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Domingo, 13 de agosto de 2006

MúSICA > TOM PETTY, OTRA VEZ IMPECABLE

Hombre cantando al Sudeste

Tiene treinta años de carrera, dieciséis nominaciones al Grammy, cuatro ganados, quince álbumes en el Top 100 de Billboard, una estatua en el Rock and Roll Hall of Fame, el respeto profundo de monstruos como Dylan y Johnny Cash, algunas joyas insuperables y ningún disco ni remotamente flojo. Sin embargo, Tom Petty no termina de ocupar el lugar que merece. El flamante Highway Companion es otra oportunidad para dárselo.

 Por Rodrigo Fresán

A principios de los años ‘60, un gran cantante y pésimo actor fue a Ocala, Florida, USA, a filmar otra mala película. La gente del lugar, curiosa, se acercaba todas las tardes al set a ver qué pasaba. Y no es que pasara gran cosa, pero un joven de diez años, nacido en 1952 en Gainesville, un pueblo cercano, fue y vio y ahí decidió lo que quería ser cuando fuera grande, lo que quería ser lo más rápidamente posible: eso.

La película se tituló Follow That Dream.

El cantante/actor se llamaba Elvis Presley.

El joven era y sigue siendo –primero, en los ratos libres que le dejaba su trabajo como sepulturero, con las domésticas The Sundowners, The Epics y Mudcrutch, luego con la planetaria The Heartbreakers– Tom Petty.

PERMITIDO ADELANTAR

Y con tres décadas sonando, Tom Petty –el más alien de todos los sureños– continúa siendo un enigma de difícil resolución porque carece de todo misterio. Hoy, ahora, Petty es uno de los grandes al que, todavía, se le resiste la etiqueta de los inmortales. La culpa la tiene, quizá, la rareza de su normalidad. Su eficacia y su confiabilidad. Su pacifismo de ET surfista y su belicosidad de terrateniente en llamas pero siempre caballeroso. Petty siempre ha vendido muy bien y ha producido grandes videoclips y casi ninguna complicación a sus patrones, salvo cuando se ganó para siempre el afecto de sus seguidores invocando el espíritu de Robin Hood y conseguir que su álbum Hard Promises (1981) –muy esperado sucesor del exitoso Damn the Torpedoes de 1979– le costara más barato al fan de lo que tenía calculado su compañía: un decisivo dólar menos, U$S 8,98 por entonces. Petty es alguien que jamás ha grabado un disco malo (puede argumentarse que el gruñón y amargado con los manejos de las discográficas y de las radios The Last DJ, del 2002, más parecido a uno de Roger Waters que a uno de Petty, es su único trabajo “no-bueno”). Petty es conductor confiable, artesano de singles perfectos –la penumbrosa “Saving Grace” de Highway Companion trepó al número 1 de ventas no bien arrancó– y viene respaldado por una banda implacable con estrella propia en el Hollywood Walk of Fame y ahí está la imprescindible y contundente box con seis compacts Playback (1995) para probarlo y comprobarlo. Tal vez, quién sabe, a Petty le ha perjudicado su look que remite tanto al mayordomo de The Rocky Horrot Picture Show como a un mafaldesco Felipito crecido con parte de sangre cherokee en sus venas y voltios de guitarra eléctrica en el corazón. Pero, digámoslo, Petty -surgido al amparo de discográficas norteamericanas a la búsqueda de artistas nacionales que pudiesen competir y ofrecer resistencia a aquella nueva invasión inglesa que fue la New Wave a fines de los ‘70– resulta hoy mucho más sólido que Neil Young o Bruce Springsteen y más cercano a los rumbos marcados por sus mayores. Y tal vez esa cercanía con los inmensos sea la que reste dimensiones a su grandeza. Tal vez el problema tenga que ver con que todos los caminos de Petty conducen a un lugar llamado

Dyland. Es decir, a las tierras y plantaciones y pantanos del amito mistah Bob.

PROXIMA SALIDA

Y el flamante Highway Companion –grabado en tándem con un nuevo trabajo junto a The Heartbreakers de próxima salida– lo pone más que en evidencia. Petty –quien alguna vez pudo ser bien considerado como el eslabón perdido entre Dylan y The Beatles (o The Byrds, su encarnación USA)– gira aquí en redondo y acepta su gran influencia sin problema ni vergüenza. Petty (quien trabajó con Dylan como su contramaestre en giras y conciertos así como en esa brillante boutade que fueron los Traveling Wilburys, donde escribió junto a su maestro aquel tan despiadado como emotivo pastiche springsteeniano que es “Tweeter and the Monkey Man”) consigue en su tercer bien acompañado álbum solista haber aprendido la lección y ser un alumno aventajado. Ahí están, por citar un par de ejemplos, “Down South” y “Ankle Deep”: canciones en las que demuestra haber asimilado a la perfección el léxico surreal-vernáculo y el estilo minimal-maximal con el que Dylan ha escrito Time Out of Mind, Love and Theft y el inminente Modern Times. Versos –oír, además, el fraseo con que los deja caer– como “Una vez más por el sur / Voy a vender las lápidas de la familia” o “Crearme a mí mismo en el sur / Impresionar a todas las mujeres / Simular que soy Samuel Clemens / Vestir lino a rayas” o “Ella no habló por una semana / Tan sólo murmuraba” o “Se necesitó todo el invierno para llegar hasta el verano”. En un libro de conversaciones con Paul Zollo, el mismo Petty reconocía la placentera dificultad de separarse de Dylan: “Yo me la paso intentando no ser influenciado por Bob porque he sido tan influenciado por él... Y cuando lo conoces y tienes la oportunidad de trabajar a su lado... Es increíble: tú le tiras un verso y él te lo elogia mucho, pero ahí mismo le hace un pequeño retoque y lo convierte en algo sublime”. Oír también la beatlesca línea de guitarra circular à la Harrison en “Flirting with Time” o en “The Golden Rose”.

