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Domingo, 8 de noviembre de 2015

JUSTIFICAR LA VIDA

Había nacido en Italia en 1938 para emigrar a la Argentina en 1950. Albañil, pintor de paredes, heladero, vendedor de artículos del hogar fueron algunos de los oficios que ejerció antes y durante el tiempo que le llevó empezar a escribir literatura y periodismo. Lo cierto es que en 1969 alumbró su primera novela, tan secreta en el comienzo como inoxidable en el tiempo: Siete de oro. A partir de entonces, Antonio Dal Masetto comenzó una larga relación con la narrativa, donde se destacan títulos como Fuego a discreción, Oscuramente fuerte es la vida o La tierra incomparable. Escritor de una intuición y una capacidad de observación inigualables, consolidó un trabajo literario entendido como una totalizadora reflexión sobre la experiencia de vida. Dal Masetto murió esta semana y Radar le rinde homenaje recordando sus libros y también su figura de escritor de bajo perfil, consagrado de lleno a la literatura con dedicación y humildad.

 Por Guillermo Saccomanno

1. Lo leí antes de conocerlo. Y no sólo porque me llevara diez años, diferencia que para mis veinte años era demasiada. La novela se llamaba Siete de oro. Y era su primera novela. Pero no tenía nada de primera. Había una prosa macerada, que hablaba de la experiencia de un viaje de iniciación a lo Kerouac. Puedo acordarme de la descripción del viento entrando por la ventanilla de ese tren que va al sur, con todo lo que significa el sur. Después la descripción de ese pueblo que no se nombra y es Bariloche, sus hombres y mujeres, el paisaje tan hermoso como difícil, tan duro entrarle, seres que viven de manera precaria. Una mujer decía –me acuerdo de haberlo subrayado–: “Solo la belleza podrá salvarnos”. A pesar de la mishiadura y situaciones límite como el peligro de que se ahogue un hijo, la belleza. Que consistía en la manera de narrar, sin vueltas, con una puntería en la mirada y la construcción de las frases.

El autor, Antonio Dal Masetto, frecuentaba el Bajo, se reunía en esos bares donde paraban escritores y periodistas. Uno que andaba con él era Miguel Briante, un prodigio: no muchos años antes, a los diecisiete, había escrito un libro de cuentos ejemplar, Las hamacas voladoras. No me animaba a hablarles a esos que admiraba.

2. No puedo recordar cuándo nos presentaron. Pero fue seguro por el Bajo, durante la dictadura. En el 83 Ricardo Piglia le publicó Fuego a discreción. Es un relato sobre la época donde, sin nombrarla, la dictadura es una presencia que angustia el verano de un tipo tal vez demasiado parecido a Antonio, que vaga por la ciudad sin encontrar el rumbo. Cuando le pregunté cómo la había escrito me contó que había sido en la mala, juntando anotaciones, hojas de cuaderno, de libreta, recortes. Embriones y astillas. Anotaba y guardaba las esquirlas en una caja de zapatos. Un día, cuando la caja estuvo llena, la abrió y se puso a ordenar los papeles.

“Este va acá, este otro acá y así”, fue dándoles una cronología. Entonces pasó el relato a máquina. El mecanismo de composición puede parecer un juego. La literatura, por cierto, siempre tiene algo de juego. Sin embargo la estructura narrativa de la novela es dueña de un lenguaje sin artificios, ascética. Impresiona por el ritmo, no afloja. Y es hoy –lo seguirá siendo– una de las novelas más tensas y vigorosas del período.

3. A fines de los ochenta empezó escribir unas columnas en el diario Tiempo Argentino. Todas tenían un mismo protagonista. “El hombre”, lo llamaba. Cada entrega era una visión, la captura de un instante de lo cotidiano. Se convirtió en un notable cronista urbano. La prueba es Cuentos del Bajo, la serie que más tarde, durante años, continuaría publicando en las contratapas de Página/12, piezas de orfebrería descriptiva: el hombre contemplando a su hija hamacarse en un atardecer de la Plaza San Martín, el hombre cruzando el Bajo con la madre de una mano y la hija de la otra, cargándose de una fuerza que proviene de la sangre. Hay historias de amores desencontrados. También otras no menos líricas como ésa en la que el hombre prende un fueguito y medita sobre las llamas. No escasean tampoco historias surrealistas, las peripecias de tipas y tipos a lo Kordon, pícaros y canallitas que viven episodios desopilantes. Como excusándose, Antonio opinaba: “La realidad exagera”. Podría citar unas cuantas contratapas, pero lo mejor es agarrar el libro y leer esas instantáneas que con su relampagueo poético constituyen un fresco y un enunciamiento de sus obsesiones, modos que después entrarán en su obra narrativa, que es numerosa. “La prosa es nostalgia de la poesía”, le había dicho Briante. Y Antonio le daba la razón. Estas entregas, muchas, son poesía. Ahora bien, si se tenía en cuenta el tiempo que separaba su primera novela de la segunda y uno le preguntaba por qué había permanecido tanto en silencio, tenía su explicación: “Estuve enamorado”.

4. Había nacido en Intra, un pueblo del Piamonte, en 1938. Las monjas que le vieron vocación para el dibujo lo llamaban “el pequeño Giotto”. Hijo de padres campesinos, Antonio era pastor de cabras. Aprendía de la naturaleza las lecciones de luz y de sombra, reparaba en los detalles y descubría. Y así como se asombraba ante la hermosura, también le tocó espantarse ante el horror de la guerra, ver los fusilamientos de los nazis. Deberían pasar muchos años, décadas, para que al volver de América, ya hombre, ya escritor, fuera homenajeado en ese mismo lugar donde había sido la masacre. Creo que allí los paisanos colocaron una placa con una frase suya.

