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Domingo, 3 de septiembre de 2006

MúSICA > LOS PIRATAS DE HAL WILLNER (Y JOHNNY DEPP)

Canciones para abordar

Aprovechando el insospechado éxito de Piratas del Caribe (que va por la segunda parte y ya cuenta los doblones que le redituará la tercera), Johnny Depp convocó a uno de los productores musicales más exitosos y respetados del mundo para grabar con una banda de artistas de primera —de Nick Cave y Bryan Ferry a Lou Reed y Bono— una verdadera perla negra: 43 auténticas canciones de piratas. Por supuesto, la Disney, detrás de la película, se abrió del disco: demasiada sangre, lágrimas y semen.

 Por Rodrigo Fresán

Johnny Depp lo viene diciendo desde hace rato y no se cansa de repetirlo: la inspiración para su Jack Sparrow en particular sale directamente de Keith Richards, y los piratas en general siempre le parecieron “los rockers de entonces”. Ya se sabe: tipos sin ataduras, vendiéndose al mejor postor, con ganas de pasarla bien, tan alegres como violentos y con una mujer en cada puerto. Y acaso lo más importante de todo: los piratas probablemente hayan sido el gremio más musical dentro del género aventurero. Los piratas se la pasaban cantando. De ahí que Depp –músico de alma, recordar el álbum de su banda P– tuviera una idea y se la comentara a Gore Verbinski –director de las hasta ahora dos pero próximamente tres Piratas del Caribe– y que, entonces, después, al mismo tiempo, los dos alzaran sus copas y exclamaran: “¡Hal Willner!”.

EL CREADOR DE TESOROS

Hal Willner (Philadelphia, 1957) no busca tesoros. Hal Willner prefiere crearlos, dibujar su propio mapa y así y por eso es que hoy está considerado uno de los mejores productos musicales a la vez que –en la Wikipedia, Willner aparece como “inventor del álbum-tributo moderno”– factotum de varios de las antologías sónicas más inspiradas y brillantes de los últimos tiempos. La receta parece sencilla pero la clave está en la combinación de ingredientes. Y en esto Willner es un maestro. Ahí están las bizarras pero enseguida inevitables y perfectas combinaciones de intérpretes a la hora de ensamblar sentidas ofrendas a la música de films de Fellini (Amarcord Nino Rota, 1981), de Charles Mingus (Weird Nightmare, 1992), de los estudios Disney (Stay Awake, 1988), de Thelonius Monk (That’s the Way I Feel Now, 1984), a las canciones de Brecht & Weill (Lost in the Stars, 1985) y a las de Harold Arlen (Stormy Weather, 2005). Y ahí están también sus grabaciones de relatos de Edgar Allan Poe (por gente como Christopher Walken o Iggy Pop), de textos de William Burroughs y Allen Ginsberg (en sus propias voces), la recopilación de monólogos de Lenny Bruce, la producción musical del TV show Saturday Night Live, su trabajo tras las consolas en discos de Marianne Faithfull, Lou Reed, Bill Frisell, y su mano selectiva en los soundtracks de films como Short Cuts y The Million Dollar Hotel así como en el reciente documental/celebración Leonard Cohen: I’m Your Man y el inminente DVD en el que revisita los highlights de la célebre e influyente Anthology of American Folk Music de Harry Smith.

Por todo esto y muchos más doblones de oro, estaba claro que Willner era el capitán ideal para llevar adelante semejante galeón.

