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Domingo, 26 de agosto de 2007

NOTA DE TAPA

Licencia para olvidar

La semana que viene se estrena Bourne: el ultimátum, la última entrega de la trilogía Bourne. Aunque basada en las novelas de Robert Ludlum, el monstruo del thriller conspirativo, poco y nada tiene que ver con los libros originales. Pero esa libertad en la adaptación, lejos de ser una contra, le ha permitido a esta saga evadir las marcas de una época pasada y convertir a su espía amnésico en el héroe perfecto de los tiempos del terrorismo internacional.

 Por Rodrigo Fresán

¿DONDE ESTOY?

Voy al cine –función de las 11 de la mañana– a ver Bourne: el ultimátum. Estoy en Barcelona, la ciudad en la que es activado El Profesor (Clive Owen en Identidad desconocida) con la misión de hallar y eliminar a un agente fuera de la ley y actuando por la suya que responde al nombre de, sí, Jason Bourne. Ya sabrán: El Profesor no lo consigue. Tampoco otros especialistas en borrar del mapa a elementos incómodos. Misión incumplida. Misión imposible, en realidad. No importa. Lo que ahora importa es que afuera hace calor y adentro hace aire acondicionado. Y con eso basta. Aunque eso no es todo: las dos primeras películas basadas en lo que se conoce como la Trilogía Bourne de Robert Ludlum (Nueva York, 1927-Florida, 2001) me gustaron mucho. El problema es que no recuerdo casi nada de ellas. Es más: no recuerdo casi nada de las tres novelas en las que se han inspirado (apenas escenas aisladas que podrían pertenecer a cualquiera de ellas, que no consigo ubicar en el diseño de una determinada trama) y eso que las novelas (que no tienen demasiado que ver con los films) me gustaron todavía mucho más que sus respectivas adaptaciones al cine. A esa pantalla grande cada vez más pequeña en virtudes cuando se trata de proponer productos de entretenimiento que, además, estén dotados de una cierta inteligencia que trascienda al asombro embobado del efecto especial.

Unas y otras –novelas y películas– mantienen el concepto protagónico de Jason Bourne. Nombre mítico a la búsqueda del vellocino de la propia memoria. Un agente amnésico que no se olvidó de vivir pero al que cada vez le cuesta más seguir viviendo porque son muchos –todos, diría, ya lo dije– los que quieren pasarlo a retiro, desactivarlo, borrarlo del mapa, esas cosas. Me pregunto ahora si esto de la amnesia del héroe tendrá que ver con mi propia amnesia sobre las idas y vueltas del héroe. Me pregunto si la amnesia (recurso siempre práctico para policiales y aventuras varias aunque los especialistas se cansen de advertir que es muy raro que se produzca y que su “curación” es muy lenta cuando no imposible) será un virus de alto contagio. Me tranquilizo –o no– diciéndome que exactamente lo mismo me ocurre con las novelas de Jane Austen. Se me confunden unas con otras. Pero supongo que esto sucede –en las de Austen se vive para casarse, en las de Ludlum se sobrevive para que no te cacen– con las de cualquier otro escritor que se las haya arreglado para conseguir hacernos verosímil y atractivo un mundo personal y nada más que suyo.

Lo que me lleva a Robert Ludlum.

¿QUIEN ERA?

