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Domingo, 3 de septiembre de 2006

PERSONAJES > PATRICIA MELO, EL BEST SELLER OCULTO

El septimo circulo

Aunque es una verdadera celebridad en su país, la escritora brasileña Patricia Melo no está editada en la Argentina. Pero durante su paso por el II Encuentro de Pensamiento Urbano en Buenos Aires habló de su obra y ofreció un esclarecedor –y escalofriante– mapa sociológico del crimen en Brasil que sus novelas retratan con todo el poder de la literatura y la inmediatez del testimonio periodístico.

 Por María Moreno

Patricia Melo dice que se viste de negro porque le queda bien, pero después de leer alguna de sus brillantes novelas como Matador (1995), Elogio de la mentira (1998), Infierno (2000) o Mundo perdido (2006), se podría confundir un gesto de coquetería ascética con un ritual de duelo que no cesa, debido a la cantidad de personajes que ella mata casi en efecto dominó. Esta joven carioca, célebre en su país, considerada por Times entre los “50 líderes latinoamericanos para el nuevo milenio” que recibió el Prix Deux Océans en Francia y el Deutscher Krimi Preis en Alemania, es aquí una desconocida. Hace unos días vino a participar del II Encuentro de Pensamiento Urbano que se organizó en el Teatro San Martín. No fue posible entrevistarla, pero este texto es un montaje entre su conferencia y un breve intercambio de e-mails que sirve para introducir una obra que debería ser un cebo para los editores locales y cuya violencia ha hecho que Melo haya sido alguna vez importunada con el sanbenito de “autora policial”.

Sin embargo, casi podría decirse que su obra es lo contrario a un policial –no hay enigma, al criminal se lo conoce de antemano, la corrupción política impide la investigación, no hay detective o a lo sumo éste es un partiquino cazador de adúlteros e inquisidor de horarios escolares– y hasta permite el chiste de que, en todo caso, son policiales sin policía. Los personajes de Patricia Melo son esos jóvenes delincuentes de la periferia de San Pablo y Río de Janeiro, puro destino compulsivo hecho carne en un arma que se empuña primero debido a un débil impulso de someterse a una ley fuera de la ley jurídica, luego por la inercia propia de un hombre que se disgracia como un gaucho o un cangaceiro, luego por el odio a los patrones del crimen que lo botan como un envase no retornable por la propia seguridad.

La crónica puede hacer “otro tipo de justicia”, más allá de la jurídica. Quizá la palabra “justicia” no sea la precisa. Pero me parece que en tus libros tenés una valoración diferente de los grandes empresarios del crimen y su racionalidad respecto de personajes “menores” del delito, o “perdedores”. A veces les permitís a algunos “malos” monólogos muy lúcidos sobre la guerra o los medios, incluso momentos de grandeza. Los cronistas populares –me refiero a los de la prensa literaria– suelen estar siempre del lado del “pueblo”, aunque delinca.

–Creo que cuando nos atribuimos una misión en nuestras ficciones, ya sea de justicia, de enjuiciamiento o simplemente de denuncia, terminamos con la idea de arte. El arte es arte. No debe ser confundido con el periodismo. No tenemos poder para hacer justicia, aun si le damos una connotación metafísica. Quienes hacen justicia son los hombres a través de los instrumentos creados para eso. Pero es verdad que nosotros los escritores somos observadores de esa realidad que nos circunda, realidad la mayoría de las veces injusta, e intentamos comprenderla, pero nuestra acción se agota en eso.

Sin embargo, como los autores de no ficción, hacés algún tipo de investigación.

–En 1993 cuando comencé a escribir Matador, que cuenta la saga de un asesino profesional en la periferia de San Pablo, conseguí, con el tribunal competente, autorización para conversar con un matador a sueldo. Estaba aguardando sentencia en San Bernardo de Campa, una ciudad que es parte del cinturón industrial de San Pablo y que presentaba el mayor índice de crímenes de exterminio, aquellos que eran cometidos por los llamados “justicieros”. Sería impreciso, por una cuestión de rigor, usar el término “pesquisa” para referirme al trabajo de preparación de este libro. Mi interés nunca fue periodístico. Matador, aunque refleje una situación social, económica y cultural, no es un reportaje sobre la violencia en mi país. De cualquier forma, yo sentía la necesidad de observar aquel mundo, de entender aquella realidad y comprender qué es lo que ella estaba haciendo sobre nosotros. En mi cuarta novela, Infierno, volví a abordar la cuestión de la violencia, ahora en otro escenario, Río de Janeiro, postal del país. La preparación para este libro fue bastante distinta de la que realicé para Matador. No subí una sola vez al morro, ni hablé con los traficantes. No fue necesario. Las favelas cariocas estás clavadas en el medio de la ciudad. Como dice el periodista Zuenin Ventura, “nuestros bárbaros ya están dentro de las murallas y sus tropas tienen las mejores posiciones de tiro”. Todo el mundo sabe quiénes son esos líderes. Durante los períodos en que la policía es más represora y el tráfico tiene que levantar dinero rápido para la compra de droga que va a vender a los consumidores, hay asaltos a bancos y recepción de cargas robadas. Ellos están casi siempre envueltos en prácticamente todo. Y siempre de manera caótica, desorganizada. Los noticieros acompañan la saga de cada traficante, las luchas entre los morros, la guerra por el poder. Todo lo que tuve que hacer fue mantener los ojos bien abiertos.

