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Domingo, 13 de abril de 2008

NOTA DE TAPA

Arre, memoria

Cuando el 31 de enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui, los homenajes proliferaron. Pero había dos cosas que seguían sin aparecer: las memorias que Atahualpa había empezado y abandonado en un cajón en los años ’70 y sus primeras grabaciones, aparentemente “inhallables”. Ahora, la edición de Este largo camino (Ed. Cántaro) salda ambas deudas. Por un lado, aquellas memorias en las que Atahualpa recuerda su infancia en La Pampa, su juventud recorriendo el país a caballo, buscando, estudiando y aprendiendo la música popular argentina, los años que pasó tocando por casa y comida, y sus sensibles reflexiones sobre el canto, la música, la gente y el país. Por otro, el libro incluye un cd con sus seis primeras grabaciones, ahora halladas, para que el festejo sea completo.

 Por Víctor Pintos

Muchas, muchísimas veces pensé qué hacer con ese tesoro que estaba ahí, en una biblioteca del escritorio de mi casa, durmiendo una siesta de meses y años. Tenía claro que podía ser muy torpe de mi parte no darle un adecuado destino a nada menos que un importante texto inédito de una gran figura de la música popular mundial, pero cada vez que se me ocurría recuperarlo, sacarlo a la luz, trabajarlo para que fuese un libro –tal como lo había soñado su autor–, me inmovilizaba la idea de que, como en verdad tenía sólo una parte, porque era un texto inconcluso, nunca llegaría al todo.

El tesoro eran unas decenas de carillas tipiadas a máquinas por Atahualpa Yupanqui con lo que iba a ser su libro de memorias. Un proyecto con título y todo: en la primera página, el hombre había escrito en mayúsculas, con el cuidado y la pulcritud de la gente de antes, Atahualpa Yupanqui - Este largo camino, y abajo, entre paréntesis, Memorias. El texto estaba corregido. Sobre algunos tramos de lo que había escrito con la máquina, había tachones y cambios de palabras hechos con lapicera. Era evidente que era un material pensado, releído y cuidado... y que era insuficiente para ser, así, solito, un libro. (Hoy sé que fue escrito por Yupanqui a fines de los ’70, cuando estaba pisando los 70 años, y también sé que nadie, ni su hijo siquiera, sabe por qué lo abandonó a poco de comenzar).

Lo cierto es que no sabía qué hacer con él, hasta que apareció Bob Dylan. Su libro Chronicles Vol. 1, ¡las memorias de Dylan!, que suponía que iba a contarlo todo, de punta a punta, obviamente con más detalle que todos los otros (mil) libros que se han publicado sobre su vida y su obra. Pero Crónicas tenía solo partes, no el todo. O sea, Dylan, el maestro, había elegido no solo la austeridad sino también la fragmentación para echar luz sobre algunos episodios de su historia, y con eso nos dijo el resto. Su Vol. 1 tiene cinco capítulos. Los dos primeros cuentan su llegada a Nueva York en 1961, cuando anhelaba introducirse en el mundillo folk del Greenwich Village, imantado por la figura de Woody Guthrie. Y después, como en “Tangled Up In Blue” y en tantas otras canciones suyas, desarma el relato cronológico: en el tercer capítulo nos abre las puertas de su refugio en Woodstock en los días en que intentaba sacarse de encima el rótulo de profeta generacional y hacía un disco modesto como New Morning; en el cuarto se detiene en el momento en que llega a tierra luego del naufragio de los ’80 y se encuentra con Daniel Lanois para hacer Oh Mercy, y en el quinto retorna, de un plumazo, a su primer tiempo en la Gran Manzana, en aquel preciso instante en que la nieve del invierno comienza a derretirse y él, joven apasionado, respira hondo porque tiene en el bolsillo de su saco un contrato discográfico, el primero. Eso es todo.

Entonces ese libro me sacó presión. Gracias a Dylan entendí que sólo tenía que ponerme a transcribir, sin querer abarcarlo todo, y que al final del recorrido, si había caminado adecuadamente, tendría un libro. Y ése es éste.

Accedí a estos escritos hace ocho años. Una tarde del verano del 2000 estaba en la casa de Cerro Colorado, escribiendo mi primer libro sobre Yupanqui, Cartas a Nenette, cuando el Coya, el hijo de Atahualpa, llegó con unos papeles que había reencontrado. Eran nada menos que el comienzo de las Memorias que su padre había empezado a escribir y un día abandonó. En ese momento me los dio.