Robert Ludlum –a diferencia de Jason Bourne– nunca tuvo que preguntarse quién era porque siempre lo tuvo claro: el maestro indiscutido del thriller conspirativo. Lo fue en vida con más de 200.000.000 de ejemplares vendidos y lo sigue siendo hoy, años después de haber abandonado su posición en la agencia de este lado para seguir autorizando desde el Más Allá libros escritos por otros a partir de instrucciones y sinopsis testamentarias y que, entre otras, ya han dado origen a dos nuevas aventuras de Bourne desarrolladas y firmadas, en letras más pequeñas, por un aprendiz de Ludlum llamado Eric Van Lustbader, autor conocido por una novela llamada El Ninja. Se titulan The Bourne Legacy (2004, con Bourne en Chechenia) y The Bourne Betrayal (2007, con Bourne en Africa). Lo que no se entiende muy bien es cómo en ellas, transcurriendo en la actualidad, Bourne –quien debería andar ya por los sesenta años– se las arregla para seguir manteniendo sus reflejos y su tono muscular y su puntería. No importa: ambas fueron rotundos best-sellers. Al igual que todos los otros libros publicados por el Ludlum ectoplasmático desde principios del tercer milenio, justo antes de la muy ludluminana caída de las Torres, manteniendo la constante de –voy a citarme a mí mismo, algo que escribí no hace mucho pero de lo que ya me voy olvidando y que tipeo como si se tratara de algo escrito cuando yo era otro– “títulos con un sujeto –que puede ser Identidad, Progresión, Mosaico– y de un nombre o clave –Aquitaine, Matlock, Scarlatti, Rhinemann, Parsifal– que, por lo general, es pronunciado en las primeras páginas por alguien que agoniza en brazos del héroe. Alguien que –casi siempre– es el brazo ejecutor de ejecutivos que, de pronto y sin aviso, deciden que ese alguien sabe demasiado o sabe un poco de algo de lo que no hay que saber nada. A no confundirse: el héroe ludlumiano no es un hombre inocente como los que jugaban James Stewart o Cary Grant en los films de Alfred Hitchcock. Tampoco son tipos engañados por el sistema. No: son peones con ganas de coronar y dar jaque mate. Enseguida, tiros, líos y cosas muy goldas y la poco inteligente torpeza de agencias de inteligencia preocupadas más por luchas intestinas que por los inevitables e inminentes ataques cardíacos y derrames cerebrales ocasionados por enemigos externos. Los rusos son malos, sí. Pero nobles. El verdadero mal reside en resucitadores del Tercer Reich, en corporaciones tentaculares, en traidores en serie o –como anticipó en The Icarus Agenda– en oscuros iluminados musulmanes. Si se lo piensa un poco, toda, pero absolutamente toda la serie 24 sale de aquí adentro. Y ya que estamos: la sinuosa agencia Treadstone, dedicada perseguidora del amnésico Jason Bourne, pronto tendrá su propia serie de televisión. Cambio y fuera”. ¿Y en qué estaba?

¿QUE HACIA?

Y no puede decirse que lo que hace Robert Ludlum tenga la elegancia de John LeCarré. En absoluto. Ahí están, en cualquier página de Ludlum, todas esas caprichosas itálicas y esos irritantes signos de admiración. El trazo grueso y la prosa flaca. Pero, aun así, lo que hace Ludlum tiene algo que no tiene ningún otro escritor de best-sellers conspirativos y que incluso hace que las películas en las que se convierten sus libros parezcan lentas y melancólicas comparadas con su prosa siempre a punto de descarrilar pero tan adictiva. Pequeña muestra, traduzco rápidamente de mi manoseado paperback de The Bourne Supremacy alias La supremacía Bourne:

La mente de Bourne iba a toda velocidad mientras corría a través de la multitud bajo el diluvio, sus ojos mirando a todas partes. Intentó recordar cada arma que alguna vez había utilizado. Un arma que pudiera ser disparada o activada sin complicaciones y que no fuera un problema introducir en un área restringida y con gran densidad de población y que le permitiera al asesino reposicionarse y salir de allí limpiamente y sin interferencias. Lo único que se le ocurrió fue una granada, pero la descartó de inmediato. Entonces pensó en dinamita activada con un mecanismo de relojería o explosivo plástico...

Ya ven a lo que me refiero –un promedio de 600 páginas así– y no hay nada más peligroso que Jason Bourne poniéndose a pensar en esas cosas que piensa cuando no está pensando en quién es él. Y a propósito: cuando la revista especializada Publishers Weekly llamó a votar la mejor novela de espías de todos los tiempos, la ganadora resultó ser El espía que vino del frío de John LeCarré. El segundo puesto fue para The Bourne Identity de Robert Ludlum.

¿QUIEN ES?

Aunque mi novela favorita de Ludlum –y una de las que más he disfrutado leyendo de cualquier autor– sea por siempre y para siempre, ya lo he dicho varias veces, El círculo Matarese (no me he metido aún en su secuela; pero aquí la tengo, la compré hace poco), seguida por El manuscrito de Chancellor y El pacto de Holcroft (1978), está claro que Jasón Bourne es un gran personaje. Y –suele ocurrir– el Bourne por escrito no es lo que se dice muy parecido al Bourne filmado. El Jason Bourne de las novelas –también conocido como Delta One, Cain, John Michael Kane, Charles Briggs, George P. Washburn, Foma Kiniaev y, finalmente, así figura en su partida de nacimiento, David Webb– no es tan machine-killer, es más agente secreto, tiene pasado trágico en Vietnam, familia muerta, múltiples asuntos sin cerrar y cuentas por cobrar con organizaciones llamadas Medusa (sdonde conocerá al verdadero Jason Bourne, un doble agente cuya identidad asumirá) o Treadstone 71. Del de las películas se sabe que anduvo por la primera Guerra del Golfo y poco más salvo que fue programado por alguien para algo. Algo así. Ahora comienzo a recordar. Poco.

