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Domingo, 17 de julio de 2016

CINE > PAULA

CAMA AFUERA

La ópera prima de Eugenio Canevari, Paula, indaga de una forma diferente en las relaciones entre los dueños de una estancia del interior de la provincia de Buenos Aires y su “servicio doméstico”. Paula, la niñera de los hijos de una familia acomodada de Pergamino, sostiene el equilibrio familiar que se ve roto con su propio embarazo. Película sobre la desigualdad, también indaga sobre la posibilidad de decidir la interrupción de un embarazo y cómo esa decisión es, fundamentalmente, una cuestión de clase.

 Por Paula Vazquez Prieto

Un basural, un fuego que apenas se consume, un perro que desgarra un hueso sanguinolento, una mujer recostada, pensativa, sumergida en la tenue penumbra del atardecer. Detrás de esas imágenes aparentemente inconexas, de un hedor que se percibe invasivo y asfixiante, de un estado de inquietud que se gesta amenazante, se vislumbra algo familiar, conocido, repetido en otras historias, en otras imágenes, en otras películas. Pareciera que en esos primeros minutos de Paula, la ópera prima de Eugenio Canevari, director oriundo de Pergamino, se ofrecieran las claves para su lectura, para el descubrimiento de su protagonista, del mundo que la rodea y aprisiona. Sin embargo, esos residuos de aquella poética inaugural que fue marca de estilo del llamado Nuevo Cine Argentino no pueden ser más desconcertantes. Porque Paula, la película y su protagonista, se aventuran por caminos menos previstos a la hora de indagar las relaciones entre los dueños de una estancia del interior de la provincia de Buenos Aires y su “servicio doméstico”. Paula, la empleada que vive en la casa de los patrones, quien cuida como propios los hijos ajenos, vislumbra en la irrupción de su propia maternidad una anomalía, un peligro latente, un suceso que la desplaza de esa aparente comodidad interior en la que cree sentirse instalada. Y es a partir de un consistente ejercicio de concentración que Canevari consigue regir sus contados espacios, abiertos e interiores, con la misma sensación de opresión que invade a su personaje, sin perder de vista la pequeña historia que ha decidido contar, el rumbo sobre el que ha decidido afirmarse.

Paula (Denis Labbate) trabaja como niñera de una familia de pequeños estancieros en la ciudad bonaerense de Pergamino. Su principal responsabilidad es atender a los tres hijos de la pareja que forman Estefi (Estefanía Blaiotta) y Pablo (Pablo Bocanera), concentrados en negocios, llamados telefónicos y reuniones sociales. Paula se relaciona con cada uno de los chicos de manera diferente: entiende por cercanía generacional las enigmáticas preocupaciones del adolescente introvertido, trata con cierta superioridad la hiperquinesis y los desafíos lógicos a la autoridad del niño que quiere ser grande, y atiende con suficiencia maternal las demandas de Amelia, la nena parlanchina que la llama “mamu”. Para Estefi, Paula es la salvación al permanente hastío y displacer que le provoca el revoloteo de sus hijos, sus insistentes pedidos, sus gritos y juegos bulliciosos. Es un gran descubrimiento la figura de Estefanía Blaiotta porque dota a su personaje de una vileza casi imperceptible, camuflada como frivolidad pero que oculta en sus comentarios hirientes una inocultable mirada sobre el mundo. Es allí, en esa encrucijada entre las dos mujeres, donde la película da sus pasos más seguros; es en esa tensión, mezcla de dominio y necesidad, donde Canevari juega sus mejores cartas. Ese equilibrio precario que sostiene a la familia y su relación con el entorno social al que pertenece, ese mismo que amenaza con resquebrajarse en varios actos aparentemente aislados –el comportamiento predador de la perra que se come a las crías, la posición mortuoria del adolescente Nachi en la pileta– es el que parece llegar al límite de su sostenimiento cuando Paula descubra que está embarazada.

Presentada en la sección Nuevos Directores del pasado Festival de San Sebastián, Paula podría haber sido una película más sobre climas y atmósferas, sobre relatos mínimos que se resuelven en gestos y miradas. Pero no, el pergaminense Canevari, que reside en Barcelona desde hace varios años y regresa a su ciudad natal para debutar en el largometraje, decide hacer una película sobre la desigualdad construida a partir de un hecho concreto y desencadenante. La posibilidad del aborto se transforma en algo más que la interrupción de ese embarazo no deseado: es síntoma de las diferencias de clases a la hora de pagar por un procedimiento ilegal, de la desesperación por correr contra el tiempo que se torna implacable, por ocultar la evidencia, por resolver lo que se convierte en estigma. Las visitas de Paula al taller donde trabaja su ¿novio? y padre de su hijo, las conversaciones a medias con su amiga de la panadería, el pedido de dinero a su empleadora (que se lo niega mientras se lima las uñas) son movimientos internos, sutiles pero irreversibles, que se inscriben en los rasgos juveniles de Denise Labbate revelándole sin medias tintas el lugar que ocupa. Heroína sin épica ni buena estrella, Paula nunca se relega al lugar de víctima sino que lidia contra la hostilidad que la comprime con una fortaleza ambigua y subterránea, con la sabiduría que otorgan los golpes recibidos.

Planos fijos fragmentados, silencios inquietantes, caminos abiertos que conducen a un horizonte lejano, cierto aire irrespirable que se nutre de una vegetación húmeda y ruidosa de insectos, son todos elementos que recuerdan los ambientes salteños de Lucrecia Martel, y, más cerca, los entornos en disputa de Los dueños de Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, ambos universos en los que el enfrentamiento entre clases se torna promiscuo, proclive al intercambio de roles y a la lucha simbólica antes que física. En Paula, esa familia que da empleo y vivienda a quien oficia como madre sustituta es también dependiente de ella, no solo en las tareas cotidianas sino en su presencia concreta en el espacio hogareño. Por ello la amenaza del embarazo es doble, en tanto pone en peligro su futuro laboral y torna evidente el grado de sujeción en el que se encuentra. Lo único que hace el embarazo imprevisto es dejar al descubierto aquello que ya estaba ahí, lo que ya no puede ocultarse (como la panza que Paula encubre debajo de la faja,): esa situación desigual entre quienes tienen el poder de comprar, decidir, acceder, y quienes lo padecen. Las miradas que intercambian Paula y una chica rubia y alta, amiga de sus patrones, en el consultorio del médico abortista es evidente en este sentido: ambas saben a qué van, con qué cartas cuentan, ambas callan, porque cualquier delación significa el despojo explícito para la pobre, la vergüenza social para la rica.

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