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Domingo, 13 de abril de 2008

DESPEDIDAS > UNA PALADA DE TIERRA SOBRE CHARLTON HESTON

Odiamos tanto a Heston

Charlton Heston era todo lo que espera esa parte de Hollywood que no espera nada más que éxito: un actor viril, con pinta de macho y sonrisa sobradora, siempre dispuesto a la superproducción y a la grandilocuencia CinemaScope. Así, no tuvo empacho en ser Moisés, Miguel Angel, Ben-Hur y el último humano sobre la Tierra con la misma facilidad monocorde. En sus últimos años, ya retirado, devino un militante de derecha y férreo defensor del derecho a portar armas: un papel en el que el mundo lo recordará gracias la entrevista que le hizo Michael Moore en Bowling for Columbine. La semana pasada murió a los 81 años. El mundo, siempre afecto a mezclar longevidad y leyenda, lo despidió con fanfarrias dignas de sus superproducciones. José Pablo Feinmann también echa un puñado de tierra, pero no sólo sobre su tumba, sino también sobre su figura.

 Por José Pablo Feinmann

Representó lo peor de Hollywood. Las películas épicas, en CinemaScope, con despliegue de extras, y su protagonismo siempre repetido: podía ser Moisés, Ben-Hur, el general Gordon y hasta Miguel Angel, que no variaba su pinta de macho-man, su porte espectacular, su sonrisa ganadora o sus caras trágicas que nunca llegaban a serlo. No hizo una sola película buena. O decididamente buena. Salvo una, Sed de Mal, y la película era buena a pesar de él. Aquí, es justo decirlo, condicionó su actuación a que Welles dirigiera el film. Tim Burton, en Ed Wood, comete una injusticia con él. Vincent D’Onofrio, que hace Welles, se encuentra en un bar con Ed Wood. Todo está claro y sabemos por qué Burton filma ese encuentro: el mejor director de cine charla de sus problemas con el peor, que le dice que tiene los mismos. Welles, que está por filmar Sed de Mal, le dice que los productores le han impuesto a Charlton Heston para que haga de mexicano. Heston, según es habitual, es el peor del reparto, Welles se roba la película de punta a rabo, y, además, la inicia con un plano secuencia que se extiende hasta más allá de los tres minutos. Pero Heston lo puso en la dirección. Algo bueno hizo. Después, su personaje de policía mexicano, llamado previsiblemente Vargas, lo hace como siempre. Tenía cierta potencia física. En Hollywood, una de las pruebas para saber si un actor rendirá en la taquilla es si “llena la pantalla”. Heston lo hacía.

Estuvo correcto en ¡Marabunta! (The Naked Jungle, 1954). Peleaba contra las hormigas y se traía una esposa a la plantación. No se conocían. La primera noche ella le confiesa que ha tenido dos maridos. Y él se enfurece: ¿qué se trajo a casa? Le dice: “Cuando compré el piano que tengo en la sala me aseguré de que fuera nuevo”. Y ella (Eleanor Parker, muy sexy aquí) responde: “Si usted supiera algo de pianos, sabría que cuanto más uso tienen mejor suenan”. Esta explicación musical no deja inicialmente satisfecho a Heston. ¿Cuánto uso tiene el piano que ahora se ha comprado? Todo se arregla: el piano suena tan bien que se olvida de todo. Menos de las hormigas, ya que, en rigor, son ellas las que no se olvidan de él. ¡Marabunta! no carece de nada. Sudamérica, calor, macho-Heston, sexy-Parker y la muerte de un tipo que está durmiendo (ya se sabe: en los films de Hollywood los latinoamericanos se la pasan durmiendo) y de pronto descubre que las feroces hormigas coloradas ya han trepado hasta más allá de sus rodillas. Es horrible.

Hizo la espantosa película de Cecil B. De Mille El espectáculo más grande del mundo. Que se ganó un Oscar a la mejor película. Era el que manejaba el circo. Casi siempre lo hizo, de una u otra manera. Nada salvaba este fárrago. De De Mille se cuenta que gritaba: “Pongan cien extras allá, doscientos allá, leones y panteras cerca de los domadores, levanten la carpa del circo, monos en sus jaulas...” Hasta que un asistente le pregunta: “Señor De Mille: la cámara, ¿dónde la ponemos?”.

