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Domingo, 11 de abril de 2004

HOMENAJES

Tarán tarán, tarán, tarán tarán tarán tarán taráaannnnn

Elegante, sofisticada, misteriosa. Clásica y a la vez psicodélica. Heredera de Chaplin y de los dandies más despreocupados. De nombre femenino y presunción masculina. Hoy, la Pantera Rosa cumple 40 años y Radar rinde tributo a ese dibujito animado que nació como diamante, se robó una película de Blake Edwards y se convirtió en un culto que pasa de padres a hijos sin decir nunca una palabra.

Por Pablo Vignone

Mi hija Daniela, que va a cumplir seis años, nació en un mundo feliz. Es tan sencillo encender un aparato de televisión, presionando un mísero botón del control remoto, y al instante deslumbran no uno sino cuatro o cinco canales exclusivamente dedicados a los dibujos animados, a los cartoons como los denomina pintorescamente la globalización, o los animé, como los susurra la progresía. ¿Qué más podría pretender? El color es un atributo tan objetivo a esta altura, que la aspiración sería el aroma, o las tres dimensiones, con los animalitos emergiendo de la pantalla.
Cada tanto hacemos zapping juntos, algo que yo no podía hacer de pibe, porque los televisores Philco de hace 30 años traían un selector de plástico tan berreta que, cuando lo girabas un par de revoluciones, te lo quedabas en la mano, y entonces había que sobar el eje de hierro con una tenaza para pasar del 13 al 11 al 9 y al 7, y ahí te quedabas porque, aunque les parezca mentira a los chicos de hoy, sólo teníamos cuatro canales de TV, para todo. Y en blanco y negro.
Entonces, cuando cualquier tarde de éstas enganchamos una película en esos tonos, nos sentimos como desenterrando un tesoro arqueológico, y mi hija me pide verla unos segundos para saber cómo era la tele cuando mis días eran los suyos. Y más se sorprende cuando le cuento que, para ver dibujitos en continuado, su abuela nos llevaba al cine Real, en la calle Maipú, a un paso de Corrientes, lo que ahora es un estacionamiento.
Por eso, deduzco, pegó tanto la Pantera Rosa hace 30 años. No sólo por su característica elegante y una estética singular para los dibujos animados que abría una ventana para que los padres los vieran junto a sus hijos, sino porque, de golpe, fue a parar a un horario central. En aquellos años, el Canal 7 era, casi como hoy, un desierto de audiencia, aunque en aquellos años había un pedazo de ciclos culturales. En 1975, coincidiendo con el estreno en los cines de The Pink Panther Return (El regreso de la Pantera Rosa, de Blake Edwards, con Peter Sellers, el durazno de gala de Christopher Plummer y la bella Catherine Schell en los roles estelares), el 7 desempolvó las cintas del mismo personaje que animaba los títulos de la serie de Edwards en la pantalla gigante, y lo mandó a ocupar un horario central, el de las 20:30. (Los martes era un día magnífico para nosotros, los pre-adolescentes, porque después de la Pantera daban El hombre nuclear, con Lee Majors, otra revolución en términos de TV).
Sabíamos que la Pantera era rosa porque lo pregonaban los títulos y porque la habíamos descubierto así en el cine, aunque en nuestro aparato baqueteado el rosa fuera apenas un tenue gris. Salvo el acartonado Meteoro, todos los dibujos que habíamos visto eran humanizaciones de animales, desde el Lagarto Juancho al gato Silvestre y a Speedy González, pasando por la tortuga D’Artagnan, el león Melquíades (ese que leía a Shakespeare y proclamaba, como una especie de Horacio Aiello del comic, “huyamos hacia la derecha”), el gorila Maguila o el caballo Tiro Loco McGraw.
Pero la Pantera Rosa aportaba dos elementos distintivos. Era mucho más pícara que sus congéneres, y además no precisaba hablar como los demás para recortarse del universo y salirse con la suya. En los cortos originales iniciados en 1964 –y los que veíamos en la Argentina Potencia de entonces tenían una década de antigüedad– no se recuerda un solo sonido emitido por el estilizado felino que conformaba a todos los sexos con su nombre femenino y su presunción masculina.
