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Domingo, 7 de noviembre de 2004

La dieta de la salchicha de Viena

Las inclinaciones republicanas de Arnold Schwarzenegger, el cyborg más recio y musculoso que haya accedido a la gobernación de California, indudablemente se habrán visto satisfechas esta semana, pero el pequeño enano austríaco que lleva dentro todavía está pagando el precio de su ambición política. Doblemente. Por un lado, en el país que lo vio nacer y que todavía, de vez en cuando, deja escapar alguna expresión de orgullo por el ex Mr. Mundo que abandonó el hogar hace ya más de un cuarto de siglo: la ciudad de Graz canceló sus planes de erigir una estatua en homenaje al mastodonte por haber apoyado la ofensiva norteamericana en Irak (el director del proyecto Herwig Hoeller llegó a decir que el hijo pródigo se volvió impopular entre la población, y que “debo ser el único en la ciudad que todavía quiere la escultura”). Simultáneamente, en casa, otra amenaza se cernía sobre Terminator. La maldición fue lanzada nada menos que por Maria Shriver, su esposa y conspicuo miembro del clan demócrata por excelencia en los EE.UU.: los Kennedy. Furiosa desde el momento en que su marido decidió alentar el voto por W. en la Convención Republicana, la mujer le declaró la ley seca: nada de sexo por al menos dos semanas. Públicamente, Arnie se limitó a decir, tan chistoso él, que “cuando uno está casado con mi esposa, nunca es el jefe”. Lo que no tiene en cuenta el robotito es que, a los 57, las partes del cuerpo que no se usan, se oxidan.

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