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Domingo, 25 de febrero de 2007

CINE II > ENNIO MORRICONE EN LOS OSCAR

Música para una historia

Compuso la banda de sonido de más de quinientas películas y series de televisión. Y aunque sólo treinta eran westerns, se lo recordará siempre por su trabajo junto a Sergio Leone, sobre todo en El bueno, el malo y el feo. Esta noche, la Academia lo homenajeará con un merecido Oscar a la trayectoria que seguramente será celebrado con las estrellas de pie, aplaudiendo al maestro.

 Por Guillermo Saccomanno

Nunca voy a entender a John Cage, ni a los snobs que lo aplauden. Eso de ir al teatro a ver cómo un avivado se sienta al piano y no toca durante cuatro minutos treinta y tres, se para, saluda y se las pica es un lujo de ricos que no tienen otra cosa que hacer y se mandan la parte. No puedo remediarlo: soy de los que lloran a veces con una música. Ni hablar en el cine. No soy capaz de llorar en un velorio, pero sí con una película. O con la música de una película. Por ejemplo, Cinema Paradiso, la de Ennio Morricone. Uno de los músicos populares más geniales de este tiempo, Morricone. Debo haber visto todos los westerns que musicalizó. También los thrillers. Y sus melodramas. Cantidad de horribles melodramas. Pero vamos a los westerns. A los de Sergio Leone.

Sin su música, mudos, uno escucharía mentalmente una tarantela o una canzonetta. Domenico Modugno en vez de Frankie Lane. Sin embargo, no. Aunque haya música, lo que uno escucha es el sonido ambiente: el viento, el chasquido de una rama seca, unos pasos con espuelas, el vaivén de una puerta desaceitada. Porque Ennio Morricone le encontró la vuelta: un rasgueo de guitarra, un silbido, un coyote. No mucho más. Encontró una vuelta por el lado de la parodia y contribuyó al realismo de un género tan galopado como el western. Tomemos la melodía de El bueno, el malo y el feo. Escucho esa música y los veo otra vez a Clint Eastwood y Lee van Cleef. La sonrisa en V de Lee van Cleef.

No es poco mérito destacarse en el cine, un arte en el que todos quieren figurar como los actores, pero todos son parte. Demasiado colectivo el cine. Muchos participan de una película. Si obtiene repercusión, nadie se acuerda del guionista, por ejemplo. Y a veces, ni del director. Pero sí uno se acuerda de la música. Y esa música puede no sólo contarle a uno nuevamente la historia. Hay que animarse a bajar los decibeles del narcisismo y atreverse a componer música como un trabajo –porque es un trabajo, casi anónimo encima– y componer sin tirárselas de artista. Sin creérsela. Hay que conseguir además que esa música, sin engrupimiento, pueda independizarse de la historia original y pueda remitir a quien la escucha a otras circunstancias, contarnos otra historia, una nuestra. Porque, aunque parezca grasa a esos que les gusta John Cage, la música siempre cuenta una historia, la de un sentimiento, un estado de ánimo. Sólo la música es capaz de este prodigio. Vuelvo a Cinema Paradiso. Encuentro la versión que hicieron Charlie Haden y Pat Metheny. Un sosiego se instala en el aire y envuelve la memoria y las cosas, la noche y una quietud sabia que apacigua apuros y lo reconcilia a uno con la vida. Ese estado de ánimo es de pronto una historia, la nuestra. Entonces se le agradece a Morricone esa sutileza melódica. ¿O vamos a creernos que la vida es sólo excitación?

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