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Domingo, 30 de septiembre de 2007

ENTREVISTA> CARLOS BELLOSO NO PARA

Lo bello y la bestia

 Por Mercedes Halfon

“¿Llamó alguien?", pregunta Carlos Belloso cuando llega al Teatro Gargantúa, donde desde hace algún tiempo se ha aquerenciado y hoy repone y festeja los diez años de su unipersonal Pará fanático! "Sí, te llamaron de (...)". "Ok, Ok", dice, y entra en la sala donde colocará dos sillas y una mesa arriba del escenario para que en medio de ese espacio vacío de espectadores, y un poco solemne, tenga lugar la entrevista. Es evidente que el teatro oficia de centro de operaciones del actor, si esto fuera una película argentina de los ochenta, Belloso pediría un vermouth con aceitunas y hablaríamos de algún negocito. Pero en lugar de eso explica que ese lugar lo ha capturado, que le queda a la vuelta de su casa, e incluso de camino al trabajo –así denomina él a Pol-ka– y que cada proyecto teatral que se le pasa por la cabeza es ahí donde puede hacerlo. Allí ha puesto sus últimos unipersonales, los varietés y obras que dirigió, y ahora este festejo de los diez años de su primer unipersonal, su primera galería de monstruos, estrenada en 1997, inmediatamente después de la separación del dúo Los Melli que formaba con Damián Dreizik, con el que todavía, diez años después, se lo vincula.

El buen soldado

Belloso acomoda las sillas, hojea el diario, dice que ya desayunó. Baja del escenario de un salto para saludar a la iluminadora que recién llega; a la noche podrá vérselo actuar en ese mismo escenario y con la misma soltura. Como un artista de circo que se pasea entre los carromatos de día, acariciando un caballo, ensayando su último truco, haciendo un chiste sobre algo de la noche anterior. Esa es la referencia al verlo moverse por el teatro como si fuera su living y comenzar a hablar de su historia con la actuación: "Cuando era chico me gustaba mucho el espejo del baño, tenía un contacto, probaba cosas, me ponía cosas en la cara, adentro de la boca, me pintaba. En una época me encerraban mucho en el baño como castigo. Y yo me divertía con el espejo, no sé si me ponía mal y me distraía con el espejo o me gustaba que me encerraran, la cuestión era que con el espejo del baño estaba muy bien yo. A partir de ahí empecé a hacer mucho cosas con la cara, como todos los chicos, pero yo intuía que había otra cosa, otra persona adentro del espejo".

O sea que empezaste de muy pequeño con la idea y la práctica de la actuación.

–Yo no me puse en la cabeza hacer actuación, porque como mi familia era de clase media más bien baja, había que laburar. No pensé en dedicarme a eso. Fue después del servicio militar que me di cuenta de que quería actuar. Ahí actuaba cosas, trataba de hacer algunos personajes para irme de ese lugar. Lo hice en el '82, plena guerra de Malvinas y en Río Gallegos. Eramos el tercer relevo para las islas, entonces siempre estaba la amenaza de que íbamos a ir y además nos lavaban tanto la cabeza que queríamos ir a matar algún inglés, algún Beatle... Por suerte no fui, pero estuve ahí 18 meses y fue muy pesado. Pero yo me mimetizaba, podía hablar como un pibe de González Catán, por ejemplo, y yo era de zona norte. Cuando hacía algo, no lo hacía porque fuera un buen soldado, sino porque actuaba de buen soldado, digamos, ¿quién no quiso estar en una película de soldados cuando era chico? Yo actuaba y esa forma me llevó a que me gustara algo de lo que hacía.

En el servicio militar hay como una ficción de la guerra, pero en tu caso realmente había una guerra...