A mediados del año pasado, viendo que se acercaba el centenario del nacimiento de Yupanqui (el aniversario preciso fue el 31 de enero pasado), pensé que era tiempo de empezar a trabajar en ese material. Fue entonces cuando pensé en Chronicles. Y lo que terminé haciendo fue transcribir el texto que estaba escrito, y sumarle a eso recuerdos que Yupanqui no tipeó sino que habló para autoentrevistas, reportajes y monólogos que quedaron grabados y nunca se publicaron.

El tempo, el tono y el estilo de lo que está en el libro son de Yupanqui por donde se lo mire. Todo eso lo fijó con esos primeros escritos suyos que llegaron a mis manos. El resto, o sea lo que me contó, hablando, lo escribí siguiendo esas pautas.

Aspiro a que el lector no pueda advertir hasta dónde escribió Yupanqui y desde dónde yo empecé a escribir sus cosas habladas.

¿Y qué tiene el libro? Lo que se anuncia. Recuerdos de Atahualpa Yupanqui que cuentan su paso por el mundo.

Los primeros hablan de su infancia y su adolescencia, algo de lo que poco se sabía. Su tiempo en Pergamino, donde nació y vivió hasta los siete años, su paso por Junín, donde aprendió sus primeras cositas en la guitarra. Luego, su primera juventud, sus viajes iniciáticos, ese momento que se hizo leyenda, esos años en los que caminó el país de verdad, casi como un trotamundos en su propia tierra, conociendo paisajes, gente y coplas populares.

Después hay de todo un poco (gracias, Bob). Sus pensamientos sobre la guitarra y el caballo, descripciones de lugares y personajes, recuerdos de cruces personales con figuras de la cultura mundial, conocidos como Pablo Neruda, Federico García Lorca y Nicolás Guillén, o no tan conocidos como José Bergamín o Domingo Zerpa.

Y el final también me lo dio Yupanqui como por una casualidad que yo sé que no fue tal. En una de las cajas donde el Coya guardó las cinco mil cartas de su papá a su mamá en los 50 años que compartieron –eso es lo que compilé en Cartas a Nenette–, encontré varios manuscritos que no eran cartas ni poemas ni letras de canciones. Uno de ellos era una autodescripción: Yupanqui por Yupanqui, de puño y letra. Recuerdo perfectamente con qué entusiasmo leí eso por primera vez, un mediodía al borde del río Los Tártagos, en el Cerro. “Soy un argentino, cantor de artes olvidadas, que se desvela caminando por el mundo para que los pueblos de la tierra no olviden el mensaje sereno y fraternal de los hombres de mi patria.” Hermoso. “Amo la naturaleza. Amo a Juan Sebastián Bach. Amo al árbol, al viento y al caballo. Y abrigo un anhelo, para mí profundo y soñado. El de sumarme un día a la legión de los Anónimos, sin nombre, sin imagen, sin historia personal. Sólo un canto de amor y de paz que el viento lleva hacia un mundo de hermanos.”

Ese texto lo guardé bien guardado para usarlo algún día en un lugar adecuado a su belleza. Y ahora lo puse al final del libro.

El cierre de las Memorias, ése era el lugar, don Ata.

Martín Fierro para todos

Pepe Podestá, Pepino el 88, un verdadero gaucho, uruguayo él, fue el hombre que difundió el Martín Fierro a través de sus refranes y regalando libros, como se hacía en un tiempo. Por ejemplo alguien compraba una lata de aceite de cinco litros que venía para el campo, porque no se podía comprar la pequeña latita sino que se compraba la quincena, se iba un sulky con dos jarganas, con dos álgaras, dos bolsas, y del almacén se llevaba cinco litros de aceite y ocho kilos de yerba, y de regalo un ejemplar del Martín Fierro.

En aquel tiempo, era un compromiso de regalar que tenían tal vez los editores. Eso en todo el país, de Córdoba y Tucumán a la pampa, nuestra pampa. Una cosa ejemplar y hermosa. No había el interés de vender sino de difundir la poesía popular. Gracias a eso se difundió tanto el Martín Fierro, que todo el mundo conocía a manera de moraleja, de refrán, de consejos o de protestas. Era una buena condición ésa.

De Ushuaia a la Quiaca

El hombre de la montaña es supersticioso porque la montaña le va creando voces, le devuelve voces que no esperaba. El hombre del sur habla fuerte. En Chascomús, en Pringles o en Bragado, un paisano entra a un boliche y pide: “Che, gallego, servime una ginebra, querés”. En cambio, en el norte dicen: “Me da un vinito, señor”. Bajito, porque si grita, el eco lo asusta. El del sur pega el grito, parece que ordenara de a caballo nomás.

