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Domingo, 26 de febrero de 2006

MúSICA > SIGUR ROS, DIRECTO DE ISLANDIA

La vida después de Björk

 Por Martín Pérez

Atrapado en un hotel de Indianápolis (“¡Una ciudad muy aburrida!”), en medio de una exitosa gira norteamericana, Georg Holm, el bajista de la banda islandesa Sigur Ros, asegura entre risas lo que sus compañeros y él suelen decir en cada entrevista: que su banda no tiene nada de especial. Tal vez sea verdad respecto de lo que tienen para decir sobre su trabajo, pero no se corresponde de ninguna manera con la música etérea e inclasificable de sus discos –sólo comparable, en cierta medida, con Cocteau Twins–, en que la vocecita de helio de su cantante acompaña melodías que se expanden hasta crear mundos inexistentes. Antes de la llamada de Radar desde la Argentina, donde acaba de editarse sorpresivamente Takk, el cuarto disco de su grupo (el primero en las bateas locales), Georg estaba atendiendo un llamado desde Japón, donde Sigur Ros debió agregar un show más –con entradas agotadas– al que tenían pautado para abril en Tokio. Con lo que tenemos a un japonés, un islandés y un argentino virtualmente casi en el mismo cuarto, y la enumeración, lejos de ser el prólogo a un chiste de nacionalidades, resulta otra prueba de que lo más interesante y vital dentro del universo de la música pop está cada vez más lejos del mundo angloparlante. Aunque aún tenga que ser reconocido allí primero para poder recorrer el mundo.

BUEN COMIENZO

Con cuatro álbumes de estudio, los Sigur Ros llevan tocando juntos más de una década. Aunque resulta difícil creerlo, cuando empezaron eran simplemente adolescentes fanáticos de la música heavy, que se podían pasar todo un día tocando sobre un par de acordes. “El primer disco que me compré fue el álbum negro de Metallica”, confiesa Georg, que precisa que el grupo se formó en 1994. Acababa de nacer la hermana de su cantante, Jon Tjor Birgisson, y adoptaron su nombre: Sigur Ros, que en islandés significa Rosa de la Victoria. “Nos pasábamos los siete días de la semana encerrados en la sala de ensayo, tocando juntos, sin hacer ningún show. Y eso nos alcanzaba para ser felices”, explica Georg. Para el mundo en general, Islandia es la cuna de los vikingos, el lugar donde Fischer dirimió su duelo con Spassky, e incluso la tierra más extraterrestre de la Tierra, el lugar donde los astronautas del Apollo 11 se entrenaron antes de ir a dar en la Luna ese paso pequeño para un hombre pero gigante para la humanidad. Pero, por suerte para Sigur Ros, cuando ellos aparecieron dentro del mundo del pop Islandia ya era la tierra de Björk. Y eso no es poca cosa. Con un primer disco editado en 1997, titulado Von (traducible como Esperanza), que sólo fue distribuido en Islandia y apenas vendió 300 copias, cuando dos años más tarde tuvieron listo el segundo, Agaetis biyrjun (Buen comienzo), no sabían muy bien qué sería de su carrera. “La verdad que como nos habíamos pasado del presupuesto grabándolo, en la compañía estaban mordiéndose las uñas”, reconoce el bajista. “Pero nosotros estábamos tranquilos, porque sabíamos que habíamos hecho un buen disco. Y pensábamos que tal vez fuera de Islandia hubiese gente que quisiese escucharlo. Lo que no nos imaginábamos era que iba a vender medio millón de copias en todo el mundo, como sucedió.” Para ser un disco con una suerte de ángel nonato en portada, y cuyo “hit” dura más de diez minutos –el hermosísimo y etéreo “Svefn-G-Englar”–, el éxito de Agaetis biyrjun hubiese sido una sorpresa para cualquiera. Y más cuando celebridades como Chris Martin (cantante de Coldplay) y Gwyneth Paltrow aseguran que su hija Apple vino al mundo escuchándolo, la actriz Gillian Anderson cuenta que es su disco preferido para meditar y Tommy Lee, el baterista de Mötley Crüe, se describió en su autobiografía escuchándolo en posición fetal. “Es un orgullo”, se ríe Georg cuando se le pregunta qué piensa de semejantes elogios. “Nosotros éramos felices sin salir de nuestra sala de ensayo. Así que todo esto viene de regalo.”

MUCHAS GRACIAS

Así es como se puede traducir el nombre del cuarto álbum de Sigur Ros, cuya edición local reproduce el cuidado arte de tapa original, un cartón en el que se puede ver el dibujo de un niño, rodeado de árboles. “Cuando nos dimos cuenta de que las canciones eran pequeñas historias, casi cuentos de hadas, nos pareció que el dibujo de un niño perdido en el bosque era el mejor resumen”, cuenta Georg. La pregunta de por qué no cantan en inglés suele ser recurrente en los reportajes hechos al grupo por la prensa anglosajona. Y la respuesta del grupo, que dice que sería una falta de respeto no cantar en su idioma natal, el islandés, es ejemplar. Pero es inevitable preguntar por el Hopelandic, ese otro idioma inventado en el que estaban cantados los temas del tercer álbum del grupo, titulado escuetamente (), al que Georg se refiere como el disco de los paréntesis. “Lo que sucedió es que cuando compusimos aquellos temas no les pusimos letras, pero donde deberían ir Jon balbuceó cosas sin sentido, sólo para indicar donde irían los versos”, cuenta el bajista. “Como tardamos tres años en grabar esos temas, terminaron quedando así. Además, porque la gente en nuestros shows cantaba esas letras... ¡que no significaban nada! Cada uno de ellos había creado su propio significado, y no quisimos arruinarles esa creación. ¡Así nació el Hopelandic!.”

El disco de los paréntesis fue tal vez el menos feliz de la carrera de Sigur Ros. Pero con Takk, han vuelto a ser felices... bueno, a su manera. “Escribimos y grabamos la música al mismo tiempo, en nuestro estudio. Y eso se nota en el resultado final. Como banda, no cambiamos mucho de un disco al otro. Lo que cambió fue lo que nos rodea”, explica Georg.

Los paisajes etéreos que evocan sus canciones, así como el fanatismo confeso de las estrellas de cine, han hecho que reciban muchos pedidos desde Hollywood para usar su música. Pero como suelen pedir ver la escena completa, no son muchos los pedidos a los que acceden. “Mucho mejor, así es más fácil decirles que no”, apunta el bajista, que no quiere contar cuál fue el pedido más ridículo que recibieron. “Pero sí puedo mencionar el mejor: el de la película The Life Aquatic, de Wes Anderson. Estoy feliz de que nuestra música haya estado ahí.” Y no le falta razón. Porque sus canciones son la mejor banda de sonido para la danza subacuática de aquellas maravillas animadas a-la- Harryhausen. Un homenaje casi secreto dentro de un mundo único. Como Islandia. Y la música de Sigur Ros.

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