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Domingo, 10 de julio de 2005

PLASTICA > LAS MUJERES DE ANNA-LISA MARJAK

Retratos de una dama

Cuadros enormes de mujeres relajadas, por un segundo afuera del vértigo diario, profundamente sencillas, conscientes del paso de la vida: quién no querría ser o conocer a una mujer como las que pinta Anna-Lisa Marjak.

 Por María Gainza

–¿Para qué necesita el mundo otra de mis pinturas de una mujer sola en una habitación? ¿O cien más?
–El mundo no sabe aún todo lo que necesita -.dijo Pieter-., pero llegará un día cuando otra de tus mujeres frente a una ventana nos proveerá de algo que no sabíamos que necesitábamos.
“Joven de azul jacinto”, Susan Vreeland

Picasso decía que cualquiera podía aprender a pintar pero que llevaba una vida aprender a pintar como un niño. Dubuffet, Twombly, Guston, Basquiat, todos practicaron un tipo de pintura que buscaba captar algo de esa exuberancia de ojos abiertos de par en par que transmite un chico ante las cosas. Hacia comienzos de 1980 se lo llamó, dependiendo del lugar y del grupo, neo-expresionismo, bad painting, transvanguardia. Cuando miramos las pinturas de Anna-Lisa Marjak, algunos de estos nombres se nos vienen a la mente. Pero enseguida los descartamos, como descartamos las malas ideas, dejándolas seguir su rumbo de nubes pasajeras. Porque las pinturas de Marjak, en rigor de verdad, pertenecen a un único e indiscutible movimiento: ese que persigue la mano, hasta acalambrarse, cuando busca dar con la forma exacta de su mundo.

I El tema de la mujer descansando fue inventado en la antigüedad, reinventado por Giorgione en 1508 cuando pintó su apoltronada Venus dormida y continuó hasta bien entrado el siglo XX con infinitas variaciones. Pero en la mayoría de los casos el descanso parecía fingido, siempre había algo de pose compuesta, de falsa intimidad, que fastidiaba. En este sentido, las mujeres de Marjak son puro desparpajo. En ellas no hay pompa ni circunstancia, ni glamour, ni misterio, y sus mujeres, o quizá, la mujer, porque a decir verdad no se sabe si es una sola que parece todas o varias que parecen una, es la mujer de entrecasa. Una mujer cualquiera, o mejor dicho, una particular: la que deja la vanidad y las apariencias para ser ella misma por un rato. Y lo que es más, aunque la veamos ahí, ocupando buena parte de la tela, lo que Marjak celebra no es una persona sino un estado: el del ocio. Esos momentos en los que nos bajamos de la calesita para que las cosas paren de dar vueltas.

Una característica de la buena pintura es su capacidad de desaparecer. Su poder para hacernos olvidar que estamos mirando una pintura y disolver esa cuarta pared entre espectador y creador. A lo que se suma el tamaño. Los cuadros de Marjak son enormes, absurdamente grandes, y lo gracioso es que justamente con semejante tamaño estén dedicados a temas tan pueriles como tomarse un té, echarse en un sillón despatarrada o colgarse de un árbol como un mono tití. Hasta el siglo XX la pintura de gran escala estuvo reservada a los temas heroicos: la historia, la Biblia y la mitología. Claro que también a la clase social: El entierro de Ornans de Courbet fue un escándalo, no porque fueran campesinos los retratados, sino porque el pintor les había reservado un tamaño digno de la realeza. Pintar a esa gente pobre como una gigantografía era decir algo. Era decir, quién –a juicio del pintor– merecía una conmemoración a gran escala, quiénes eran, según él, los que realmente importaban. Marjak juega con esa misma operación. Sus grandes telas están reservadas a una mujer anónima, sola como un hongo, que no hace nada aparentemente importante, y que de todas formas ocupa el espacio con la seguridad de una reina frente a lo que le pertenece. Cuando Rothko demostró que un gran cuadro no necesariamente nos empujaba hacia atrás, sino que también podía abrazarnos, lo grande se volvió íntimo. Eso es lo que provocan las pinturas de Marjak. Una intimidad apabullante. La gran escala no nos rechaza sino que nos llama como un espejo en un salón.

