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Domingo, 19 de septiembre de 2004

PARQUES

Lezama inmortal

POR RODOLFO EDWARDS

Aunque acaricia los barrios de La Boca y Barracas, el Parque Lezama es de San Telmo. Allí, en el lugar conocido como “Quinta de los ingleses”, José Gregorio Lezama, salteño de origen, hizo construir en 1857 una augusta mansión de estilo italiano, con una inmejorable vista al río desde la empinada barranca, y un amplio y bonito parque donde abundaban olmos, acacias, magnolias, tilos y otras especies exóticas que el dueño de casa, apasionado de la botánica, plantaba con frenesí.
El lugar se convirtió entonces en la residencia más elegante de Buenos Aires. En 1894, el intendente Pinedo adquiere el predio para la ciudad y la viuda de Lezama, Angela de Alzaga, se lo vende a un precio irrisorio. Con una sola condición: que, convertido en paseo público, el parque recibiera el apellido de su esposo.
En 1899, la mansión Lezama se convierte en sede del Museo Histórico Nacional, que hoy sigue funcionando allí. A metros, sobre la calle Brasil, entre Balcarce y Defensa, la Iglesia Ortodoxa Rusa convoca al misterio y al ensueño, y ofrece misas que son experiencias estremecedoras. La pared decorada de iconos, que divide el altar del sitio reservado para los feligreses, se llama “Gran Iconostasio” y tiene una importancia fundamental en el culto. De pronto, el susurro de los rezos se transforma en un coro donde confluyen diferentes volúmenes y tonos de voz que irradian una atmósfera de alta belleza. Hasta los espíritus más incrédulos sentirán algo muy profundo y santo en sus corazones. Inaugurada el 6 de octubre de 1901, la Catedral de la Santísima Trinidad fue construida por el arquitecto Alejandro Christophersen, según planos diseñados previamente en Moscú.
Sobre la avenida Martín García se alza el edificio de la fábrica de bizcochos Canale. Hoy en venta, en otros tiempos solía desparramar sus azucarados aromas por varias cuadras a la redonda. Alguna vez el barrio también contó con una pista de patinaje. Hoy los más chicos se entretienen con una calesita, la misma a la que los hinchas de Boca, siempre eficientes a la hora de las rimas, suelen mandar a sus primos riverplatenses cuando quieren dar una vuelta en algo. Los fines de semana y los días feriados irrumpen los artesanos de la feria artesanal Artezama, que se mezcla con la feria paralela armada desde hace un tiempo por feriantes informales. Tiran un trapito y ponen de todo: muñequitos de la colección Kinder, vajilla variada, bombachas, salamines camperos, enchufes, tapados y sobretodos antediluvianos. Todo sucede bajo la atenta mirada de don Pedro de Mendoza, cuya figura fiscaliza las acciones desde el gigantesco pedestal que sostiene su monumento, evocación de la primera –y desafortunada– incursión de los conquistadores por estas tierras.
Como desde hace 40 años, el Bar Británico está en la esquina de Defensa y Brasil, donde a principios del siglo XX hubo un cine y también una especie de almacén de ramos generales llamado La Cosechera. Incluido con justicia en el ranking de bares notables de la ciudad, sus mesas funcionan a toda hora como una verdadera usina de arte y pensamiento. Si la energía creativa pudiera medirse como la sísmica, el bar registraría uno de los índices más elevados de la ciudad. Cráneos privilegiados erupcionan en tertulias interminables, envueltos en el vaho impuro de cigarrillos, cafés y angustias inspiradoras. Cuentan que una vez el bar sufrió la amputación de su primera sílaba; fue durante el trance anglófobo de la guerra de Malvinas, cuando por un tiempo se lo rebautizó Bar Tánico.
Bar literario ciento por ciento, se dice que Ernesto Sabato escribió partes esenciales de Sobre héroes y tumbas sentado en algún rincón y, a juzgar por los vagabundeos que sus personajes acometen por las entrañas del Parque, ha de ser cierto. El poeta Néstor Perlongher bautizó una obra suya Parque Lezama, implicando en el título al Parque y al cubano José Lezama Lima, padre del barroco latinoamericano. Por las mesas del Británico se suele ver al escritor y flamante subdirector de la BibliotecaNacional, Horacio González, y al bandoneonista Rodolfo Mederos. También, cuando era vecino de la zona, a Fito Páez. Se extraña el violín loco que el malogrado Jorge Pinchevsky solía desenvainar en medio del bar, para sorpresa y alegría de los parroquianos.
En la gran mesa pegada al baño de hombres, unos habitúes históricos juegan al ajedrez con la concentración de los profesionales. El tiempo parece suspendido. Cambian los cuerpos, las ropas, los peinados, pero la boiserie continúa incólume. El mozo Manolo, un auténtico holograma ibérico, permanece firme como un centinela todas las madrugadas y a eso de las seis pone las sillas culo para arriba. Los manteles verdes y rojos siguen tendidos prolijamente en el reservado, y es allí donde un invisible querubín bendice el impulso de un pibe mientras toma por primera vez la mano de una rubiecita. Un 29 pasa a mil por Defensa, alborotando a las palomas.

El Parque Lezama está entre las calles Defensa, Brasil, Av. Paseo Colón y Av. Martín García, San Telmo.

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