El indio montañés, o sea paisano-paisano de la montaña, tiene una serie de miedos que no puede dominar. Por ejemplo, el sol pasa a las diez de la mañana. Cuando sube y pasa la montaña, es un precioso día de sol, pero a las cinco de la tarde pasa el Oeste, se esconde detrás de la última cumbre y se va. ¿Adónde se va? ¿Adónde va a morir? El indio montañés no lo ve, sabe que el sol se apaga y se va, y que la tarde se pone triste y se hace la noche. Igual la luna. Sale en un momento, la ve pasar hermosa y después se va a morir cuando ha pasado la cumbre.

Piedras

Tanto vivir entre piedras,
yo creí que conversaban.
Voces no he sentido nunca,
pero el alma no me engaña.

Algún algo han de tener
aunque parezcan calladas.
No en vano ha llenado Dios
de secretos la montaña.

Algo se dicen las piedras.
A mí no me engaña el alma.
Temblor, sombra o qué sé yo,
igual que si conversaran.

Ah, si pudiera algún día
vivir así, sin palabras.

El secreto del silencio

El gaucho sabe del silencio. El señor Castellanos que vivía en Ballesteros, Córdoba, me dijo: “El hombre no se callaba, no se callaba, y yo tenía unas ganas de conocerlo... Pero no se callaba”.

Castellanos esperaba que se callara, que hiciera un gesto, que le aceptara un cigarro para ver cómo lo prendía y qué pensaba.

Siempre he pensado en el silencio. Una vez casi me volví loco buscando un silencio, buscando un tono que sea la representación del silencio en la guitarra. Primero buscaba en la bordona, pero esa cuerda no me decía mucho desde el punto de vista melódico. ¿Será un tono o dos tonos juntos, o una melodía, cómo será? Después busqué en la quinta y en la cuarta, en las otras cuerdas no, porque son muy hablantinas. Busqué algo que la gente diga: “Eso es como el silencio”. Hice la “Vidala del silencio”, la toqué bien gravemente, la toqué muchas veces, la toco siempre. Pero solamente para mí es la vidala del silencio, nunca oí a alguien que dijera “cierto, ahí hay algo del silencio”.

Preso por Gardel

Caminé aquel Buenos Aires anterior al año ’30. Escuché, desde la vereda de la angosta calle Corrientes, a casi todas las orquestas de la capital. Caminaba la noche por todos los barrios buscando trabajo, estableciendo relaciones con cantores y guitarristas, con periodistas, con provincianos nobles y también con otra clase de gente: conocí la amistad y la ayuda de rateros, de ladrones de tranvías, de carteristas, de gente “calavera”.

Hacía menos de una semana que estaba en la gran ciudad cuando conocí el calabozo de una comisaría. Yo ganaba mi vida tocando la guitarra, sin cantar, en los boliches de Avellaneda, de Puente Alsina, de Boedo y Chiclana, del Bajo Belgrano. Dondequiera que me daban permiso, me sentaba entre parroquianos, obreros, gente de paso de las tabernas sin importancia, y tocaba la guitarra. No esperaba ni exigía silencio. Sólo tocaba, y siempre en forma confidencial, sin bulla en el instrumento, sin brillantez alguna. De treinta personas, seis me alcanzaban una moneda. Y cuando me ofrecían un trago de algo, yo, que en aquellos años no bebía nada de alcohol, pedía un vaso de leche. Era mi alimento, mi solo alimento.

Usaba una pequeña guitarra desprotegida. No tenía estuche o cofre para guardarla. Una noche, en la calle Corrientes que crujía como terremoto cuando pasaba un verde tranvía Lacroze (que muchas veces me sirvió de dormitorio a cinco centavos el viaje “de obrero”), llegué hasta la pieza de un amigo y le confié la guitarra por esa noche solamente. Tenía un pedazo de queso y un vaso de leche, y con el peso restante hice un gasto extraordinario: me fui al teatro de la calle Esmeralda a escuchar a Carlos Gardel, que había llegado de Europa. Disfruté enormemente durante casi dos horas.

Yo, que nunca fui tanguero, que jamás aprendí a tocar un pedacito de tango, recibí con fuerte emoción la voz de Gardel, su acento, su forma de marcar las palabras, su temperamento, su simpatía desbordante, su calidad de artista nacido para producir, en ese género, la más pura belleza popular.