En Los Diez Mandamientos, de 1956, vuelve a trabajar con De Mille y hace su célebre retrato de Moisés. Se detiene frente a las aguas, extiende sus brazos y las aguas se separan, se abren para que pase el pueblo de Israel. Después vienen los egipcios y, confiados, buscan atravesar esas aguas que tan curiosa pero evidentemente se han abierto. Están en el medio y las enormes olas contenidas por Moisés se vuelve a unir liquidando al entero ejército de egipcios. En una escena memorable, una de las escenas más ridículas de la historia del cine, Yul Brynner, que era todavía peor que Heston, es tomado por De Mille sentado en su trono y mirando fijamente hacia adelante (aunque no a cámara). A su lado, atribulada, la pobre Anne Baxter, muy lejos de Mankiewicz. Brynner, entonces, dice: “Su Dios es Dios”. Sin comentarios. Heston volvió a hacer de Moisés en una curiosa pero atractiva secuencia del dilatado film de Leonardo Favio, Perón, sinfonía de un sentimiento. Durante todo el film hay unas olas que van de un lado a otro. De pronto se lo ve, de espaldas, a Perón que camina hacia la Casa Rosada. A su paso... las aguas se abren. Perón va vestido de militar y se pone su gorra, sigue caminando y llega a la Rosada. Como sólo lo vemos de espaldas cabe conjeturar que el papel lo hizo Heston y que es uno de sus mejores. Ese Perón-Moisés es otro de esos momentos en que el kitsch llega a dimensiones inexpresables. Así son los genios.

Después hizo Ben-Hur, dirigido por William Wyler. Era lo mismo. Era Moisés en las carreras de las cuadrigas romanas, compitiendo con Mesala, el pésimo Stephen Boyd. Siempre el mismo lomo, el CinemaScope, la gran producción, la película destinada a ganar millones. Nunca figuró entre los diez actores elegidos por los espectadores yankis. Pero esto no debiera erosionar su dudosa gloria, porque durante tres años esas listas las encabezó ¡Glenn Ford! Que tenía una o dos caras más que Heston. En 1958, un año antes de Ben-Hur no estuvo mal en Horizontes de grandeza, otra vez bajo las órdenes de Wyler. Hay una escena memorable: Charles Bickford (éste sí era un actor), que es el jefe de los que van a enfrentar a los de Burl Ives, dice que él va a entrar en ese desfiladero aunque corra el riesgo de que hombres escondidos tras las rocas le tiendan una emboscada. “Si nadie me acompaña, voy solo”, dice. Entra en el desfiladero. Avanza al paso, pero no lentamente. Wyler pone la cámara en la cara de Bickford. Se oye, detrás de él, el galope de un caballo: es Heston, que se pone a su lado. Luego, de a poco, van llegando los demás. Bickford, tenuemente, sonríe. Bellísima escena. Hizo de Andrew Jackson en El bucanero, un film horrible que dirigió ¡Anthony Quinn! ¿Se imaginan a Anthony Quinn dirigiendo a Charlton Heston? El genio de la sobreactuación y el genio de lo meramente exterior. Además, en la película estaba Yul Brynner haciendo del bucanero Lafitte. Un día que quieran reírse un poco véanla.

