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Domingo, 5 de junio de 2016

ARTE > SHUTDOWN Y PONER EL CUERPO

CUERPOS QUE IMPORTAN

Por estos días se pueden visitar en Buenos Aires dos muestras muy distintas pero con algo en común: ambas tienen como protagonista al cuerpo en toda su potencia y dimensión política. Por un lado la apabullante instalación Shutdown de Diego Bianchi, con performers que no pertenecen al mundo del arte y el eje puesto en el consumismo, el mercado y el cuerpo como fragmento, objeto y fetiche. Y por otro lado Poner el cuerpo, con más de cincuenta obras de artistas de la escena latinoamericana conceptual y contemporánea entre los años 60 y la primera década de este siglo: una recorrida que va desde los cuerpos revolucionarios hasta la liberación sexual, pasando por la enfermedad, los ausentes y las diversas formas del deseo.

 Por Marina Oybin

Hay que deslizarse por el piso de la galería Barro para meterse en un universo hipnótico y al tiempo inquietante. Es Shutdown, el extraño y apabullante universo hiperbarroco de Diego Bianchi, artista de prestigio y proyección internacional que participa en bienales, ferias y es representado en el exterior por la galería parisina Jocelyn Wolff. Con puesta bien teatral, la ambientación, la luz y el sonido copan el gran espacio de Barro. Es posible evitar el ingreso al VIP serpenteando por el piso pagándole cincuenta pesos al hombre que está en la puerta. También, claro, se puede entrar sin pagar.

Bianchi recomienda pasar por abajo de la gran chapa acanalada que se levanta a pocos centímetros del suelo y que divide en dos el espacio. Ingresar por ahí, haciendo ese esfuerzo, dice, es importante para ver esa sección de la muestra. Es cierto: ya de entrada, ese pequeño movimiento nos aparta del umbral de comodidad perceptiva. Entre el sonido de chicharras, alarmas y sirenas de ambulancias, un magma de objetos escultóricos y performers atraen a ritmo vertiginoso. Desconcertado, el ojo quiere ver todo de un saque. Imposible. La de Bianchi es una instalación para disfrutar de a sorbitos.

Esta exuberante megainstalación performática con la que Bianchi vuelve al ruedo con la escultura está integrada por piezas extrañas, inquietantes, lúdicas, irónicas. No hay respiro. Quienes vieron su hiperperformance Under de sí en la Bienal de Performance 2015, podrían preguntarse cómo superar esa inolvidable experiencia, qué potentes mecanismos podrían dejar al espectador contra las cuerdas como aquella noche. En Under de sí, Bianchi y Luis Garay llevaron al público a un infierno encantador que luego presentaron en Austria: agonía, muerte y resurrección convivieron en una performance exultante, infinita. Sólo se hizo una vez y por una hora como máximo ya que los performers, todos profesionales, llevaron sus cuerpos al límite.

Para entrar, había que caminar por una tabla de madera apoyada sobre cuatro hombres recostados en el piso. Hubo escenas imborrables, cuerpos apolíneos desnudos arrumbados, miradas perdidas. Mientras uno saboreaba una copita de vodka tibio que convidaban en el lugar, recorría ese extraño infierno de hombres lamiendo su propia imagen reflejada en espejos, mujeres como maniquíes, manos que acariciaban cuerpos embadurnados en aceite, lenguas que asomaban por agujeros de los muros. Uno se metía de lleno en un submundo alienado para luego entregarse a la música liberadora como conjura.

LA INTENSIDAD

VISTAS DE SHUTDOWN, LA INSTALACIÓN DE DIEGO BIANCHI EN BARRO

Un Bianchi más joven –de igual ojo voraz– se vio en esta edición de arteBA en Oasis, en la sección Dixit con P.P.P. (PantanoPostProductor), una instalación exhibida por primera vez en 2006. Sobre tierra húmeda, el artista creó un ritual alucinante, pura cepa trash, hecho con trapos de piso, cartones de leche vacíos, palanganas, bidones, baldes, botellas, mangueras, embudos. Y fuentes fabulosas y precarias de las que emanaba humo de colores y espuma de detergente.

No hay para Bianchi materiales plebeyos: desde sus primeras muestras usó desechos de comida, manteca de maní, dulce de leche sobre partes de autos chocados, gorgojos que deglutían rebanadas de pan durante la exhibición. Y la lista sigue. Este artista, que exhibió su culo desde una plataforma colgante en Las formas que no son (2008) en la galería Alberto Sendrós, llegó a construir un submundo deforme con bolas de pelos, uñas, engrudo, alambre, yeso, nailon, cemento, ropa, sillas derretidas.

Suspensión de la incredulidad, cuya primera versión se presentó en Solo Project, en Arco (Madrid), en 2014, y luego aquí en el Malba en Experiencia infinita, dejó sin aliento. Un performer sostenía varios objetos de una instalación con hilos atados a diferentes partes de su cuerpo. Los hilos tensados sujetaban una pestaña, una oreja, los dedos de los pies, su codo y su pene. Estremecía ver a ese hombre cuyo cuerpo devino limitación e inminente peligro: capturado por hilos imperceptibles, por momentos permanecía inmóvil, se movía con extremo cuidado.

Ahora, en su muestra en Barro, el artista seleccionó performers que no pertenecen al circuito del arte: entrenan boxeo en un gimnasio de Barracas, no conocen el término performer y hacen un trabajo impecable.