Como decía mi amigo Reguera, “engordé de emoción escuchando cantar”. Me paré a medianoche en la vereda de “Los 36 billares”. Llegaba hasta la calle el rumor de los bandoneones del bar vecino. Eran Aieta, o Minotto, o los hermanos Scarpino, o Vardaro-Pugliese.

Un rato después, con amigos de caras emocionadas y felices, pasaba con paso lento don Carlos Gardel. Todos lo saludaban al pasar. Gardel era como Buenos Aires después de haberse confesado, con penas y nostalgias, con rabias y amores. El alma de la ciudad cabía en él, honrosamente. Yo me había quedado sin un centavo, estaba cansado pero feliz, conmovido, agradecido de la noche. Había ganado la noche. Nada perturbaba mi mundo sensible. ¡Qué noche memorable!

Caminando por la calle Lavalle, llegué hasta el teatro Colón. Frente a él, la plaza Lavalle. Me senté a descansar, a ordenar mis adentros. Y sin darme cuenta, me quedé dormido. No sé cuánto rato le concedí al sueño. Pero una mano firme me tocó el hombro. Era un policía, y creo que serían ya las tres de la madrugada. El hombre me pidió documentos. Se los mostré. Me los devolvió enseguida, diciéndome: “Acompáñame”. Y me llevó a la seccional tercera de la Policía. Allí expliqué los asuntos de mis pobres trabajos y justifiqué, con el billete del teatro, las horas anteriores. Pero me tuvieron hasta el mediodía siguiente. Me dejaron libre con un consejo serio: “Aquí no queremos vagos”.

Salí lleno de vergüenza y rescaté mi guitarra de la pieza de Páez, hombre de la noche, que dormía como un lirón. Y me fui a los barrios, buscando tabernas para ganarme la vida.

Mi padre y su Smith & Wesson

Mi padre llegaba y muchas veces le ha dicho a la mamá algo como “qué día bravo de calor, hacía tiempo que no bebía como hoy”.

“¿Mucho?”, le preguntaba ella con toda tranquilidad, porque sabía quién era, sabía qué hombre había en casa.

“Sí, mucho, casi siete sifones.” Casi siete sifones, se tomaba siete sifones de soda y era una barbaridad de beber. Y lo decía no con gracia sino con naturalidad. Era su manera de ser.

Decía: “La fuerza está en el alma, no en la botella”. Una linda frase y a la vez un buen consejo para mucha gente.

También tenía actitudes un poco agresivas. Insolentes. Alguna vez, en la estación de tren en la que trabajaba, le dijeron: “¿Aquí hay libros de quejas?” “Sí, señor”, contestó.

“Démelo.” Se lo dijo con grosería, con torpeza. El señor pidió imperiosamente: “Páseme el libro, pásemelo ya”.

Y él le dijo: “Cómo no”. Estaba en la ventanilla, donde se entregan los boletos. Entonces abre un cajón y saca un revólver Smith & Wesson y se lo entrega. Y le dice: “Tome, quéjese”. Se lo dio y bajó la cabeza.

Luego le decía a mi madre: “Hice como que escribía, porque no quise ver pa’ qué lado tiraba el hombre. Y cuando levanté la cabeza, medio minuto después, no estaba más el hombre. Estaba el revólver y el hombre se había ido”.

Acechado por Perón

En el tiempo en que hice mi casa del Cerro, estaba en una lucha de resistencia antifascista, así que me costaba ganarme la vida. La hice con mi familia a mano, y con un amigo que me fiaba, Lindolfo Bayán. Tejas, ladrillos, dos mil quinientas piedras. Todo fiado. “Pague cuando pueda”, me había dicho.

Mi orden de trabajo estaba muy limitado. Siempre encontraba un no redondo. O dudas. “Véame en quince días, vamos a ver qué hacemos, qué se puede hacer.” Y pasaba el tiempo y mi pobreza era grande. Ahí nació mi hijo.

Pagué la casa de a poco. A los que me ayudaron, les debo mi gratitud. Y era gente que no me conocía mucho. Hombres como Jesús Luna. Como Samuel Ramírez.

Más de una vez, cuando amenazaban con quemarme la casa, aquí la familia ha visto un cigarrillo en medio del monte, a las tres o cuatro de la mañana, y no era alguien por atropellar, sino Samuel Ramírez con algún amigo cuidando mi casa, porque yo estaba preso.

