estructura que los mantuviera fuera, el gobierno de Bamako había prácticamente abandonado al Norte a su suerte. La invitación que recibimos de Cannes permitió llamar un poco la atención sobre un tema que el resto del mundo tal vez encuentra incomprensible y cansador.”

La idea original para el film fue inspirada por un hecho más particular: la noticia de la lapidación de una pareja de amantes, un hombre y una mujer que no estaban casados. El horror de esa imagen es reproducido brevemente en la película con dos personajes secundarios, a los que llegamos a ver enterrados hasta el cuello, recibiendo los piedrazos. En un principio, Sissako se propuso hacer un documental que mostrara la influencia de grupos extranjeros en este tipo de invasiones fundamentalistas, y la resistencia de los locales, y con este objetivo llegó a entrevistar en cámara a varios habitantes de Mali, pero pronto se encontró no sólo con que sus testimoniantes estaban bajo la vigilancia extorsiva de los jihadistas, sino que además la zona era demasiado peligrosa para instalar un equipo de filmación en el lugar. Fue entonces que se volcó a un tratamiento de ficción, trasladando el rodaje a su Mauritania natal, que le proveyó seguridad durante las veloces seis semanas en que se instaló junto con el director de fotografía Sofian El Fani (quien el año anterior estuvo a cargo de la imagen de la ganadora previa de Cannes, La vida de Adèle), algunos actores profesionales y otros amateur, incluyendo a la preadolescente que interpreta a la hija de Kidane, reclutada de un campo de refugiados.

ESTO ES AFRICA

“Uno de los problemas que enfrentamos al filmar una película de este tipo es que no se entiende que la gente es siempre gente, en cualquier cultura –dice Sissako–. A menudo los africanos aparecen retratados de un modo tal que sus problemas parecen misteriosos, cuando de hecho no son tan distintos de los que tienen los europeos. Cuando Kidane y su mujer hablan de asuntos familiares, su conversación es la misma que cualquiera podría tener en Francia.”

Estrenada en Francia apenas antes del ataque contra Charlie Hebdo, Timbuktu se convirtió en un impensado éxito comercial. Y la nominación al Oscar a mejor película extranjera volvió a plantear la pregunta de qué es lo que sabe el mundo sobre Africa. “A veces uno siente que una película es útil y necesaria. Para mí era importante contar esta historia y hacerlo rápido, porque creo que lo que está ocurriendo en esta parte del mundo no está bien contado. En Occidente solo informamos sobre cosas dramáticas específicas, como un secuestro. Pero nos olvidamos de que hay a diario gente que es tomada como rehén, humillada y mutilada. Cuando Timbuktu quedó tomada por los militantes islámicos, no se habló de lo que le hacían a diario a la gente. Un cineasta tiene que hablar de esta gente común y sus vidas diarias, que no aparecen en los noticieros. Creo que es con esto que tiene que ver que, mientras que un cineasta belga siempre es belga y no ‘europeo’, cuando una película como la mía, que es en parte mauritana, queda nominada a un premio importante como el Oscar, de pronto es la nominada ‘africana’. Es porque cuenta cosas que ocurren de diversas formas en distintas partes del continente. Es una distinción que se convierte en una oportunidad, a la vez que una gran responsabilidad: la de representar al continente. Porque si funciona, es un éxito compartido por todos.”

Programada en el 16 Festival de cine de Derechos Humanos, Timbuktu podrá verse el próximo sábado 20 a las 20.30 en la Alianza Francesa (Av. Córdoba 936) y el martes 23 a las 18.15 y 20.30 en el cine Incaa Km 0 - Gaumont (Av. Rivadavia al 1600)

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