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Domingo, 14 de agosto de 2016

PERSONAJES > GUSTAVO ASTARITA

MI CUERPO NO ES UNA CELDA

Hace casi tres años Gustavo Astarita –artista plástico, poeta, músico, cantante y cerebro de la banda platense Mister América, cervecero artesanal, aprendiz de herrero– tuvo lo que podría llamarse su propia temporada en el infierno: por una causa absurda pasó, junto a su hijo, un mes en un calabozo cordobés. Antes de que lo trasladaran a una cárcel de máxima seguridad, pudo salir en libertad y, además, llegar a tiempo para el nacimiento de su hija. En el encierro llenó seis cuadernos Rivadavia con una serie de escritos, dibujos y retratos, desde historias de sus compañeros hasta paisajes. Hoy parte de ese material se edita en forma de libro con el título Probation, para leer y ver en compañía de su último disco, Doméstico.

 Por Juan Ignacio Babino

El mito generalmente se erige sobre aquello que finalmente no es tal. Es decir: el mito agiganta y altera algunas verdades. Es buena hora para acabar con la común referencia de Astarita como tal. Porque pocas cosas hay en la música y en la cultura de la ciudad de La Plata más verdaderas y en constante latir que Gustavo Astarita. Si no, miren a ese cuerpo –pequeño como un niño descansando– bailar y exorcizar culpas, santos y demonios, al ritmo de sus propias canciones, expandiendo los límites de la noche. Noche en la que –acompañado de Ricardo “Pilu” Pontano y Jorge “Legui” Leguizamón, ambos guitarristas de Mister América; acaso dos de los mejores, y más elegantes y personales guitarristas de la ciudad– presentó su libro Probation: una serie de dibujos, retratos y relatos, de lo maldito y sabio que resultó su encierro en un calabozo cordobés durante agosto de 2013.

Algunos días después anochece en el corazón de Barrio Hipódromo de La Plata y él, sentado en un rincón de su propia cervecería artesanal Hermanos and Brothers, parece tranquilo. “‘Arrójate al vacío y vivirás después de muerto’ dice un kôan zen”, comenta. Y luego señala la puerta de un horno que quedó a medio arreglar porque se le rompió una herramienta.

Ese pasaje zen lo citás en referencia a la primera noche en que se presentó el libro, pero no puedo dejar de asociarlo a la situación concreta que retratás en Probation...

–Plantea un desinterés por lo que vaya a suceder y una confianza en el destino. Y en la suerte. Y la suerte deviene de la confianza en el destino. Y la confianza en el destino no es otra cosa que la confianza en uno mismo. Para ello uno debe conocerse y esa es quizás la falencia mayor en la humanidad: la falta de conocimiento de uno mismo. La realidad no es otra cosa que una descripción. Estamos todos de acuerdo en llevarla a cabo. Pero esa realidad, si cambiás de lugar, como en mi caso, que me tocó cambiar de lugar tan abruptamente, es otra realidad.

DESPUES DEL INCENDIO

El 25 de julio de 2013, Gustavo Astarita estaba haciendo un asado junto a su hijo en su casa de Córdoba, cerca de Alta Gracia. De golpe, el viento cambió de 9 a 35 km/h –“eso lo averiguó mi abogado”– y el fuego se expandió mas allá generando un incendio alrededor de 200 metros sobre el monte. Incendio que él mismo, junto a su hijo y los vecinos del lugar, ayudó a apagar. “Se desató, como yo digo, lo desconocido. Es lo único que me dejó con miedo y no lo puedo comprender. Pero entiendo que eso atraviesa todas las generaciones y viene desde que existe el hombre; aquello para lo que no estás preparado”. Lo que tendría que haber sido una exposición civil de rutina –que hicieron ellos mismos– terminó siendo un calvario bajo un cargo absurdo (el de incendio doloso): treinta días en un calabozo de 3m x 6m, que llegaron a ocupar casi veinte personas. “En la introducción de Probation lo dice Fabián Andrade: fue un fuego que apareció como para Juana de Arco, para quemarte. Eso no lo puedo elaborar. No puedo. Y en la cárcel misma me levantaba así, asustado, sintiendo el fuego. Después tenía sueños donde eran más reales que la vida. Cuando me despertaba no podía creer que estaba ahí.”

