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Domingo, 30 de septiembre de 2007

CRóNICAS > AMOR, PORNO Y ALIENS: TRAS LA PISTA DE LOS BESOS EN LA ARGENTINA

Encuentro cercano del sexual tipo

Fans que besan estrellas, devotos que besan altares, solteros que besan el suelo, actores porno que no se besan, chicas a las que persiguen por besarse y hasta aliens que besan mujeres: con la idea de rastrear las múltiples formas que toman los besos en historias de amor que suceden en todo el país, el periodista Julián Gorodischer escribió La ruta del beso (Norma). A continuación, uno de los episodios más jugosos: el de la chica de Capilla del Monte que mantuvo un encuentro sexual con un extraterrestre.

 Por Julián Gorodischer

La primera vez que recibió a la criatura de otro mundo en su dormitorio, la miró, sorprendida ante su propia templanza, y se preguntó en voz alta: ¿Por qué no me habla? ¿Será mudo el pobre? La historia real del contacto entre la mujer y el hombrecito se detalla en el libro Ozonis, firmado por Martha Green: no es la narración del polvo de una noche, sino un vínculo estable de pareja que se sobrepuso a la presencia del marido durmiendo del lado derecho de la cama matrimonial. La sensualidad –escribió– era diferente, pero aún hoy no sé en qué consiste esa diferencia. La unión culminó en un éxtasis que yo no había experimentado antes; sentía una gran ternura hacia ese extraño ser que, con infinita dulzura, me había hecho vivir con tal intensidad...

El dueño del puesto de libros usados me mira fijamente, como si quisiera hacerme entender que la continuidad de la lectura de Ozonis exige el pago de los ocho pesos con cincuenta, y decido pagar. Luego consulto con expertos en otros mundos, y me informo de que la visita en dormitorio es un género versionado a través de diversas gamas del relato erótico, con variantes castas como la impostación de manos del ser gris sobre el abdomen de la durmiente y otras zarpadas como la de Martha, que en un principio se cuestionó tímidamente su infidelidad con el extraterrestre hasta que el ser gris le hizo comprender que estaba entrando en una zona avanzada de pensamiento, más allá de los límites de la monogamia y la familia tradicional.

Hay una localidad, en la Argentina, en la que se concentra una densidad desproporcionada de visitadas en dormitorio; el sitio es Capilla del Monte, en Córdoba, capital nacional de la ovniología y la medicina natural. Allí, se resignifica el estigma del invasor hostil, adaptado a una mitología de las distintas posibilidades del imaginario amoroso tradicional: amar más allá de lo que se ve, vencer distancias con el sentimiento, establecer comunicación no percibida por los otros y construir belleza incluso en la fisonomía monstruosa del macrocefálico y ojisaltón ser gris, así descripto por el sinfín de visitadas desde sus bitácoras subidas a Internet....

Durante los últimos años, los newagers fueron llegando a esa ciudad para buscar contactos extraterrestres, o un poco de tranquilidad, o un nicho ideal para el reiki. Y los servicios reemplazaron como actividad principal a la explotación de mano de obra barata en el cultivo. Pero la exclusividad en el destino de las visitas en dormitorio para las mujeres lleva a pensar en una organización que sigue siendo eminentemente machista, y que replegó a las visitadas en un rol pasivo y reverencial hacia los seres grises. Sería imprescindible un viaje a esas sierras para chequear este colmo de lo incognoscible, ese amor mixto que me permitiría ir un paso más allá del fan y el devoto en el amplio espectro de la contrariedad, adentrándome en los misterios de ese desvivirse, debatirse por un objeto impenetrable que es religión pura.