–¡Claro! Yo era artillero, manejaba cañones, estaba en guerra, algo de eso funcionaba bien, me gustaba y al mismo tiempo no. Porque soy pacifista, no soy beligerante, pero el estar en esa situación me llevaba a pensar al revés: "¿Y si me gustara todo esto? ¿Y si este es mi destino?". Esa es la raíz del actor. Un actor dice, muy primariamente: "Yo soy bueno, tengo que hacer de malo, ¿y si algo de esa maldad me gusta?". Se mete en un personaje muy distinto a uno y ve los mecanismos que quizá le agraden de eso. Aunque termine de hacer el personaje y después pueda salir, salir ileso. El servicio militar fue eso, entrar en otro código y después salir ileso. O sea, me deprimí, estuve un año en la cama después, pero no perdí la vida.

A dos cuadras

De esa depresión Belloso salió despedido hacia el Conservatorio Nacional, donde lo bocharon. Nueva depresión. "Me dijeron que no servía", exagera. Pero fue ahí donde nació la amistad con Damián Dreizik –a él también lo habían rebotado– y tiempo después los dos dieron el examen en la Escuela Municipal de Teatro y entraron. La cercanía física de los lugares parece ser un dato fundamental en la vida y los trabajos de Belloso, tal vez por fobia a los colectivos, o por una confianza absoluta en el azar que lo lleva en el momento justo al lugar indicado. Su siguiente destino quedaba a dos cuadras de la escuela municipal, donde estudiaba de lunes a viernes: el Parakultural. "Para nosotros eran muy movilizantes la Escuela y el Parakultural en relación a nuestro trabajo. Imaginate, veíamos Grotowski y lo poníamos en práctica en el Parakultural. Veíamos Teatro Isabelino, íbamos y lo hacíamos ahí. Eso nos pasaba a mí y a Damián, porque Urdapilleta o Las Gambas venían de otras experiencias. Nos pasó que algunos profesores de la escuela se opusieron a que nosotros fuéramos a trabajar ahí, entonces hicimos una sentada, echamos a un profesor, ¡tomamos un teatro! Era el Sarmiento, que pertenecía a la escuela municipal en ese momento.

El que está al lado del zoológico.

–Sí, ese. Nosotros lo tomamos y a las tres de la mañana íbamos a ver los elefantes...

Además de los ejercicios grotowskianos o shakespearianos, el Parakultural fue el escenario de las primeras apariciones del dúo Belloso-Dreizik: "Nos fuimos vinculando cada vez más a ese circuito under que eran Batato, Urdapilleta, Las Gambas, Los Melli, Los Apestosos, Los Corrosivos, Los Mimilocos; Los Redonditos de Ricota, que venían a tocar; Luca venía cada vez que no tocaba; estaban los punks, los heavies, los rastas, era un crisol de razas, un foco infeccioso muy importante. Nosotros lo que hacíamos era actuar de mellizos, aunque no éramos iguales, pero nos poníamos la misma ropa, la cara pintada de amarillo con un labial rojo muy fuerte, aparecíamos y hablábamos al mismo tiempo. Hacíamos tres entradas de un minuto cada una, no más, porque también le teníamos un poco de miedo al público que revoleaba cosas. Aparecíamos y avasallábamos hablando los dos a dúo y de cualquier tema, de los colectivos, leíamos un menú de un restaurante, una poesía de Pessoa...

¿Te acordás alguno de esos textos?

–(Le habla al grabador.) Sumerjan en el río a aquel que ama el agua, splash glu glu glu, Uno, usa gorra mujer. Dos, no ingerir alimentos en el recinto pileta. Tres, cortar en visibles partes la chapita. Cuatro, con apto médico comprar ticket de entrada. Eso es una mezcla de un poema de William Blake con un reglamento de pileta. Al principio nuestro trabajo tenía que ver con la poesía, y decir las cosas al mismo tiempo. Después unimos esas cosas, empezamos a hacer escenas más teatrales, había monólogos, sketchs. Lo primero que hicimos después fue una obra que se llamó Aquí están mis muñones. Y era sobre la educación. Hacíamos todo Damián y yo, nos autodirigíamos, era un mundo cerrado de mellis. Hicimos ocho obras, las últimas dos, Clásicos enganchados y Mellilandia eran rejuntes de las anteriores.

¿Y qué extrañaste cuando se terminó el mundo Melli?