¿EN QUE AÑO ESTAMOS?

Una de las principales y más que atendibles diferencias además de las ya consignadas entre las novelas que componen la Trilogía Bourne –El caso Bourne (1980), El mito de Bourne (1986) y El ultimátum de Bourne (1990)– con las películas de igual título filmadas respectivamente en 2002, 2004 y 2007 es que, al final del primer libro, Bourne ha recuperado buena parte de su memoria y vive –trabajando como profesor universitario en Maine– hasta que alguien secuestra a su chica, Marie. Otra de esas diferencias es quién ese alguien que viene persiguiendo a Bourne desde el principio y hasta el final y a quien ni siquiera se menciona en los films. La totémica figura archienemiga de Illich Ramírez Sánchez, mejor conocido como Carlos El Chacal, alguna vez terrorista-killer top y hoy desde hace años desactivado en una prisión de Francia. En las novelas, Bourne (David Webb) no es otra cosa que un asesino falso dispuesto a hacerle la competencia y, así, obligarlo a mostrarse y exponerse. O eso es más o menos lo que recuerdo. Se entiende que los productores hayan descartado el asunto –optando por la variante paranoica con unidad fantasma de la CIA– porque, de basarse estrictamente en los libros, las películas de Bourne serían películas “de época” o “históricas” como (la otra noche volví a verla, qué vieja que se ve) El día del Chacal. Películas sin ese recurso indispensable para toda película de acción: el teléfono celular y cómo hacían sin teléfonos celulares. Hay que comprender que el terceto Bourne fue escrito y publicado antes de la caída del Muro, cuando los modales y protocolos del espía/agente eran muy diferentes aunque –con la llegada de la Era Putin y los un tanto desprolijos asesinatos a larga distancia volviendo radiactiva buena parte de Londres– parecemos volver a tiempos en los que Ludlum se sentiría más que cómodo y satisfecho. Y –para los puristas– por ahí anda una miniserie en dos capítulos de The Bourne Identity protagonizada en 1988 por Richard Chamberlain y Jaclyn Smith donde, no me acuerdo del todo, pero estoy casi seguro de que sí aparece Carlos.

Y –paradoja– el éxito inicial de la franchise se debió a la exhumación y puesta a nuevo de una de las postales clásicas pero siempre efectivas –lo supo Bullit, lo sigue sabiendo Bond, quien cada vez se parece más a Bourne– de este tipo de asunto: la persecución entre automóviles como apología glorificada. Y, de acuerdo, John Frankenheimer ya la había resucitado en Ronin (1998), película que puede considerarse como claro antecedente de este Bourne. Así, recordar –de esto sí me acuerdo– en The Bourne Identity aquella imposible carrera por París (imposible por la pericia de pilotos que ya habría querido Lady Di para uso privado, imposible también porque el montaje hace parecer como próximas y a vuelta de esquina a calles que jamás se han cruzado o se cruzarán) firmada por Doug Liman pero en realidad obra de Alexander Witt, director de la segunda unidad. Volver a verla como, seguro, la vio él mucho/bastante más que “hábil artesano” Paul Greengrass –director de la segunda y tercera parte– y entender por qué fue que, seguramente, pensó: “De esto se trata. Más autos, más velocidad. ¡Motos!”. Así, después de París tuvimos Moscú y ahora, a la hora del cierre, por fin, hagan correr la noticia, correr mucho, New York, New York.

¿QUE PASO?

