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Domingo, 13 de noviembre de 2005

MúSICA > EL REGRESO DE KATE BUSH

La escondida

Niña prodigio, descubierta en su adolescencia por David “Pink Floyd” Gilmour, triunfadora de entrada con su Wuthering Heights, mezcla de chica pin-up con banshee, artista sin par pero con muchas impares imitadoras, Kate Bush desapareció de las pantallas de los radares hace doce años. Ahora, por fin, vuelve con Aerial, un álbum doble al que no cuesta considerar, ya, el disco del año y donde le canta a Elvis, a Charles Foster Kane, a Juana de Arco y –no podía ser de otro modo tratándose del raro genio de Bush– a la pasión que siente por un lavarropas.

 Por Rodrigo Fresán

En el 2004, el especialista pop John Mendelssohn publicó una novela de título intrigante y trama ingeniosa. Waiting for Kate Bush cuenta las peripecias y tristezas de Lesley Herskovitz, fan de la cantante reclusa, quien muy cansado por la larga espera de un disco de su ídola y colgado de una cornisa, decide suicidarse dando el gran salto. Han pasado once años desde la edición de The Red Shoes y Herskovitz ya no da más: su hija Babooshka no le dirige la palabra y su vida es una mierda. Y es una lástima que el pobre tipo no haya aguantado un poquito más. Porque ahora, por fin, luego de seis años de elaboración, llega el tan anhelado y tan magnífico Aerial.

UNO. El pasado lunes salí de mi casa en peregrinación hacia mi disquería amiga para comprar Aerial. Con reverencia y felicidad y, sí, temor religioso ante lo que podía encontrarme ahí adentro. Y es que un nuevo disco de Kate Bush es buena nueva y noticia bomba. Bastaba revisar en Internet los periódicos ingleses que días atrás habían dedicado salvas triunfales a la salida del single “King of the Mountain” –directo al quinto puesto de ventas– y que ahora se abalanzaban, ya desde la primera plana, sobre el disco doble como sabuesos amorosos. Y es que a esta altura, el retorno a la escena de Kate Bush a la escena –posiblemente la artista más artista, la más influyente y original de su generación– equivale al súbito alumbramiento de un nuevo libro de J. D. Salinger o el hallazgo de un film perdido de Stanley Kubrick. Desde su último y apenas séptimo álbum había pasado más de una década –marcada por la aparición de impostoras e imitadoras y buenas alumnas como Björk o Tori Amos o Fiona Apple o Gwen Stefanni o PJ Harvey o Sarah McLachlan o KT Tunstall– y los rumores sobre la cantautora eran muchos y perturbadores: Bush había desaparecido porque estaba gorda; o loca (encerrada en una clínica psiquiátrica, asegurando ser la reencarnación de la autora de Cumbres borrascosas, o una nueva versión de la Miss Havisham de Grandes esperanzas); o se había unido a una secta de shamanes celtas; o quería romper el record de Greta Garbo o había perdido el don; o, peor todavía, una psicosis perfeccionista la tenía paralizada y grabando una y otra vez una única nota de piano.

Pero no.

Aerial –pensar en él como en una lograda mezcla de The Dreaming y Hounds of Love– pone en evidencia una explicación mucho menos interesante pero sí más admirable: a sus 47 años y con 30.000.000 de libras esterlinas en su cuenta bancaria, Kate Bush es un virtual Expediente X que se niega a ser investigado. Un truco de Houdini que no tiene truco. Un fenómeno paranormal –hechizada y hechizante, escondida pero en todas partes, piedra libre y roca rodante– flotando por los pasillos de una mansión embrujada por su música y sus canciones sobre Molly Bloom, incesto, Delius, asesinato, Willhelm Reich, Peter Pan, amores gays, Heathcliff y Cathy, holocaustos atómicos y orgasmos nucleares y niños poseídos por espectros de Henry James. Una creadora que se limita a gozar de sus más que merecidos laureles, marcando su propio tiempo (seis años en su muy sofisticado estudio de grabación doméstico con saltitos hacia Abbey Road por los que pasaron para rendir tributo y dar lo mejor de sí gente como Lol Creme de 10cc., Rolf Harris, el difunto Michael Kamen, Peter Erskine y miembros selectos de la London Metropolitan Orchestra) y haciendo, sencillamente, lo que se le canta.

