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Domingo, 13 de agosto de 2006

HISTORIETA > LAS MUJERES DE CORTO MALTéS

Deliciosas criaturas perfumadas

Lujoso y erudito comentario al margen de las aventuras originales, el flamante volumen Las mujeres de Corto Maltés, escrito por Michel Pierre con ilustraciones de Hugo Pratt, es un regalo para los adictos al personaje. Una galería de veintidós damas inolvidables que pasaron más o menos cerca de uno de los últimos grandes aventureros románticos, en un álbum bello y desordenado como la vida de su autor.

 Por Juan Sasturain

Pocos personajes deben haber tenido una entrada en escena menos prometedora y auspiciosa que Corto Maltés. El autor lo dibujó, a las pocas páginas de comenzada La Balada del Mar Salado, amarrado de brazos y piernas, crucificado de espaldas en la balsa en que lo había abandonado, en medio del océano, su tripulación amotinada. De ahí lo izaba a un hermoso velero polinesio su alter ego, ese flaco perverso, el desaforado Rasputín, compañero de tantas aventuras anteriores y futuras. Así, el Corto se sumaba como personaje en principio secundario a una historia coral que, en los confines de los Mares del Sud —un ámbito infinito que permitía encuentros y desencuentros de comedia de enredos— entreveraba piratas trasnochados, marinos alemanes y británicos, una parejita de primos adolescentes, temibles kanakas y maoríes taciturnos. La historia, ambientada en el comienzo de la Gran Guerra y contada por el mismísimo Pacífico de equívoco nombre, derivaría libre e imprevisible como sus personajes. Era el año 1967, la revista se llamaba Sargento Kirk –era nueva, aparecía en Génova, editada por Ivaldi– y el autor tanto del argumento como de los dibujos, que cumplía por entonces cuarenta años, era un veneciano, más precisamente de Rimini, que se llamaba Hugo Pratt y no era muy famoso aún. Pero lo sería.

El “problema” de Pratt es que había estado mucho tiempo fuera de Italia: gran parte de su extraordinaria obra era desconocida en Europa. Con algo más de veinte años, a fines de la década del cuarenta, había desembarcado en la Argentina a hacerse la América dibujando. Y se la había hecho: Sargento Kirk, Ticonderoga Flint y Ernie Pike –personajes desarrollados acá con Oesterheld en los años cincuenta– revelaban con elocuencia que había alcanzado, como dibujante y narrador gráfico, una madurez increíble. Al regresar definitivamente a su patria hacia 1964, tardó en hacer pie. Los primeros trabajos para Corriere dei Piccoli son meramente alimentarios. Hasta que la oportunidad de tener una revista prácticamente “para él”, en la que republicó todo el material hecho en la Argentina, lo soltó creativamente. La Balada del Mar Salado le insumió dos años. Cuando la terminó, había hallado un tono absolutamente propio y tenía su personaje acabado, suyo, inconfundible: durante los próximos veinte años, Corto Maltés protagonizaría la más hermosa e inteligente saga aventurera de la historieta contemporánea.

Las peripecias del marino nacido –según leyenda– en La Valeta en 1887 y desaparecido pero no muerto, “esfumado” en la Guerra Civil Española –como Bierce en la Revolución Mexicana–, tras alistarse en las Brigadas Internacionales en 1936, se desarrollan a lo largo del primer tercio del siglo XX y recorren, por tierra y por mar, todos los domicilios míticos de la aventura, entreverando historia y ficción, política y mitología. Y en ese contexto se le (nos) cruzan las minas. En este libro, hay un registro de veintidós, casi todas las importantes, varias de ellas recurrentes. Desde la inolvidable inglesita Pandora Groovesnore –casi una niña en La Balada, que le moverá la estantería sentimental al Maltés años después en Las Célticas– hasta las chicas de armas llevar: esa irlandesa militante, viuda reciente, Banshee O’Danann, la de Concierto en do menor para arpa y nitroglicerina y la despedida con gaviotas; o la precoz revolucionaria Sanghai Lil miembro de las Linternas Rojas en Corto Maltés en Siberia. Están las perversas asesinas que no han vacilado en dispararle más de una vez, como la angulosa Venexiana Stevenson, o aristócratas despiadadas, como la princesa rusa Marina Seminova; no faltan las mulatas tropicales y misteriosas como Esmeralda o Boca Dorada o Morgana Dias dos Santos ni las casi etéreas deidades célticas: Mélodie Gael, la mismísima Morgana. Louise Brookszowyc se le aparecerá tanto en la fantástica Venecia como en la prostibularia Buenos Aires de los años veinte, la princesa abisinia Fala Mariam será un recuerdo imborrable del Cuerno de Africa.

Para Corto Maltés, como para Pratt –qué duda cabe– las mujeres son la otra aventura. Aunque, parafraseando lo que decía Bioy, la primera no se sabe si son los libros o la vida misma.

Las mujeres de Corto Maltés se consigue en Camelot, Av. Corrientes 1388.

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Melodie Gael
 
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