5. Los padres inmigraron a Salto. Y allí Antonio empezó otra vida, la que sería su vida. Primero pagando los costos de adaptación a la lengua, las costumbres, sufriendo las cargadas de los pibes. De Salto habría de partir hacia la ciudad casi a los veinte, dispuesto a estudiar Bellas Artes. Los cafés, las librerías, las nuevas amistades. Una vez le pregunté cómo fue que se le había dado por escribir. Me habló de sus primeras lecturas, Dumas, Hugo, Salgari (Antonio habría de conservar una de las novelas de Salgari que, más tarde, le pasaría a su amigo Osvaldo Soriano para la tapa de uno de sus libros). Pero la que más le había impresionado era una novela alemana. No recordaba el autor, pero sí al protagonista. “Era un muchacho al que le pasaban mis mismas cosas”, me dijo. Eso quería decir que era posible contar la propia existencia, que a alguien podía interesarle, que uno podía ser comprendido. Los trabajos y los días en la ciudad fueron múltiples: desde pintor de paredes a fabricar lavandina, hizo de todo.

En los 90 sucede por fin una gran recepción de la crítica y el público. Oscuramente fuerte es la vida, la novela protagonizada por una chica inmigrante del doppo guerra, inspirada en su madre, se transforma en un clásico. Una narración a la vez íntima y épica. Se han publicado artículos, tesis y ensayos sobre esa novela y todas las que la siguieron. A partir de aquí, la producción de Antonio transcurrió tan imparable, como serena, con el mismo pulso maestro para escribir una novela negra que una fábula. No se trataba –no se trata– sólo de cantidad sino de calidad, uno de los estilos más personales de nuestra literatura. Que me extienda al respecto sería redundante, en especial en estos días de duelo y evocación.

6. Vuelvo a verlos a Miguel, Osvaldo y Antonio en un bar del Bajo. Me acuerdo de noches en las que Antonio estaba embalado en los tramos finales de Oscuramente.... Venía desgrabando las charlas que había tenido con su madre, la base narrativa. Su prosa sonaba diferente. Daba la impresión de estar leyendo a Pavese o a Vittorini. Algunas noches nos encontrábamos con Fresán, Forn, Osvaldo y Antonio en el bar de Córdoba y San Martín. De ahí íbamos a un restaurante de Reconquista. La noche se hacía madrugada y la madrugada, amanecer. Con Antonio y con Osvaldo teníamos la costumbre de pasarnos los originales antes de entregarlos a la editorial.

Somerset Maugham anota en sus cuadernos que cuando un escritor le entrega a otro un original lo que espera no es una crítica sino un elogio. Pero Antonio no dudaba, ante un original, en hacer marcas con lápiz. El modo de marcar era siempre cauto, respetuoso, y las marcas impecables, eso que antes mencionaba acerca de su puntería, la misma, infalible, la aplicaba al texto del amigo. “Una forma de cuidarnos las espaldas”, decía. “Porque una vez publicado ya es tarde.” Ahora una anécdota personal que bien podría titular: “La lección de Antonio”. En la época de la mítica Biblioteca del Sur me acuerdo de haber discutido fuerte una tarde con Juan Forn la publicación de una novela. Según Forn, el editor, a mi novela le faltaba. Finalmente, ante mi terquedad, cansado, dio el brazo a torcer. “Está bien” cedió. “Te la publico.” Hasta entonces Antonio había estado en el despacho, silencioso, escuchando la discusión. Bajamos a la calle. Caminamos en silencio media cuadra. “Estás seguro”, me preguntó. Vacilé. “No”, dije. “No creo que pueda hacerlo mejor.” “Entonces”, volvió a preguntarme Antonio. Di media vuelta, volví atrás, entré a la editorial y retiré el original. Antonio no se había equivocado. Tardé diez años en dar con una versión de esa novela que me convenciera.

7. Con Osvaldo y Antonio teníamos la costumbre de conversar casi todas las noches por teléfono. Conversaciones interminables que uno interrumpía apenas para hacerse un café. La muerte de Miguel lo quebró. Tras cartón, la muerte de Osvaldo. Con Antonio conservamos la costumbre del teléfono nocturno. Más tarde, el mail. Nos pasábamos los textos por mail. Y la conversación, como siempre, derivaba en la literatura, el oficio. Para Antonio la escritura era un oficio. En su departamento tenía un cartelito: “Justificá el día”. Todas las mañanas, antes de sentarse a escribir, acariciaba el teclado de la compu, como domándola. Si al terminar el día había logrado una, dos carillas, decía: “El día está hecho”.

El último año fue difícil para Antonio: problemas de corazón, internaciones, stents. Terminó una novela, aún inédita, Crónica de un caminante. Y empezó una nueva. La historia es la de un pibe de provincia que se hace boxeador en una sociedad hostil. A medida que terminaba un capítulo, yo tenía ganas de leer el próximo.

El domingo 25 de octubre me escribió: “Como todos los domingos también este se desliza con ese extraño sabor a nada. Ahora que le puse punto final a la novela de la cual leíste los primeros capítulos estoy parado en esa zona neutra que hemos conocido bien. Quisiera por lo menos arrancar con algunos apuntes dispersos de algo, en alguna dirección, cualquier dirección. Siempre fue así después de terminar un trabajo y saberlo, recordarlo, mitiga un poco la sensación de que ya no habrá más nada por delante”.

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Imagen: Xavier Martín
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