II Cada imagen de Marjak es un cuarto propio. Hecho a su gusto y semejanza. Todas construidas a partir de pinceladas despreocupadas (no desprolijas, porque esto supondría desidia, y acá lo actitud es otra). Son pinceladas francas, vigorosas pero amables, que arrastran acrílicos de colores complementarios, en gran parte azules y naranjas intensos, que se ensucian, pero nunca llegan a convertirse en esos colores venenosos, de agresiva luminosidad, que usaba Ernst Ludwig Kirchner.

Los retratos de Marjak no intentan captar individualidades, trabajan más bien construyendo rostros a partir de rasgos básicos, comunes a todos, buscando una verdad más profunda que aquella que percibe el ojo. “El naturalismo es un error abominable”, dijo Gauguin al explicar cómo con su estilo primitivo buscaba acercarse a una verdad más permanente. Los cuadros de Marjak respiran estas ideas, y sus mujeres construidas a partir de pinceladas esenciales buscan rellenar los vacíos de nuestra visión. Después están los objetos representados en la escena, aquellos que parecen cumplir una doble función: los helechos se vuelcan sobre la mujer, protegiéndola, la pileta parece una ventana de cielo azul, el libro, una manta para sus piernas desnudas. Hay un cuadro de Matisse que se llama Figura decorativa en piso ornamental, donde lo que sucede es similar. Una mujer, desnuda, unos limones, una planta, todo separado y a la vez todo conectado, y ella en el centro, sola, descansando después de un baño, tan tranquila que imaginar que alguien pudo haber estado en el lugar, pintándola, resulta molesto. También existe una fotografía de Richard Billingham de una mujer muy gorda que arma un rompecabezas. Está sola en la habitación, ensimismada sobre su juego, un jugo de naranja sobre la mesa. Tiene los brazos tatuados, un vestido de florcitas que semeja un repasador, los ojos clavados en las piezas. Lo agradable de esas imágenes es ver a mujeres haciendo sus cosas, las cosas que les gustan, sin convencionalismos ni aparato social. “Para mí el tema del arte es la arcilla humana –escribió Auden en una carta a Lord Byron en 1936–, el paisaje, meramente un decorado para un torso. Todas las manzanas de Cézanne las cambiaría por un pequeño Goya o Daumier.” Porque la naturaleza se basta por sí sola, ella estuvo antes y seguirá acá cuando nosotros no estemos, en cambio el ser humano y “aquellas pequeñas cosas”, diría Serrat, son el verdadero material de nuestra imaginación.

Las mujeres de Marjak no son bellas ni parecen interesantes pero tienen una frescura que hace que mirarlas sea como lavarse la cara con agua fría. No son difíciles de complacer como las heladas esfinges de John Singer Sargent, ni son feroces matronas como las de Paula Rego. No se sabe qué edad tienen pero parecen niñas porque el tiempo no les ha dado la acidez de un limón. Son un poco secas como algunos personajes de los cuentos de Grace Paley, pero profundamente sencillas, en el sentido de que no son pretenciosas ni afectadas. Un libro, una rama de un árbol, unos girasoles, les alcanzan mientras en sus espacios todo se rebate, se resbala, se desliza hacia abajo. Y ellas, que ya saben que así sucede en la vida y que nada de lo que hagan podrá contrarrestar esa ley de gravedad, miran su presente con los ojos bien abiertos.

Las imágenes de Marjak no se ven como la secuencia de un día, sino como minutos robados acá y allá. Ellas, que han sido interrumpidas en medio de su agradable soledad –con la taza levantada, una pierna afuera, otra adentro de la pileta– nos miran con esos ojos negros, negrísimos, delineados con el hieratismo y la sabiduría eterna de una figura egipcia, un poco desconcertadas de vernos llegar. Mientras nos contagian esa alegría serena, esa que experimentamos cuando en nuestros tiempos muertos volvemos a la vida.

Braga Mendéndez
Humboldt 1574
Hasta el 30 de julio
Lunes a viernes de 13 a 20

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