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Domingo, 10 de agosto de 2008

Hollywood también piensa

¿Pueden Spencer Tracy y Katharine Hepburn llevarnos a Aristóteles? O mejor todavía: ¿puede Aristóteles tener algo que decir acerca de Spencer Tracy y Katharine Hepburn en La costilla de Adán? Para Stanley Cavell, sí. Y justamente por eso, en El cine, ¿puede hacernos mejores? (Katz) se dedica una vez más a eso que considera se hace poco en su país: pensar las grandes ideas detrás del entretenimiento de Hollywood.

 Por Mariano Kairuz

Stanley Cavell (Atlanta, 1926) ya tenía publicado un libro importante sobre el valor de las ideas en el cine y acerca del cine: La búsqueda de la felicidad: la comedia de enredo matrimonial en Hollywood (de 1981; en castellano por Paidós, 1999). Para aquel ensayo decidió concentrarse en un grupo de comedias norteamericanas de los años ’30 y ’40 que no respondían al esquema clásico de chico-conoce-chica, sino que trataban sobre una pareja ya formada, el matrimonio ya consumado, y sobre los obstáculos que se les presentan a los amantes para reencontrarse, redescubrirse y reafirmarse como pareja. Un dato fundamental es que el conjunto de comedias sobre el que trabajó Cavell no era un seleccionado de obras maestras secretas, sino siete films bastante populares: Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940, con Katharine Hepburn y Cary Grant), La adorable revoltosa (Howard Hawks, 1938, Hepburn y Grant), La costilla de Adán (George Cukor, 1949, con Hepburn y Spencer Tracy), La pícara puritana (Leo McCarey, 1937, con Grant e Irene Dunne), His Girl Friday (Howard Hawks, 1949, con Grant y Rosalind Russell), Las tres noches de Eva (Preston Sturges, 1941, con Barbara Stanwyck y Henry Fonda) y Sucedió una noche (Frank Capra, 1934, con Clark Gable y Claudette Colbert). Según ha contado Cavell, son de aquellas películas que en una época de su vida consiguieron sacarle tiempo de sus estudios universitarios (musicales primero, luego en filosofía), las que más se quedaron con él, las que impregnaron su memoria desde una juventud en que fue arrebatado por el impulso de ver más y más, y aquellas que resistieron nuevas visiones muchos años más tarde, cuando pasó de ser alumno a profesor. Esas películas y esa tesis –la de que hay ideas valiosas sobre nuestro comportamiento personal, amoroso, social y moral en general en esas películas que fueron concebidas principalmente como entretenimiento– vuelven a ser el centro de varios de los ensayos que componen su nuevo libro El cine, ¿puede hacernos mejores?, flamante lanzamiento en castellano de Katz Editores.

Una de las premisas esenciales sobre las que avanza esta nueva serie de reflexiones de Cavell es la de que los intelectuales norteamericanos no parecen haberse dedicado lo suficiente a pensar en las películas producidas en su propio país, pero que a su vez cuentan con una gran ventaja para hacerlo; según lo enuncia en el primer capítulo de su libro, El pensamiento del cine: “Los norteamericanos disponen, a modo de herencia cultural común, de una capacidad para pasar de lo alto a lo vulgar y viceversa, preocupándose tanto por lo uno como por lo otro y aun desde un punto de vista opuesto”. Y a partir de ahí, Cavell acude a Thoreau, a Emerson (y también a Wittgenstein y a Nietzche) para abordar un grupo de películas norteamericanas clásicas (aunque también atienda, en algún texto, a Shakespeare y a Eric Rohmer, con sus respectivos “cuentos de invierno”) y elegidas sobre uno de los criterios de selección más nobles posibles. Películas que eran y siguen siendo disfrutables y que además dicen cosas sobre el mundo. Que piensan y permiten pensar. Cómo una escena en la que Spencer Tracy le da “una palmada en el trasero desnudo a Katharine Hepburn” (La costilla de Adán) puede dar pie a un análisis sobre el “perfeccionismo emersoniano”, sobre nuestra “necesidad ineluctablemente humana de hablar” y sobre el imperativo moral del lenguaje según Aristóteles: ahí está la habilidad de Cavell y su capacidad para tomarse en serio películas que no siempre fueron tomadas en serio. Tanto y no menos de lo que se toma en serio Persona, de Bergman, otra película por la que declara una fascinación incondicional.

A la pregunta que hace en el título de su nuevo libro, El cine, ¿puede hacernos mejores?, entonces, la respuesta se desprende de la existencia misma de sus textos, de su capacidad de pensar a partir del cine-entretenimiento, con las películas y no necesariamente por arriba de ellas. Y por lo tanto es una respuesta positiva, optimista, feliz.

El cine, ¿puede hacernos mejores?
Stanley Cavell
Katz Editores
234 páginas

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