No encontraste ningún modelo a la Robin Hood.

–Se trataba de un bando de hombres, la mayoría jóvenes, aprendiendo la crueldad, armados hasta los dientes, en una lucha desigual con nuestra precaria policía. Las personas que entraban de jóvenes al tráfico ganaban menos dinero del que imaginaban los que creían la historia de Robin Hood, y duraban poco. Era el juego de ser famosos, lanzar improperios a través de la prensa, desafiar a las autoridades, ser un preso de privilegio, administrar el negocio de la droga desde adentro del presidio, huir hollywoodeanamente, y ser asesinado por un enemigo o por la propia policía. De la misma forma que el justiciero paulista es el rey de la periferia, el traficante es el dueño del morro. Si decide que su casa es el punto estratégico para la logística del tráfico, ésta se convierte en trinchera. Quien esté en desacuerdo, puede guardar silencio. Si se le pide, él compra medicamentos. Claro que eso tiene un precio. Quien pide favores, hace un pacto con el tráfico. Traicionar ese pacto significa morir. La generosidad del traficante de drogas es un negocio. Vos sos el bueno con alguien y a cambio entrás en avenencia con sus actos criminales. Eso no es ser Robin Hood. No hay ninguna generosidad de los criminales. Son seres que quieren comprar el silencio de la comunidad.

¿El odio es purificador?

–No creo. Creo que nuestra única posibilidad de existir en el mundo es a través del diálogo y del entendimiento. Y el odio aniquila esa posibilidad. También puede hacerlo el amor. Odiar, contrariamente a lo que imaginamos, no es tan diferente de amar. Tiene su aspecto lúdico también, la ligazón obsesiva con un objeto que nos ocupa la mente día y noche. En ese sentido es una droga que envicia, que envenena toda construcción de algo.

CIFRAS

Aun las palabras que describen la violencia en morbosas precisiones forenses no tienen en la ficción el poder de la violencia en imágenes. Se sabe que Patricia Melo, amén de narradora, es guionista y autora teatral. Por eso se dice que sus novelas han sido pensadas como para pasar al cine. Sin embargo, son máquinas eminentemente verbales, de recursos adelgazados, hasta telegramáticos en la escena del crimen; inventan una voz forajida -la del personaje delincuente– que habla con una suerte de rapeo heterogéneo que incluye las onomatopeyas de historieta, la asintaxis en remedos del lenguaje televisivo y de las consignas publicitarias y hasta gags. La ciudad de Melo es como una gigantografía punteada por figuras de tiza que señalan la posición y el lugar de los asesinados como en las puestas en escena de una reconstrucción policial y donde las casas, bares y salones de baile son aguantaderos de paso y en los que prácticamente no se describen bienes que no sean los elementales, son buracos contrariamente a las ciudadelas amuralladas por dispositivos de seguridad de los patrones del crimen en donde los ojos deseosos de un matador como Máiquel, por ejemplo, registrarán las alfombras color crema, las toallas americanas y la salsa de abacaxí, módicos fetiches de un dominio al que sólo accederá a través de sus limosnas antes de que el reflejo de matar se detenga por el madrugo de otro hombre infame. A pesar de insistir en alejarse de la figura del periodista investigador, durante su conferencia en el Congreso de Pensamiento Urbano, Patricia Melo hizo una suerte de informe preciso del Brasil sin ficciones: “El salario de un matador varía de acuerdo con su producción. En Tabao de Serra, al extremo sur de San Pablo, había una tabla de precios. Matar a un niño, por ejemplo, era tres veces más barato que matar a un ladrón adulto. A un violador, diez veces más que a un trombadinha. En una época, el gobierno había abierto una comisión parlamentaria para investigar crímenes de exterminio, no solamente relacionados con la violencia urbana. Los relatos de las audiencias de las comisiones parlamentarias desnudaban el perfil del matador profesional: un hombre de las áreas rurales del país, que se muda a la periferia de la gran ciudad con su familia, en busca de empleo. Allí él, o algún pariente suyo, sufre algún tipo de violencia. La manera de resolverlo es radical: se mata al infractor. Generalmente, ese infractor es una piedra en el zapato de la comunidad, alguien incómodo. Su eliminación es bien recibida, y el asesino recibe apoyo y respeto de los lugareños. Para alguien que no tiene las habilidades básicas exigidas por el mundo del trabajo contemporáneo, la invitación al crimen tiene un poder de atracción casi tan irresistible como el canto de una sirena. Claro que es insostenible la tesis de que los excluidos de la sociedad deben sacar ventaja de sus habilidades elementales de robar y matar. Pero sucede. Los outsiders, vamos a llamarlos así, a falta de un término mejor, también quieren alguna forma de poder, y ese poder es el crimen. Esa violencia de justiciero es un hecho moderno, porque lo que lo sustenta es el carácter reivindicador que la población le atribuye. En el primer semestre de este año, en la misma semana en que Máiquel, mi asesino profesional, llegaba a las librerías, San Pablo vivía un estallido de terror. Durante casi cien horas, 73 presidiarios paulistas se revelaron tomando la ciudad, y pasamos a vivir, una guerra posmoderna, económica. El hombre que comandó esa rebelión podría ser uno de mis personajes de Infierno o Matador. Con una importante diferencia: él está alfabetizado, articulado y tiene grandes proyectos. Maneja su negocio como un ejecutivo. Un sábado promedio vende 40 kilos de cocaína, sacando una media de 400 mil dólares por mes.