Ya entré, ya salí, ya la vi. Y no está nada pero nada mal. ¿Es Bourne el nuevo Bond? Algo de eso hay. Pero –aunque coincidan en las iniciales de sus nombres– también hay diferencias irreconciliables más allá de la satiriasis británica de uno y la monogamia puritana y Made in USA del otro: mientras Bond es un indisciplinado hombre de confianza con jefes más o menos confiables, Bourne es un disciplinado profesional en el que nadie puede confiar, especialmente sus pocos confiables jefes. Y es de esto de lo que principalmente trata Bourne: el ultimátum –guión bien pulido por Tom Stoppard, aunque no figure en créditos– y Bourne en general. De los riesgos de que un engranaje comience a fallar o, peor, a comprender que algo falla en el mecanismo de su vida y profesión. De algún modo, hay algo de cuento de hadas en la saga: eso de que lo que hasta hace poco era un bien iluminado palacio de pronto se transforme en el más oscuro de los bosques. Un asunto al que el norteamericano medio ha sido muy sensible desde aquella mañana en Dallas ’63 y que es lo que ha mantenido a Ludlum en lo más alto: la idea de que todo lo que nos dice gente como Dick Cheney y Donald Rumsfeld (perfectos seres ludlumitas) no es del todo cierto. De ahí que Bourne –nacido a principios de los ’70, hijo de Watergate y de la Guerra Fría, Los 3 días del Cóndor y The Parallax View en los cines– equivalga a revancha que desenmascara. Y emociona aquí el que Bourne deje de ser el perseguido para convertirse en perseguidor con pasión marca Montecristo. Así, un Terminator de carne y hueso, un voluntarioso manchurian candidate industria nacional acumulando millas gratis mientras surca los cielos infernales de una Inteligencia a menudo muy poco inteligente. Y siempre es un gran placer encontrarse con Albert Finney y David Strathairn. Lo mismo me sucede con Joan Allen y Julia Stiles. Y está esa escena tan Frankenstein en la que la criatura conoce (y reconoce) a su creador. Y asombra el nervio de esa secuencia en Waterloo Station que Greengrass sólo pudo filmar luego de haber volado la nerviosa United 93. Y suena la mejor canción de Moby en mucho tiempo. Y, aparentemente, hasta aquí llegamos pero nunca se sabe. Porque Ludlum –como ya sucedido con Philip K. Dick– y luego de algunas incursiones dispersas a lo largo de los años (la última película de Sam Peckinpah, de 1983, fue la mediocre The Osterman Weekend) acaba de ser redescubierto por Hollywood como mina de oro. Y ya se encuentra en producción El manuscrito de Chancellor a ser protagonizada por Leonardo Di Caprio –hay una fantasmal continuación en imprenta, por si la cosa funciona– quien, está claro, comprendió por dónde van los tiros luego de que Matt Damon se convirtiera en el actor más redituable del mundo, dólar a dólar, cortesía de Bourne. Según la revista Forbes, cada dólar que le pagan a Damon se multiplica en 29 dólares en la taquilla. Buen negocio. Lo que no deja de asombrarme. El casting de Matt Damon, digo. Tal vez sea que cada vez que lo veo no puedo evitar el desopilante recuerdo del Matt Damon marionetizado en la bestial Team America repitiendo su nombre una y otra vez como un border-zombie. O de aquel miembro de la nunca del todo bien ponderada troupe cómica The Kids in the Hall, ese que hacía de Cáncer Boy. O de esa suerte de Damon cool que es uno de los hermanos de Six Feet Under y ahora protagonista asesino y serial de la serie Dexter. Y es que a mí Damon siempre me resulta un tanto inverosímil –salvo en la serie Ocean’s donde la gracia está en que nadie ni nada es verosímil– en estos papeles. Lo mismo me ocurrió cuando lo vi hace poco en El buen pastor. Digamos que no da la talla (¿aceptarían cualquiera de las variantes de la seguridad nacional a alguien tan bajito?) y que, en otras épocas, habría seguido el triste camino de Mickey Rooney y Michael J. Fox: el de un adolescente perpetuo cada vez más viejo. Y aun así, tengo que confesarlo, Damon –como Ludlum, por persistencia y disciplina y pura fe en sí mismo– tiene algo. Leo por ahí que antes de elegirlo a él se pensó en Russell Crowe y en Sylvester Stallone. No sé, la verdad que a Bourne yo me lo imaginaba diferente. Más parecido a... a... a... me olvidé. ¿Bourne? ¿Quién era Bourne? ¿Y quién es este tipo que me apunta con un revólver a la cara a la salida del cine, eh?

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Hay algo en la saga a lo que el norteamericano medio ha sido muy sensible desde aquella mañana en Dallas ’63 y que es lo que ha mantenido a Ludlum en lo más alto: la idea de que todo lo que nos dice
gente como Dick Cheney y Donald Rumsfeld (perfectos seres ludlumitas) no es del todo cierto. De ahí que Bourne –nacido a principios de los ’70, hijo de Watergate y de la Guerra Fría, Los tres días del Cóndor
y The Parallax View en los cines– equivalga a revancha que desenmascara. Por eso emociona aquí que Bourne deje de ser el perseguido para convertirse en perseguidor con pasión marca Montecristo.
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