Y, de acuerdo, no hay en Highway Companion nada tan generacionalmente épico como “Free Fallin’” o “I Won’t Back Down” (de Full Moon Fever, 1989) o algo tan majestuoso y atemporal como “Wake Up Time” (de Wildflowers, 1994). Pero Highway Companion resulta más compacto que sus dos entregas solistas anteriores. Y sus canciones viajando alrededor del tantas veces transitado concepto del camino como metáfora de la vida como viaje –aquí, en doce tracks, hay autos y caballos y helicópteros y trenes y barcos y, en la tapa, un cohete– acaban conformando una especie de álbum conceptual abierto y producido por un Jeff Lynne afortunadamente más cercano a un Rick Rubin. Es decir: aquí no hay coros galácticos marca ELO. Tampoco hay –a diferencia de lo que Lynne produjo en el ya mencionado Full Moon Fever o en Into the Great Wide Open (1991)– mucho para hacer chasquear los dedos o mover la patita o pelar la garganta. Las canciones de Highway Companion están más cerca de la butaca de automóvil o de la mecedora de porche y del bourbon que del martini. Canciones sureñas que se mueven poco pero con los movimientos exactos. Canciones que no aceleran a fondo sino a profundo, volviendo a casa después de haber estado por todas partes sin encontrar otra casa. Canciones con el tanque lleno y más preocupadas por el camino recorrido que por el destino final. O canciones sobre la novedad de envejecer. Canciones “sobre el tiempo y lo que el tiempo te hace”. Canciones más interesadas en la carrocería que en el carro. Canciones que no siguen un sueño sino que lo miran pasar por el sendero y lo saludan con la manito. O le muestran el dedo del medio.

Petty resulta hoy mucho más sólido que Neil Young o Bruce Springsteen y más cercano a los rumbos marcados por sus mayores. Y tal vez esa cercanía con los inmensos sea la que reste dimensiones a su grandeza. Tal vez el problema sea que todos los caminos de Petty conducen a un lugar llamado Dyland.

VELOCIDAD MAXIMA

No es casual que la edición de Highway Companion coincida con el anuncio de Petty en cuanto a su retiro del circuito de las giras terminado el presente tour y del “componer canciones en plan himno; me cansé de hacerlo. Ahora me preocupa más la poética del verso justo que la eficacia del estribillo”. Tampoco le preocupa que la reciente “Dani California” de los Red Hot Chilli Peppers sea casi un calco –recordar aquel video con Kim Basinger en el que Petty homenajeaba sus inicios comomanejador de cadáveres– de “Mary Jane’s Last Dance”: “Mi jardinero está indignado pero a mí no me molesta. Dios los bendiga”.

No es casual, tampoco, que Highway Companion remita al Echo de 1999: ese disco claroscuro y divorcista, su propio Blood on the Tracks, donde Petty aparecía como un sobreviviente de accidente automovilístico y sentimental, acompañado por los suyos pero solo y tirado al costado del camino. Y –en “Room at the Top”, “la canción más deprimente que jamás he escrito, una canción que es música de fondo para suicidarse y que nunca toco en vivo”– soñando con “una habitación en lo alto del mundo” y advirtiendo que “no voy a bajar de allí” a menos que sea tirándose o –como ocurrió en un episodio del 2002- Homero Simpson le pida ayuda para componer una canción. Entonces, Petty descendió y ayudó y después se fue caminando y no sobre ruedas. Porque Petty ha dejado de conducir autos desde que tuvo un accidente cuando, al volante, creyó ver tres ovnis que resultaron ser globos con cámaras lanzados por paparazzi para fotografiar la boda de Adam Sandler, se distrajo, y casi mata a dos personas. Mejor así. A pie entonces. Caminando hacia el horizonte, junto a sus dieciséis nominaciones al Grammy, cuatro ganados, quince álbumes en el Top 100 de Billboard, muesca en la culata del Rock and Roll Hall of Fame, querido por todos, odiado por ninguno y, al mismo tiempo, considerado como tipo normal y dado por hecho y con tan poco ego que recién no hace mucho se permitió apenas insinuar alguna queja en cuanto no al mucho amor de los fans pero sí a la poca importancia conferida por parte de los historiadores a su banda que -nada es casual– fue la que apoyó a Johnny Cash en buena parte de sus American Recordings donde el Hombre de Negro grabó “I Won’t Back Down” y “Southern Accents”. Jefe y banda –con la guitarra de Mike Campbell y los teclados de Benmont Tench como columnas sosteniendo la galería– responsable de discos magistrales como Southern Accents de 1985 o Let Me Up (I’ve Had Enough) de 1987 o She’s The One de 1996. Discos, en su constancia, paradójicamente “normales” para muchos.

Ni siquiera su maestro supo muy bien qué decir o precisar a la hora de elogiarlo: “Siento un gran respeto por Tom. Es un tipo de lo más profundo y con mucha alma. Tom es un personaje heroico, pero a su manera”, explicó el autor de “Blowin’ in the Wind” y “Like a Rolling Stone”.

Digámoslo así: si los rockers fueran action movie heroes, Elvis Presley sería el polimorfo y perverso Marlon Brando, Johnny Cash sería el siniestro y predicante Robert Mitchum, Bruce Springsteen sería el anabólico y neumático Sylvester Stallone, Neil Young sería el impredecible y muy inestable Bruce Willis.

Y, todo parece indicarlo, Tom Petty sería el nada complicado y siempre confiable pero un punto inescrutable y dark Viggo Mortensen.

Bob Dylan es Humphrey Bogart.

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