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Domingo, 5 de agosto de 2007

BERGMAN, FIN > POR MANUEL ANTIN

El silencio

 Por Manuel Antin

Cuando huye el día (1957)

La desaparición física de Ingmar Bergman ocurrida el pasado lunes ha obrado sobre mí como un detonante de mis primeros pasos en y por los recovecos del cine. Escribo tímidamente “desaparición física” porque estos personajes de la historia del arte y del mundo se sobreviven a sí mismos. Al llegarme la noticia, me sentí fugazmente envuelto en una nostálgica niebla azulada y me vi a mí mismo, como a aquellos personajes de Cuando huye el día o El rincón de las fresas salvajes, según se prefiera, formando fila en la entrada del Club Gente de Cine junto a contemporáneos entrañables (algunos todavía lo seguimos siendo), Martínez Suárez, Torre Nilsson, David Kohon, Rodolfo Kuhn, en el viejo y también recordado cine Biarritz, en Suipacha entre Lavalle y Corrientes.

Para ver que nos encolumnábamos, como principio de un ritual que ha quedado en mi memoria como pieza esencial de un rompecabezas mágico, las primeras películas de Bergman, casi ignorado por entonces en el mundo y desde luego por el denominado no sé por qué “gran público”, pero venerado en el Río de la Plata donde críticos visionarios y seres inolvidados como Roland, Alsina Thevenet, Rodríguez Monegal y Calki lo habían ya elevado al sitial del cual nunca descendió, circunstancia excepcional en la historia de una actividad en la cual los pecados industriales suelen convivir pacíficamente con obras singulares en la filmografía de los más talentosos directores.

Bergman ha significado eso y mucho más en nuestras vidas. Genio, fundamentalmente del teatro, siempre se dijo de él que no hacía cine sino “terapia de grupo”. En eso lo secundaron admirablemente sus actores más entrañables, Sjöström, Von Sydow (El séptimo sello), Harriet Andersson (¡cómo no recordar aquel verano con Mónica que tanto nos deslumbró!), Bibi Andersson, Ingrid Thulin y Liv Ullmann, que lo despidió tan milagrosamente en Saraband, su película de clausura.

Muchas de sus obras no serán fácilmente olvidadas. Algunas –créase o no– estuvieron circunstancialmente prohibidas por la censura en nuestro país, como El silencio. Pero yo tengo una en primer lugar, aquella de la imagen nostálgica y la niebla azulada, Cuando huye el día, y una convicción firme que no me abandona desde el pasado lunes: “No me es posible imaginar el cine sin él”. La muerte, que tanto lo abrumó en sus películas, lo encontró finalmente en su retiro de la isla Farö, sobre el mar Báltico, para que el cine haga silencio, por lo menos por un tiempo prudencial.

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