Dice y cuenta: hubo un momento en el que lo que más lo irritaba era el acento cordobés; de cuando le pidió perdón a uno de los presos por una pelea a lo que el otro respondió: “Lo único que me molesta es que digas que no tengo cerebro”; de las cartas que escribía en nombre de Carlos dirigidas a Daiana, una interna recién llegada y que al leerlas, él decía: “No culiao, bajalas, bajalas; son muy poéticas”; de las historias de vikingos, griegos e indios que durante las noches contaba a los compañeros de celda; del chicle que habían pegado en la pared y por el cual podían adivinar más o menos la hora según la sombra. Confiesa que si no hubiera estado Marcial allí se hubiera matado a los diez días, que cantaron juntos algunas canciones de Míster América –por ejemplo “Háblame del cielo”: háblame del cielo, dime si es cierto que allí voy, dime que no es cierto que miento– pero que la fiesta se armó cuando otro interno empezó a cantar cuarteto –“era horrible el timbre de voz pero cantaba re bien y ¡se armó una joda en la prisión!”– y que empezó a retratar y escribir cuando se fueron unos santiagueños que contaban chistes todo el día. “Cada uno de ellos son personajes también, porque cada uno es un símbolo de algo. El ego, allí, es una cosa inútil, estás igualado. En tres días te convertías, las personas están en carne viva. No hay lugar para el ego. Se crean vínculos increíbles donde se borran las barreras que en apariencia nos separan. Eso es maravilloso. Uno vuelve a la esencia, como cuando sos niño. Y el humor era la base, la manera de poder acercarte. Se llora o se ríe, pero el humor es vital”.

Así, entonces, empezó a escribir y dibujar hasta llenar seis cuadernos. Algo que siempre hizo. “Se acaba de ir Enzo, como siempre emocionante. A la mañana se fue el flaco Ariel”; “Tomo mis lapiceras, y me duermo con ellas en la mano, como si de un crucifijo se tratara. Al despertar las escondo entre mis bolas, cuidando de las requisas como si de un arma se tratara”; “Martes 20 por la mañana. Antes de despertar se produjo un sonoro concierto de pedos de 10 personas que somos en la celda” son algunos de los pasajes que, en edición facsímil, se leen. Y también ese panorama yermo y hermoso: “Es una mañana helada. Posiblemente nieve en la sierra”. Con lapicera, lápiz, crayones, microfibra. A trazos finos, otros más grotescos. Retratos –de presos, de los guardias, de su hijo–, imágenes del lugar, la esquina donde meaban, la ventana. Otros más irreales, surrealistas. Muchos firmados a altas horas de la madrugada. Así son algunos de los dibujos de Probation: urgentes, encantadores, desoladores. “No sólo me liberaban a mí, sino que eran un entretenimiento para todos. Muchos se sentían liberados con los dibujos vengadores, otros se veían representados en situaciones de cómics. Servían para elaborar la realidad. Cuando los dibujaba y se veían ahí, abrían su corazón y sin pedirles nada venían y te contaban su historia de vida, de pe a pa”.

Probation, entonces, puede leerse –y entenderse– en varios sentidos. Al menos, en dos posibles: por un lado una purga judicial a través de esa figura legal; en este caso, el bien comunitario es juntar fondos –por medio de la venta del libro y de una serie de presentaciones– para poder terminar de refaccionar el Centro Cultural Estación Provincial, una las salas culturales más importantes de la ciudad; y por otro una purga personal: “Me volví mas creyente pero a la vez le doy menos pelota a Dios. No hay un Dios cristiano, los cristianos no lo saben aún. Pobres. Lo peor de todo, para mí, era quebrarme o salir y perder de tal modo la inocencia, la ingenuidad.”

¿Y las perdiste totalmente?