LOS HOMBRES INFAMES

Podemos leer en Rizinho, el escolhar de traficante de drogas de Infierno, o en Máiquel, el desclasado fantasioso de Matador, parientes literarios del Perry Smith de Truman Capote en cuanto a que los pormenores exhaustivos de una vida de mierda, que funcionan como atenuantes ficticios y en un terreno ajeno a lo judicial, al despertar la simpatía incómoda y hasta la piedad del lector, ponen en suspenso el saber de que han perpetrado crímenes horribles.

Pero Patricia Melo se cuida bien de usar esos atenuantes en el sentido con que los usa la psicología en las ficciones reales del campo judicial que los buscan en una infancia tramada por el abuso y el abandono. Aunque sus novelas son ambiguas y Melo nunca perpetúa el castigo ejemplar con que la literatura que hace de los transgresores héroes destinados a ingresar al Parnaso mitológico de los lectores, termina por imponer el peso de la ley, tampoco victimiza a los victimarios. No los explica, lo que podría confundirse con una defensa, los muestra fuera de los estereotipos de la narrativa jurídica y de la prensa.

¿Cómo organizaste las entrevistas con estos procesados que inspiraron tus personajes?

–Soy curiosa y una lectora voraz. Me gusta estudiar. Y cuando quiero aprender algo específico, escribo un libro sobre el asunto. El hombre que estaba aguardando su juicio en San Bernardo de Campa me recibió en la celda de tres metros cuadrados, con la fragilidad de un animal inerte, acorralado en un hueco sin salida, era casado, padre de familia, con hijos. Comenzó su vida de “justiciero” trabajando para pequeños comerciantes y empresarios de la periferia que, cansados de los asaltos de rutina, contrataban sus servicios para eliminar a los ladrones. Defendía la pena de muerte y se sentía como un brazo de la policía. Explicaba que sólo mataba al bandido, jamás a la mujer o al hijo. No comprendía la situación en la que se encontraba: no sabía por qué estaba allí. Se sentía injustificado para la sociedad que protegía. Su historia me fue repetida infinitas veces después, como un estribillo, con pequeñas variaciones sobre el mismo tema, un paradigma modelo de todos los otros matadores que servían de base para mi personaje. Su primer crimen tuvo una “causa noble”: fue el ángel vengador de una chica violada. Después de un tiempo, percibí que ésa era la ficción necesaria para humanizar el horror de la profesión. Ninguno de los matadores que conocí correspondía a la imagen clásica que se tiene del verdugo truculento. Todos eran físicamente débiles, pequeños. Recuerdo que cuando asistí al juicio de uno de los más violentos matadores de San Pablo, quedé shockeada cuando entró a la corte. Parecía un niño de doce años. Cuando tuve la certeza de que no había entrado en el lugar equivocado, le pregunté a un periodista que tenía al lado: “¿Ese es el hombre acusado por la muerte de decenas de personas?”. Esperaba alguien fuerte, temible, que asuste. El que estaba delante nuestro, en cambio, no parecía un hombre. “Es por eso que necesita un arma”, me dijo el reportero.

¿Con alguno de ellos estableciste un vínculo personal?

–Una vez un amigo, sin consultarlo conmigo, me concertó un encuentro con uno de los más grandes traficantes. Yo no asistí. Mi amigo quedó decepcionado y pensó que yo tenía miedo. Pero no fue por miedo que no quise ir. Fue una cuestión ética. No hago vínculos con marginales. Ese tipo de gente no me interesa. Me interesa la naturaleza humana, la situación que esos hombres viven, pero para entenderlos no es preciso hacer amistad con criminales. En general, no me involucro personalmente. Pero me involucré una vez. Cuando estaba escribiendo mi novela Valsa negra, mi editor me sugirió que conversara con el maestro John Neschling para chequear algunas informaciones musicales. Y me casé con él.

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“Ninguno de los matadores que conocí correspondía a la imagen que se tiene del verdugo truculento. Todos eran físicamente débiles, pequeños. Cuando asistí al juicio de uno de los más violentos matadores de San Pablo quedé shockeada cuando entró a la corte. Parecía un niño de doce años.”
 
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