En Shutdown, todo entusiasma, sorprende. Ácida, la mirada de Bianchi ausculta la realidad social y el mundo del arte. Pone el eje en el consumismo y en los procesos de obsolencia y decadencia de objetos vinculados a la tecnología actual. También en el complejo mundo del arte, y en el cuerpo como fragmento, como objeto y hasta como fetiche. Lo suyo es generar una experiencia intensa: “Trabajo sobre la reacción física de las personas, no tanto sobre el nivel intelectual -dice-. Me gusta que lo que hago provoque algo en el cuerpo del espectador. Algo que no es posible dominar: el asco, el miedo, la vergüenza son emociones instintivas”.

LA DIMENSION POLITICA

ABRAZO NARANJA DE HERNAN MARINA (EN PONER EL CUERPO)

Si hay que pensar en un cuerpo en escena aludiendo con intensidad a un conflicto social, se podría elegir a la artista serbia Marina Abramovic en Balkan Baroque, premiada con el León de Oro en la Bienal de Venecia en 1997, una performance que alude a la guerra y que la artista comenzó a pensar a partir de los enfrentamientos en los Balcanes. Durante cuatro días, Abramovic limpió mil quinientos huesos de vacas de las pampas argentinas. Mientras quitaba los residuos de carne de los huesos, lloraba y cantaba canciones folklóricas de su país. En las paredes se proyectaban entrevistas a sus padres. “Hacía mucho calor en Venecia, conviví esos seis días limpiando huesos entre gusanos. El olor me penetraba los huesos”, contó luego.

En Henrique Faria, una de las dos galerías argentinas con sede en Nueva York, por estos días puede verse Poner el cuerpo, que reúne obras, muchas inéditas, de artistas latinoamericanos. Hay trabajos de Jacques Bedel, Noemí Escandell, León Ferrari, Eduardo Kac, Leandro Katz, Carlos Leppe, Hernán Marina, Marta Minujín, Claudio Perna, Herbert Rodríguez, Miguel Ángel Rojas, Osvaldo Romberg, Pablo Suárez, Yeni & Nan, Carlos Zerpa y Fernando ‘Coco’ Bedoya y Paulo Bruscky, entre otros.

La muestra recorre las relaciones del cuerpo con el arte conceptual y contemporáneo en la escena latinoamericana entre los sesenta y la primera década del siglo XXI. Con más de medio centenar de obras, pone el foco en el cuerpo en su dimensión política: desde la masacre de Ezeiza, pasando por el cuerpo ausente y simbólicamente potente del Padre Mujica y los desaparecidos con el siluetazo, hasta los movimientos de liberación sexual y los bordes de la contracultura.

El artista venezolano Claudio Perna retrató a sus amantes en collages que combinan fotografías polaroid con vello púbico. Con su cámara oculta, el colombiano Miguel Angel Rojas se metió en el teatro Faenza, un sitio de encuentro gay que el artista define como “territorio salvaje” y “el orinal más grande de Colombia”. Durante 1979, sacó fotos a ciegas: al revelarlas descubrió detalles y personajes que no había visto en el momento de la toma. “Creo que fue una manera de afrontar mi sexualidad. En estos espacios sórdidos de mis más oscuros deseos encontré la fuerza para sustentarme como artista”, dijo Rojas.

La tragedia del desarrollo de Noemí Escandell es la historia clínica genuina, que incluye el registro de los síntomas durante la agonía, de un hombre enfermo de sida que murió en 1993, a los 36 años. En las anotaciones del médico se evidencia la virulenta condena social ante la enfermedad: como el enfermo no quería revelarles a la obra social ni a su familia que tenía sida, el doctor acordó con el paciente realizar el control médico en la facultad de Medicina.

En muchas series, Escandell indagó en el cuerpo y el trabajo alienado, y en la palabra y el cuerpo como dispositivo de poder. Es más: la artista –que participó en el Grupo de vanguardia de Rosario, pasó por el Di Tella y participó en Tucumán Arde– decidió correr su propio cuerpo de la escena. Atravesó un período “de abstinencia” en el que se apartó del arte desde la dictadura de Onganía hasta la última dictadura militar.

No sólo decidió no pintar ni trabajar en su obra sino que no la mostró en galerías ni museos. “No quería ser cómplice del régimen. Ya había pasado con Hitler: sin querer, los artistas que hicieron una muestra colaboraron con él”, dijo la artista.

Paulo Bruscky desata un poema lingüístico cuasi literal al estampar su propia lengua embadurnada con tinta sobre una hoja. En Mujer, León Ferrari invita a leer en braille sobre el cuerpo de una mujer desnuda la frase: “Me duele una mujer por todo el cuerpo”. La serie –contó Ferrari– surgió a partir de las fotografías de mujeres desnudas que hacía mi padre, les puse encima una poesía o diferentes textos en braille: uno acariciaba a la mujer mientras leía”.

Shutdown de Diego Bianchi se puede visitar en Barro, Caboto 531, La Boca, de martes a viernes de 12 a 19 y sábado de 15 a 19. Las perfomances son los sábados. Hasta el 16 de julio. Poner el cuerpo se puede ver en Henrique Faria, Libertad 1628, de lunes a viernes de 11.30 a 19. Hasta el 20 de julio.

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RETRATO DE JOE CON VELLO DE CLAUDIO PERNA (EN PONER EL CUERPO)
 
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