–No, para nada. Ese era mi miedo. Pero sí perdí ingenuidad. No, perdón, ingenuidad no: frescura. Perdí capas de frescura. Y una piel de menos. Y te da, como toda pérdida, cierta nostalgia de otros momentos en los cuales caminabas de otra manera. Vuelvo siempre a lo mismo: el conocimiento es dolor. El no saber tiene una comodidad opiácea, que está buena, pero lamentablemente cuando llega el dolor, te hace pagar ese opio. La única forma de superar el dolor es el conocimiento.

EL HOMBRE DEL FUTURO

La figura de Astarita es gravitante en La Plata. Su nombre y producción atraviesan desde mediados de los 80 hasta hoy. No es farmacéutico, aunque así le dicen y siga trabajando en la botica familiar –“en Italia me decían ´Il farmaccista’”–; sino Licenciado en Artes. Allí en la Facultad conoció al resto de los integrantes de Mister América: una entidad musical única en la ciudad que miró de costado lo que pasaba a su lado: por caso, desde la movida sónica hasta el rock llamado “barrial”. Un caso que puede tomar la figura de Virus y Los Redondos pero que es ambos y ninguno de ellos a la vez. “Es el Bowie platense” se escucha como un mantra cada vez que surge su nombre. “Ocurre que todos necesitamos nombrar las cosas para hacerlas alcanzables, para identificarnos. En este caso, si existe esta definición la tomo como una muestra de cariño y respeto. Y después de la muerte de Marcelo la siguiente que lloré desconsolado fue la de Bowie”. Marcelo Pontano –baterista de la banda– falleció hacia fines de ese mismo 2013. Entonces, ambas experiencias, “la muerte de Marcelo y la mía, que sucedió en ese encierro”, fueron la materia trascendental de Doméstico (2015) el nuevo y hasta ahora último disco de la banda: un sonido rockero, eléctrico, rabioso, oscuro. “El dolor del grupo y el mío propio por tanta pérdida hacían necesario que los amigos estuvieran nuevamente juntos para hacer lo que sabemos hacer. El disco debe verse como la banda sonora de lo que cuenta el libro. Uno sin otro están incompletos porque son una obra.”

Él confiesa, aquí y también en el libro, que el miedo real era que los pasaran a la cárcel de máxima seguridad de Bouwer. Pero apenas antes de que los trasladaran hubo un llamado salvador, a través de un conocido con algún contacto en un Ministerio. Mientras trata de volver a encender su pipa, dice: “Ahí adentro me di cuenta que la vitalidad era mi oficio. Siempre creí, y es casi un dogma para mí: uno es acción, uno es lo que hace. Por eso es tan importante la actividad manual, la actividad del cuerpo. Manual más allá de las manos. Siempre la edición de algo es lo que me hace sentir que viví ese instante. Un dibujo, una canción, un poema, un mueble, una silla. Algo concreto”. Y agrega: “Creo que el hombre del futuro, el hombre vivo, real, es un proto hombre del renacimiento. Es la persona que sabe dominar todos los oficios. Un mundo de Leonardos sería un mundo mejor, no me cabe duda”.

¿Y encontraste belleza allí?

–Sí, estaba lleno de belleza. Y llegué al parto de mi niña. Curiosamente tendría que haber nacido estando yo en la cárcel pero se atrasó diez días. Me esperó. Esas cosas les imprimen algo mágico a la vida. Eso existe. Y tuvieron que pasar tres años para que pudiera acercarme a los seis cuadernos, que están junto a todos mis otros cuadernos, pero apartados, adentro de una bolsa.

Próxima presentación de Probation: jueves 6 de octubre a las 20.30 en el C C Estación Provincial, 17 y 71, La Plata. El libro se puede conseguir allí mismo o en la cervecería Hermanos and Brothers, 39 y 115, La Plata. Y tanto la venta del libro como las presentaciones son a beneficio de la Estación Provincial.

Algunas paginas de Probation

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Imagen: Gentileza Manu Cascallar
 
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