Todo el pueblo está decorado con imágenes del aparecido: el ET luce como un ser gris, de cabeza enorme, ojos negros como de hipotiroideo, trajecito ceñido al cuerpo y manos huesudas. En las tiendas de souvenirs, se lo consigue personificado en distintas opciones: ET abrazado a una cerveza Antares, ET Papá Noel, ET llavero, ET perchero, ET portalámparas, ET con remera que dice: "I Love Uritorco". Junto a las cajas de La Pirámide Misteriosa, me espera Dominique Beltrán, visitada con la que acordé una reunión que está por comenzar. La punción de Dominique no se asocia, en su relato, a la invasión del instrumento quirúrgico ni al dolor o el miedo sino al esplendor de la carne. Me dijo: "Es difícil de explicar. Primero fue la sensación del escalofrío, los pelitos de punta, la piel de gallina. Luego fue una corriente eléctrica muy tenue, vivificante, como si me inocularan un elixir que me iba rejuveneciendo, cinco, diez, veinte años. De pronto, ya era una niña; volvía a asomarme al mundo con una curiosidad y un entusiasmo que había perdido. El verde era más verde, las sierras eran apariciones deslumbrantes; el mundo era nuevo a mis ojos; yo levitaba, y los seres desde el suelo me impulsaban a seguir subiendo, con sus manos en alto".

Simulo interés, pero padezco el desfasaje entre la expectativa generada por mi traslado a otros mundos y la caída en el cliché irónico; ya hubo miles de desmitificadores en el pueblo, y se ganaron el repudio de los avistadores de OVNIs. ¿Antídoto contra el sarcasmo? La confianza. Pido a Dominique detalles de la punción. "La pieza se iluminó como si fuera de día. Hubo un chasquido, y luego un zumbido muy fuerte captado por un solo oído. Luego pasó..." Dominique y sus compañeras refundaron la simbología alien que se instaló junto con la difusión de los expedientes de Rosswell, Nuevo México (1947). Hasta la irrupción de las visitadas, reinó la fisonomía del enano macrocefálico como excusa para encarnar la fantasía de invasión, dando lugar a un enorme repertorio de variantes de holocaustos humanos hasta llegar al más masivo y popular en la versión televisiva de Los expedientes secretos X. No hace mucho, una inversión positiva hizo que, en las sierras cordobesas, Dominique encontrara su éxtasis en la punción, así como Martha Green atribuye al ser gris la tersura y la fibra que le faltaban al panzón del marido que dormía junto con ella en la dos plazas: las visitadas tienen tanto amor para dar que lo llevan más allá de los sentidos divulgados por la cultura de masas. Su entrega a lo incognoscible es la manifestación más abstracta de la contrariedad: dan sin recibir más que una punción, se destinan a un cuerpo y una materia asquerosos para el común de los mortales...

Pero luego sucede lo imprevisto: las visitadas se empezaron a hacer correr el rumor de que yo las estaba tomando para la chacota. Sin embargo, no sé de dónde lo sacaron: jamás me tenté con una carcajada maníaca en su presencia (lo hice a solas, caminando por la techada, porque me dio gracia el ET encendedor en manos de una fumadora compulsiva). Mis preguntas no escarbaron en los detalles sexuales y me referí a las visitas como "los contactos", para no restringir sus relatos a los términos de la comunicación unidireccional que los relacionaría con la matriz argumental de las historias de invasión. El plan era organizar una visita a las grutas de Ongamira con las faltantes. Allí se produjo un suicidio masivo de comechingones en el siglo XV, para no ser vulnerados por la invasión conquistadora, que cargó al lugar de una energía especial, propicia para encarar avistajes de OVNIs. Pero ya se me comunicó que la excursión quedaba suspendida hasta nuevo aviso.

El silencio me impide conocer los entretelones del beso de Majo Guerra. Es la única de las visitadas en dormitorio que se refirió a un contacto erótico con el ser gris; ni siquiera la escritora Martha Green da detalles en Ozonis de cómo fue el acto en sí. En cambio, Majo había empezado a describirlo: "Creía estar soñando, pero no: estaba totalmente despierta. Qué ojos tan grandes tienes, le dije. Cierra los ojos e igual me verás, me contestó. Qué ojos lindos y tan grandes, repetí. Observa bien, ¿te das cuenta de que no son ojos? ¡Son lentes! Mis ojos son iguales a los de ustedes, me aclaró. Estás encandilada pero al revés. Todavía recuerdo su beso sobre mi frente. ¿Ves esta mancha? (como un tercer ojo grisáceo, en el entrecejo). No me la produjo el sol".

Justamente cuando teníamos una cita pactada para seguir conversando sobre aquella manchita, ese tercer ojo que la remonta a un beso furtivo a plena luz, pero en un interior oscuro, ella también se dejó influir por la ola negativa y acató el veredicto del remisero El Negro, mi contacto con la gente del lugar: "Acá nadie va a hablar"...

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