Ese mutismo sólo era quebrado por las risas de la claque y el ocasional cuestionamiento de un relator en off, y uno no tendía a verlo como una discapacidad (lo que habría sido una interpretación posible dado el ocasional atolondramiento de la Pantera) sino como una marca de eficacia, algo que, por ejemplo, había heredado –sin quererlo ella ni su creador,Isador “Friz” Freleng– de Charles Chaplin: la capacidad para alinear lo ilógico con lo práctico y provocar así las más espontáneas sonrisas, en un paso de comedia pantomímica que, asistido por una irrefrenable banda musical de Henry Mancini, dejó huellas imborrables. En la escuela imitábamos el pasito de la Pantera, empujando con la punta de un pie el talón del otro, tarareando la pegadiza melodía de Mancini, o repetíamos hasta el cansancio la frase de cabecera del Inspector Clouseau a su fiel flic Deaux-Deaux, “no digas sí, dí oui”. Con la complacencia de los viejos de todos, que se divertían tanto como nosotros ante la tele y se olvidaban por media hora de tanta bala.
Freleng sabía del asunto. Dibujaba para la animación en la Warner Brothers desde la década del ‘30, y bajo su supervisión se desarrollaron el Conejo Bugs, el Pato Lucas, Speedy González y el canario Tweety, además de haber dirigido los primeros cortos de Silvestre, Porky y Sam el Barbarroja. Así que sabía de qué iba la cosa cuando, tras el cierre de la división animada de la WB en 1962, Blake Edwards lo convocó dos años después para crear los títulos de la película que dio origen a la saga, La Pantera Rosa, que en el filme no era una bestia sino un diamante. David DePatie, el socio de Freleng, recuerda que fueron a la oficina de Edwards con 150 sketches distintos de la posible Pantera. El cineasta los desparramó sobre su escritorio e inmediatamente apuntó a uno, asegurando: “Éste es el hombre”. Una vez estrenado el filme, la crítica señaló con acidez que los dibujos eran mejor que la trama.
Freleng sabía lo que estaba haciendo: un dibujo para adultos, sofisticado y desbordante de guiños y sobreentendidos. Por eso no hablaban ni la Pantera ni su corriente partenaire, el hombrecito calvo y de piernas cortas, quien en ocasiones encarnaba el enano fascista que a la vez se desparramaba violentamente por la Argentina, como en aquellos memorables seis minutos de Pijama rosa (Pink Pyjamas, 1964), que no contento con despertar a los ronquidos en el bosque a la Pantera, terminaba disparándole con una escopeta.
Un año más tarde, tras el golpe, comenzaron a apodar “la Pantera Rosa” al dictador Videla, presuntamente por la figura delgada y la forma de caminar, acaso porque lo imaginaban como la paloma que se oponía a los halcones de la banda forajida que se había robado el país. Una comparación que no sólo ofendería el sentido común sino también la sagacidad de la Pantera. Ese año de 1976, presumiblemente ante la ignominia de la comparación, el dibujito dejó de tener tanta continuidad en el 7, el canal del Estado. Los chicos habíamos dolorosamente crecido de golpe.
Mientras termino de escribir esto, le pregunto a Daniela si sabe de alguno de esos miles de canales de cable que emitan los viejos cortos de la Pantera que Freleng, que murió en mayo de 1995, y DePatie rodaron hasta 1980. No lo sabe. Cree que no. Qué lástima.


La señal infantil Boomergang está emitiendo los dibujitos animados de la Pantera Rosa de lunes a viernes (hasta fin de abril), a las 12 y a las 20 hs. Por su parte, la señal MGM emitirá los lunes a las 22: mañana, Un disparo en la oscuridad; el lunes 19, La Pantera Rosa ataca de nuevo; y el 26, La venganza de la Pantera Rosa. Como yapa, para el domingo 25 programó un maratón desde las 14, con estas tres más La Pantera Rosa, que dio origen a la saga.

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