Nunca me lo dijeron, yo lo supe por una señora, meses después. El nunca me dijo “era yo”. Ni lo va a decir. Porque es un criollo, un paisano. Lo que decía mi padre: “Paisano es el que tiene país adentro”. Ese hombre tiene país adentro. Con recato, con pudor, con coraje para vivir una pobreza linda y libre. Eso es hermoso. Y ejemplo.

Mi nombre es todo lo que tengo

Era yo un muchachito, introvertido, pobre y solitario, cuando comencé a firmar ingenuos versos con este nombre que hoy me lleva por el mundo, sacrificadamente, que me aleja de la pampa y después me la entrega, sagrada y alta, como un cáliz en el rito.

Yupanqui: “has de contar”, “narrarás”. Tal la sentencia de los Amautas en la lengua granítica del Ande. Así, la lectura de tales tradiciones auspició mis vigilias de adolescente.

Pero, ¿qué podía yo narrar a los quince años, si el universo tendía sus fronteras a seis leguas justas de la puerta de mis padres? ¿Cómo entender la enorme dimensión de una voz que reclama los arduos trabajos, paciente aprendizaje con ancianos de cobrizo rostro, meditar bajo misteriosas constelaciones, usar en las montañas una piedra como almohada, tañer una flauta de caña sin lastimar al silencio, oír una guitarra donde la tierra guarde sus secretas leyendas?

Así, mientras caminaba la Patria aprendiendo a entenderla, me di a la difícil tarea de honrarme cantándola.

Así, pasé cincuenta años rastreando, en danzas y melodías, el dolor y la gracia de los pueblos.

“Has de contar...” “Narrarás...”

Recién ahora, en el otoño de mi existencia, con muy largos caminos andados, con muchas noches sin poncho, puedo asumir el Destino de este nombre que me lleva con él, mundo afuera y mundo adentro. Recién ahora, pausadamente y con amor sereno, puedo decir: “Había una vez...”. Y empezar a contar.

Entre el Cuzco y el Tíbet

La guitarra me llevó por el mundo. Una vez llegué cerca de los Cárpatos, a Hungría. Llegué a Budapest, invitado por el Ministerio de Artes y Letras, porque allá se habían enterado de mi deseo de escuchar y de aprender algo sobre los violinistas zíngaros, tan famosos en la infancia de tantos muchachos de mi generación. Todos los adolescentes queríamos saber sobre las czardas y los romances, pero sobre todo los violinistas. Me acicateaba la curiosidad por saber qué había en la música popular húngara, de gitanos, sabiendo que el ochenta por ciento de los húngaros, sobre todo la gente de raza gitana, tocaba violín. Yo pensaba cómo tratarían ellos la cosa popular, qué dirían del caballo, cuántas canciones tendrían sobre caballos, sobre cabalgatas, sobre las noches en las serranías, en sus llanuras, en su Danubio, qué dirían de la Transilvania de los caballos, de la tradición de los jinetes. Eso me llevó por allí, a gestionar, a preguntar cosas a la gente.

Para eso me ayudaron algunos poetas. Por ejemplo, un francés, Paul Eluard.

Así llegué a Budapest, donde encontré la cordialidad y la amplitud del doctor Chabault Givense, que no era médico ni abogado ni veterinario, sino doctor en música. Nada menos. Un hombre que conocía profundamente la música del universo. Todo lo sabía. Su enorme biblioteca era música.

Me acerqué a su casa y me recibió cordialmente. Me dijo: “Tú te dedicas a la cosa antigua” y yo le dije: “Hasta donde conozco... Porque no conozco lo muy antiguo, no soy ni siquiera un serio aprendiz de música, soy un tocador de guitarra del campo. Pretendo ser del campo, me gusta serlo, lo siento. Así soy y así me presento”. Entonces me pidió que tocara algo que creyera que era antiguo y que me gustara.

