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Domingo, 24 de diciembre de 2006

CINE > LOS PINGüINOS ANIMADOS, UN HALLAZGO

Las aventuras del Emperador

Con meses en los avances del cine, una insufrible buena onda, una campaña de marketing todavía peor, y su lamentable doblaje, Happy Feet, la película de los pingüinos emperadores que cantan y bailan, se perfilaba como un bochorno insoportable. Pero ¡sorpresa!: la película es buenísima, sensible, inteligente y además consigue, con recursos auténticos de la ficción, un retrato conmovedor de la catástrofe que se cierne sobre la Antártida y sus habitantes emplumados.

 Por Mariano Kairuz

El problema casi siempre son las operaciones de marketing. Las enormes, costosísimas y a menudo perfectamente ingeniosas operaciones de marketing de los grandes estudios. Pero debería haber sido al revés: normalmente la decepción se debe a que los avances y trailers de una película virtuosamente montados tienen la capacidad de exprimir lo poco que la película tendrá para ofrecer cuando se estrene. Como esas comedias de una hora y media cuyos únicos tres chistes buenos uno ya había visto en los avances, durante semanas. El caso de Happy Feet, el pingüino es el contrario. Nos vendieron durante más de medio año, machacando hasta lo insoportable, el trailer de cientos de plumíferos bailando sus coreografías digitalmente exactas; un afiche que interpelaba “¿Cuál es tu canción del corazón?” y –durante unas cuantas semanas al menos– nos rostizaron los cerebros con uno de esos avisos para apagar los celulares justo antes del comienzo de cada función. Un corto de algo más de un minuto en el que la pingüina estrella de la película entona “Somebody to Love”, de Freddie Mercury. Uno sólo podía querer que Happy Feet se estrenara de una vez por todas para no tener que ver más ese trailer y el aviso de los celulares. Todo prometía ser horrible, extremadamente infantil y empalagoso. Incluso, anti-ecologista: no queríamos ver un pingüino más en el cine por una década.

Finalmente, Happy Feet se estrenó unas dos semanas atrás y resultó que habíamos sido engañados. Al principio es lo que los trailers y los afiches amenazaban: la historia de un pingüinito algo malformado que no puede encontrar su canción de apareamiento, pero que en cambio es un bailarín nato. Una habilidad que no es socialmente muy valorada en la sociedad pingüina. Esa premisa avanza durante un buen rato entre un soundtrack desparejo que incluye algún momento gozosamente veraniego con los Beach Boys, pero encaminada hacia una resolución anunciadísima. Hasta que, de golpe, pega un brusco viraje y todo se transforma, casi sin solución de continuidad, en otra cosa. El océano Antártico empieza a aparecer poblado de basura, restos de envases y otras mugres humanas. La conciencia de que los pingüinos emperadores están pasando hambre porque ya casi no quedan pescados, cobra de pronto una relevancia inusitada. Y el estilo brillante, colorido y de peluche que la película venía exhibiendo hasta el momento, se distorsiona con la aparición de imágenes –fotográficamente realistas, pero en una atmósfera ligeramente surrealista, como de pesadilla– de seres humanos, que aparecen como verdaderos alienígenas. Los pingüinos siguen siendo los verdaderos habitantes de este planeta; los humanos, meros depredadores del exterior. Todo ese asunto de la canción del corazón y el tap están siempre ahí, pero en cierta manera quedan relegados, apenas forzosamente integrados en la trama, porque acá hay algo más grande. Con un discurso mínimo pero tan contundente como una hora y media de Al Gore hablando delante de una presentación en power point, y un cambio de registro brutal, Happy Feet, la película de animación más predecible del año, se convierte en una auténtica rareza, en una especie en vías de extinción en Hollywood. Su director, el australiano George Miller (director de la saga de Mad Max y factótum de Babe, el chanchito valiente y su secuela), no dio demasiadas explicaciones al respecto; tan sólo habló de un ataque de conciencia: “Como saben, la Antártida es un lugar muy delicado. Es muy duro: uno no puede contar la historia de los pingüinos en la Antártida sin darse cuenta de cómo estamos impactando en ella. No pude evitarlo. Escrito en el hielo de la Antártida está cada volcán y cada catástrofe, como la de Chernobyl”. OK: ¿les habrá dicho esto mismo a los ejecutivos de la Warner que le dieron luz verde a su presupuesto de al menos 100 millones de dólares (más publicidad) para hacer una película un poco incomprensible? ¿Los habrá hipnotizado con unos muñequitos encantadores para después entregarles la sombra de unos animales a punto de desaparecer? Tras su volantazo a mitad de camino, Happy Feet salva a sus pingüinos, y salva también a sus espectadores. Pocas veces resulta así de saludable sentirse engañado por una campaña de marketing multimillonaria.

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