–Nosotros de común acuerdo dijimos: "Tenemos que terminar el dúo porque nos está fagocitando". Se generaba una cosa pesada de que cuando nos veían solos a Damián o a mí nos decían: "¿Qué tal, cómo andan?". Y nos molestaba mucho. De común acuerdo dijimos, nos tenemos que separar, nos va a ir bien porque somos talentosos los dos. Tal vez en el tiempo lo veo y pienso que me hubiera gustado que ese dúo siguiera en la medida en que nos propongan cosas; pero fue tan fuerte el dúo que fue muy distante la separación, no me escribí más, no me hablé nunca más con él. O sea me encuentro de vez en cuando con él y charlamos. Pero fue una separación muy fuerte, tal vez un poco por miedo a estar tan pegados. Tomamos distancia de verdad.

Locomotora Belloso

De la separación de Los Melli a esta parte, Belloso tomó trascendencia extra muros teatrales. Hizo publicidad, televisión y cine, en una escalada que parece haber invertido el proceso natural de los medios masivos que tienden a absorber a las personalidades del under llevándolas para su terreno; en el caso de Belloso la neutralización parece haber sido inversa: los medios fueron los que se adaptaron a él. Desde la publicidad de agua en la que tenía una epifanía con Gabriela Sabatini ("¿Qué? Te la pago"), a protagonizar La niña santa de Lucrecia Martel. La oscuridad, intensidad y deformidad que Belloso imprime a sus personajes pasa por encima de cualquier encuadre de lenguaje. Es imprevisible y es tan efectivo en la composición de los personajes freaks que hace para Pol-ka –el Vasquito, el Quique de Sos mi vida– como en el naturalismo lumpen de Tumberos.

Llama la atención que, a pesar de eso, sus trabajos en teatro se perpetúen en el off más exacerbado, en las antípodas del, por ejemplo, Paseo La Plaza. El año pasado estrenó el unipersonal Escaparates, del que se enteraron sólo los que pasaron por la puerta del Gargantúa y vieron el cartel. Y lo hizo nada más que diez funciones. El dice: "Podría sacarle el jugo a cada cosa que hago mucho más, hacer un poco más de dinero también. Pero soy un científico loco, pongo un poco de esto, un poco de aquello. Hago diez funciones de esto, porque tengo que ir a experimentar con Pablo Cedrón en una obra que él dirige y después cuando se termina tengo que festejar el cumpleaños de Pará fanático!, hago quinientas cosas, pero para que no me agarren. Y no hago prensa para que no me agarren; porque la sensación es que me van a agarrar y me van a tener un tiempo en un lugar y eso me hace sentir muy incómodo".

Belloso se escapa. Escaparates, su último unipersonal, se trataba de eso, de un número de escapismo. Y el anterior unipersonal se llamaba Ojo, y hablaba sobre la visión y el acto de mirar. Todo el trabajo de este actor parece radicar en cómo recibir todas las miradas y no quedar atrapado, cómo huir después, cómo escapar y aparecer en el techo, en la butaca de al lado, donde nadie se lo esperaba. En sus palabras: "Me gusta cambiar de idea, por ahí me agarre algún día la necesidad de hacer algo más establecido. Por ahora lo que más establecido está es Pará fanático!, que es como una rutina de payaso, que siento que la puedo hacer en cualquier lugar y hasta que me muera".

Para fanático! está los jueves a las 21.30 y los viernes a las 23 en Teatro Gargantúa, Jorge Newbery 3563.

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Cuando terminó el servicio militar, que hizo durante la guerra de Malvinas, se pasó un año en cama, deprimido. Se levantó sabiendo lo que quería: ser actor. En la Escuela Municipal de Teatro encontró a Damián Dreizik, y juntos formaron Los Melli, dúo ya legendario del underground porteño. Después, Carlos Belloso logró trabajar en televisión, cine y publicidad conservando su estilo oscuro, intenso, deforme, desde La niña santa hasta Sos mi vida. Además, no abandona el teatro: monta, sin publicidad, espectáculos que pueden durar diez funciones y al mismo tiempo festeja los diez años de Pará fanático!, su primer y más duradero unipersonal.
 
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