Ahí me acordé de la “Pastoral india” que había aprendido el maestro Carlos Vega de un pastor de catorce años en Jujuy. El chico dejaba a sus llamas a buen cuidado, se sentaba en la puerta del corral y hacía sonar su quena. Durante dos minutos, hacía sonar una rara melodía que el profesor Vega anotó toda y para no interrumpir al chico su condición de solitario que se protegía con la música, no le preguntó nada. Ni el nombre de esa música. Entonces Vega le puso “Pastoral india”, porque el chico era un pastor de llamas. Yo la aprendí, luego de que Carlos Vega me corrigiera bastante, y llevaba con mucho orgullo esos tres minutos de música desolada de Los Andes. Y con conciencia de que no estaba equivocando a nadie, la toqué ante el maestro Chabault Givense. Varias veces. Hasta que me dijo que la tocara hasta donde me dijera, y habré tocado diez, doce compases, y me detuvo. Fue hasta su biblioteca, recogió su índice, buscó y encontró un tema. Me preguntó cuándo había encontrado esa música y yo le dije: “Hace unos quince años, más o menos, que la conozco, me la pasó el maestro Carlos Vega”. Y él me dijo: “Te voy a dar algo que tengo desde hace muchos años”. Y buscó su tema, lo puso en el piano: “Este tema está escogido en las montañas de los Cárpatos, de Austria-Hungría”. Era un pequeño romance llamado “Madre, no me mandes a la guerra”, casi exactamente igual a la “Pastoral”. La pentatónica estaba presente, los tonos enteros, los cinco tonos enteros de la escala pentatónica andina que creíamos orgullosamente americana, quechua, y nada más que de acá. Y no, era universal.

Me dijo Chabault Givense: “Esto, la pentatónica, viene del Tíbet. Por algo Béla Bartok se fue con su maestro, el director de su Conservatorio, a pie lleno y de pobrezas a encontrar la raíz de la pentatónica”. Y estaba en Transilvania, me dijo, cuando encontró canciones pentatónicas de ese folklore que son igualitas a las canciones de Bolivia, Salta y Jujuy.

Guitarra, vas a cantar

Por Diego Fischerman

Son seis canciones. Las grabaciones fueron patrocinadas por la agrupación tradicionalista El Mangruyo, de Rosario, y los tres discos de 78 rpm que las incluyeron, en 1936, llevaban el sello Odeón Mangruyo. Todavía faltaba para que Atahualpa Yupanqui, prohibido por el peronismo, debiera exiliarse. Y no era el tiempo, aún, de que esas seis canciones se convirtieran en mito. En rigor, más allá de lo inhallables que resultaban estas tomas en particular, hoy rescatadas en el exquisito cd que acompaña el libro con sus memorias, es muy poco lo que se puede escuchar de Yupanqui: el álbum doble editado por Lantower, con grabaciones de su primera época, el que publicó Melopea con solos de guitarra, los volúmenes que en su momento editó Página/12 con sus grabaciones francesas y algunos discos con “grandes éxitos”. La fama de su nombre y el peso de su leyenda contrastan con lo desconocido de su obra. Entre estas seis canciones hay una, sobre todo, el estilo “Mangruyando”, que pone en escena, en todo caso, el porqué de la fama y la leyenda. Allí no está ni lo más aparente ni lo más bastardeado. No está su voz cascada desde siempre ni la inteligencia de una poesía de elaboradísima sencillez. Allí, Yupanqui apenas toca la guitarra. Toca con esa claridad para delinear la melodía y el acompañamiento, con esa perfecta delimitación de planos, y ese sonido –y ese vibrato característico– que tal vez delate su paso por el violín y que atraviesa toda su obra. El espesor de esas líneas puras, la comunicatividad y la delicadeza del fraseo, son sorprendentes. “En un tiempo, antes de ser guitarra, antes de que la madera fuera ahuecada, la guitarra fue simplemente un trozo de un árbol. Integró el cuerpo de un árbol determinado, un abeto azul, un jacarandá. Y ese árbol no era solitario, no estaba solo en una colina, sino que formaba parte de una pequeña selva, de eso que llamamos monte”, comienza Yupanqui su capítulo dedicado a ese instrumento. Y si nadie pudo tocar la guitarra como él, aun después de haberlo escuchado y de que su manera de tocar se incorporara al folklore de lo que sus cultores llamaron “folklore”, hay que pensar que en 1936 ni siquiera existía una referencia brindada por él mismo. Yupanqui entendía su sonido y lo buscaba donde nadie antes lo había hecho. En ese árbol del que la guitarra había formado parte, Yupanqui reconocía la vecindad “de otros de todo tipo y especie”. Allí, decía, “vivía la guitarra antes de ser guitarra”. Y concluía: “Ese pedazo de madera integrante de la selva tiene que haber recibido un gorjeo de algún ave... Toda la selva recibió el cántico de pájaros a lo largo de los años... El cántico del ave ha sido siempre el elemento. Y a la madera se le ha recontrapenetrado ese cántico”. Podría pensarse que, sencillamente, Yupanqui sabía de la existencia de ese elemento y sabía cómo encontrarlo.

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