Y llegamos a Kartoum (1966). Aquí Heston encarna al muy colonialista General Gordon. No está mal. Pero gana porque el otro actor del film lo supera con una monstruosa sobreactuación. De Laurence Olivier no voy a decir mucho, no sea que después armen un foro en Internet y me llenen de insultos. Se trata de un milagro del showbusiness. En Rebeca está pésimo. Su Hamlet es inferior al que hicieron muchos otros. John Gielgud (ese genio) decía: “Sí, he visto a Larry haciendo Hamlet. Me pregunto por qué da esos saltos enormes sobre el escenario”. Estaba bien en Maratón de la muerte. Pero, en Kartoum, qué puedo decirles. El hombre venía de Londres. Acababa de hacer Otelo, que, se sabe, es una pieza de Shakespeare protagonizada por un moro, el moro de Venecia. El tipo da oscurito. En Kartoum Olivier recibe el papel del fundamentalista El Mahdi, también de tez oscura. Lo pintarrajean con cierta exageración. Pero éste no es el problema. El problema es que Olivier hace de El Mahdi como hizo de... Otelo. Es muy divertido. Habla y al hacerlo saca la lengua, al menos hasta que se la vemos. Hace cosas con las manos. Habla con un acento rarísimo. “El horror... El horror...” Aquí, Heston, con sólo su planta y un bigote y algunas canas lo supera de lejos. ¿Observaron que siempre que un mal actor se pone un bigote todos lo consideran más seriamente?

Después, El planeta de los simios. Estaba casi desnudo toda la película. Acaso en La agonía y el éxtasis logra algunos momentos. Pero sólo eso. También hizo El Cid, pésimos él y Sophia Loren y el formidable Anthony Mann trabajando por los dólares. Y luego, para completar, el cuadro: ¡el cine catástrofe! Hizo Aeropuerto 75, con un all star cast como se hacían estos bodrios. Y hasta estaba Gloria Swanson, que hizo su parte y se fue de este mundo. Pero, ¡ah, pero!, la valiente azafata Karen Black (actriz aniquilada y despreciada y desvalorada por Hollywood) toma el comando del avión, que ha sido embestido por una avioneta que conducía Dana Andrews (¿alguien podrá decir cómo fue posible que este actor con cara de lechuga haya hecho tantas y hasta tan buenas películas?). Nadie explica por qué una avioneta volaba tal alto como el Boeing del all star cast. Pero lo choca, toda la tripulación muere y Karen Black se pone a manejar al monstruo, para aterrizarlo. El que le da instrucciones es Charlton Heston. Es sublime, para lagrimear, el momento en que él advierte que ella está haciendo bien las cosas, y le dice: “I love you”. La dirigió (horriblemente) Jack Smight, que había hecho cosas mejores. De Terremoto mejor ni hablo.

En suma, cualquiera de los actores importantes de Hollywood tiene por lo menos dos o tres formidables películas para exhibir en su curriculum. Heston, no. Hace poco murió Widmark, y los diarios, siempre atados a la fama fácil de las superestrellas, le dieron más espacio. No importa: Heston nunca habría podido hacer El beso de la muerte o Siniestra obsesión o El rata o Juicio en Nuremberg o Madigan. Widmark era un actor y, además, un liberal, un pacifista que odiaba las armas de fuego. Heston, para coronar su camino desangelado, fue un fascista, propagandista de las armas para la defensa personal, un tipo que se presentaba en lugares públicos, ante mucha gente y alzaba un rifle y gritaba: “Tenemos derecho a defendernos”. Michael Moore lo filmó, le hizo un reportaje desenmascarador y le dejó en su casa la foto de un niño asesinado por otro en un colegio. En tanto, Heston se alejaba caminando dificultosamente.

Es todo. No lloraremos su muerte. Murió como todos vamos a morir. Era un mal actor y un mal tipo. Lo favoreció la pinta de atleta que tenía. Una estampa para las superproducciones, que, en su mayoría, son pésimas. No le podemos decir que no descanse en paz. O algo más horrible, algo tipo Edgar Poe: que el gusano conquistador te morfe lentamente, Charlton. Pero sería inútil. El que se muere se muere y listo. Sólo podemos asegurarle que si espera permanecer en nuestro recuerdo se equivoca. No bien ponga punto final a este texto me olvidaré de él para siempre. ¿Me excedí en la crudeza de estas líneas destinadas a un tipo que, al fin y al cabo, estiró la pata y todos quienes la estiran merecen respeto? Es posible. Pero no había otra posibilidad. Heston era excesivo. Tenía un físico excesivo, hacía películas excesivas, amaba excesivamente la violencia. Y era, sobre todo, un excesivo mal actor.

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