DOS. Aerial –portada en la que se confunden y confunde algo que puede ser tanto un paisaje de rocas milenarias como el sonograma del canto de los mirlos– es un cd doble, casi 90 minutos de música fuera del tiempo y más allá de las modas, porque Kate Bush empieza y termina en sí misma. Y como Hounds of Love, está dividido en dos partes diferentes aunque complementarias: un grupo de canciones sueltas (bajo el título de “A Sea of Honey”) y una suite en varios movimientos (“A Sky of Honey”). Mar y cielo y, en la tierra, Kate Bush y su voz y su piano y esas extrañas texturas sónicas a las que sólo se acerca el también muy lento y hermano de sangre Peter Gabriel.

Las canciones autónomas son todas formidables y se encuentran entre lo mejor de Kate Bush y, claro, son canciones que sólo se le pueden ocurrir a ella. Estribillos hipnóticos, melodías deformes y, sí, temáticas a las que sólo se puede definir como bushianas. Así, ese inmediatamente pegadizo y deforme reggae gótico que es “King of the Mountain” –su nuevo “Running Up That Hill”– invoca los fantasmas de Elvis Presley y de Charles Foster Kane para tratar, apenas subliminalmente, mientras repite una y otra vez que “el viento silba a través de la casa”, el tema de la propia reclusión. “Pi” es una oda a la fascinación de los números con un coro en el que, sensual, recita: “3.1415926535...” y así hasta el infinito. “Bertie” es una balada isabelina dedicada a su hijo de siete años (una de las razones del largo paréntesis) que destila una pasión que, por momentos, incomoda y produce envidia. “Mrs. Bartolozzi” es, seguro, la primera y última canción de amor dedicada... a un lavarropas. “How to Be Invisible” es un manual de instrucción para conseguir exactamente eso. “Joanni” se ocupa de Juana de Arco. Y el primer cd cierra con “A Coral Room”, un emocionante y escalofriante réquiem para su madre.

“A Sky of Honey” –como lo fue “The Ninth Wave” en Hounds of Love– es algo extremo y una de las cimas del Canon Bush: un ciclo de nueve canciones entrelazadas para abarcar y celebrar todo un día –desde el amanecer hasta la caída de la noche, mientras un pintor intenta pintar un cuadro bajo un chaparrón– puntuadas por invocaciones druídicas, ráfagas de flamenco, voces de niños invisibles, canto de pájaros sampleados con su propia voz, solos de guitarra homenajeando a su mentor David Gilmour, pasajes de música disco-freak, recitado de poesía, brotes de jazz-rumba y acid-house y, en un momento inolvidable, Kate Bush riéndose como una loca.

La crítica especializada (portada y entrevista y dieciséis páginas de la última edición de la revista Mojo) y la crítica circunstancial (Kate Bush ha concedido tan solo una entrevista radial a la BBC) se ha mostrado uniformemente extática: “obra maestra”, “Kate Bush es la artista viva más grande de nuestro país”, “puro genio”, “inteligencia sin par”, “bienvenida” y “gracias” son frases recurrentes mientras que otros la comparan con Madonna –con la misma edad de Kate Bush y lanzando también nuevo disco– y dictaminan que “conocemos todo sobre Madonna y nada sobre Kate Bush salvo su música sin límites ni preocupaciones por el mercado y las tendencias; por eso Kate Bush es tanto más importante que Madonna”. Los sites y blogs y fanzines y cultistas –esos muchos que todos los 30 de julio, cumpleaños de Kate Bush coincidente con la fecha de nacimiento de Emily Brontë, festejan algo llamado Katemas– levitan extáticos mientras intercambian anécdotas recientes y leyendas urbanas y campestres como la de Kate Bush, en una reciente recepción en el palacio de Buckingham, pidiéndole un autógrafo a la Reina para su hijo Bertie.

Pero lo que verdaderamente importa es que la que siempre estuvo de vuelta ha vuelto con Aerial. Ahí está ella, en el video de “King of the Mountain”, bailando con un fantasmal y volador y migratorio traje de Elvis mientras arde el trineo del ciudadano Kane. Allí está ella, cantando al final de “A Sky of Honey”, que “siento que quiero subir al tejado... ¿Es posible que estemos aquí, puede ser que estemos en mi sueño?”.

De ser así, por favor, no la despierten nunca.

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