LEVEN ANCLAS

Y varios abordajes más tarde —y luego de que Willner rescatara del fondo del mar seiscientas canciones y escogiera las más valiosas y se las enviara a los artistas que consideraba ideales para cada una de ellas, aquí está, por fin, en la playa, en el catálogo del sello de moda ANTI, este formidable Rogue’s Gallery: Pirate Ballads, Sea Songs & Chanteys. Dos compact-discs –“Marooned”, célebre cuadro de Howard Pyle en su portada– reuniendo 43 canciones y cánticos salados paseándose por el tablón en las voces lujosas y lujuriosas de corsarios como Nick Cave, Bryan Ferry, Gavin Friday, Lou Reed, Richard y Teddy Thompson, la familia Wainwright en pleno (Loudon y Rufus y Martha y Kate McGarrigle), Bono, Lucinda Williams, Ed Harcourt, Stan Ridgway, Jarvis Cocker de Pulp, Bob Neuwirth (el legendario compadre de Dylan), Sting, Andrea Corr de The Corrs, Joseph Arthur, Van Dyke Parks y muchos más hasta incluir las sorpresas del dibujante-gonzo Ralph Steadman o del actor John C. Reilly. Y los bucaneros de-luxe no se quedan en las voces, porque explorando los créditos de músicos y vocalistas de coro nos encontramos con marineros de primera como Robyn Hitchcock y Richard Hawley y Bill Frisell y Jim White, la muy de moda Joan As Policewoman, Warren Ellis de los Dirty Three y David Thomas de Pere Ubu. Y así, lo que en principio podría entenderse como un muy buen chiste o un artefacto curioso se convierte –viento en popa a toda vela– en uno de los álbumes imprescindibles del 2006. Venerables estrofas sobre piratas valientes y marineros cobardes como “Fire Down Bellow” o “A Dying Sailor to His Shipmates” o “Coast of High Barbary” o “What Do We Do with a Drunken Sailor” o “Hanging Johnny” o “A Drop of Nelson’s Blood” son capturadas con instrumentaciones que van de lo clásico a lo trash (Willner dixit: “Esta es la verdadera música punk”) pasando por lo folk y la balada más encendida. Willner trabajó a partir de marzo de este año y hasta finales de mayo con ritmo frenético y sin marearse ni caer por la borda –en proa y popa y mástiles de estudios de Londres, Dublín, New York, Los Angeles y Seattle– llegando a registrar ocho canciones en un día y todos se la pasaron genial. “Cuando me hicieron este encargo, me sumergí en un mundo que yo no conocía en absoluto. Pero enseguida me atrajo la idea de reinterpretaciones modernas de viejos sea chanteys. Busqué en viejas tiendas de discos y partituras y en Internet y en los formidables archivos del musicólogo Alan Lomas, donde cantan auténticos lobos de mar. En ocasiones encontré sólo la letra e inventamos la melodía con la ayuda de folkloristas y de los mismos intérpretes. Y después me puse a reunir a mi tripulación... y tengo que decirlo, lo digo con orgullo: son pocos los que me dicen no y, por lo general, conseguimos a quien queremos. La gente entraba al estudio y salía un rato más tarde, varios de los artistas fueron convocados apenas una hora antes de interpretar lo suyo, y todo adquirió la aceleración loca y romántica de un cuento de piratas. Las grabaciones son, por lo tanto, vibrantes, inspiradas, en ocasiones toscas e imperfectas del modo en que sólo resulta ser lo verdaderamente perfecto. No recuerdo ningún proyecto en el que me haya divertido más. La pasé tan bien que lo que en principio iba a ser nada más que baladas piratas se ampliaron hasta incluir lamentos marineros y odas al mar. Así, grabamos de más y quedaron afuera 17 tracks que no sería raro que aumentaran de número y que aparecerán el año que viene cuando se estrene la tercera parte de Piratas del Caribe”.

Aunque productora de las merecidamente muy exitosas aventuras de Jack Sparrow, la Disney, claro, prefirió pasar del proyecto porque las canciones aquí reunidas no sólo se refieren al agua navegada sino que incluyen abundantes dosis de sangre derramada y de semen vertido y de obscenidades proferidas (que ruborizarían al rap-artist más curtido) y, sobre todo, de ron escanciado.

Mejor así.

Nada tienen que hacer aquí los seguidores de esa prolija y disciplinada Rata Mickey del almirantazgo, aunque –en alguna parte, desde las tripas de un cocodrilo– el Capitán Garfio, por fin, revindicado, ríe último y ríe mejor.

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