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Domingo, 1 de marzo de 2009

PERSONAJES > ROSARIO DAWSON, EL HURACAN HORMONAL EN CARTEL POR PARTIDA DOBLE

Rosario siempre estuvo cerca

 Por Mariano Kairuz

La encontró Larry Clark a los 15 años, riendo estruendosamente en la puerta del departamento de Manhattan en el que vivía con sus padres, y la puso en su película Kids. Fueron poco más que un par de escenas en las que su personaje, Ruby –que declaraba 17 años– contagiaba el furioso y a la vez un poco alienado entusiasmo con que les decía a sus amigas lo mucho que “¡me gusta coger!”. En otra escena iba, acompañada de una también muy joven Chloe Sévigny, a hacerse un test de enfermedades de transmisión sexual. Fue después de esa irrupción contundente e inesperada en el cine que Rosario Dawson, que hasta entonces tenía pensado estudiar biología marina, se metió en el instituto Lee Strasberg. Pronto estuvo en manos de Spike Lee, que había quedado un poco idiota del shock ante aquella precoz máquina sexual que según ella –lloren, chicos, lloren– no era ni es en la vida real.

Lo cierto es que en estos 14 años Rosario apareció en cerca de 40 películas, y que en la mayoría de ellas su entrada fue una suerte de huracán erótico: una versión más madura y elegante de aquella cara franca y espontánea que mostró en la película de Larry Clark y, ahora sí, un cuerpo contundente capaz de llenar la pantalla en un puñado de –ya que no películas– al menos, escenas memorables. Como la primera de todas, una marca que hasta ahora no pudo superar: Naturelle, la novia del dealer interpretado por Edward Norton en La hora 25, de Spike Lee, con ese vestido plateado que la hacía parecer algo llegado de otro mundo. Brillante, enceguecedor, ese vestido destelló en cada curva de Naturelle (sí, se llamaba así) quemando las retinas de quienes aún no la conocían. Aunque para muchos de sus fans más onanistas –que son, hay que decirlo, su base de seguidores más sólida– aquella visión luminosa compitió con otra escena de la misma película, en la que Lee la hizo hamacarse en una plaza vestida de colegiala. Demasiado obvio.

Dentro de un star system que todavía parece tener un cupo racial, Rosario exhibe orgullosa su cóctel afrocubano-irlandés, se hizo un lugar con gracia –esa cara franca de enorme sonrisa y labios carnosos– como “The Hottest Geek on Earth”, según su amigo Kevin Smith. Es decir, como “La Chica Nerd más Linda del Planeta”, ya que, lejos de especializarse en demostrar pasta dramática, alternó con adaptaciones de dibujos animados (de rulos y orejitas de gato en Josie & the Pussycats: un fracaso con onda) e historietas (fue Gail, la líder de las “guerreras de taco alto”, Uzi en alto y debilidades sadomaso, en la viñeta-hecha-cine-hecho-viñeta Sin City) y hasta coescribió su propio comic (Occult Crimes Taskforce), que planea llevar al cine. Su búsqueda de una identidad cinematográfica propia la llevó por rumbos extraños: un oscuro relato de violación y venganza y descenso a los infiernos (la inédita Descent) y la adaptación del musical Rent, en cuya historia de bohemios sobreviviendo en la Nueva York de los ‘80 vio ecos de su propia, humilde infancia, viviendo con papá y mamá de ocupas en un departamento de Manhattan. Pero ¿para qué engañarse? Nadie recuerda ninguno de esos personajes como ha quedado grabado aquel vestido plateado, o más cerca en el tiempo, su torrentoso encuentro sexual con Colin Farell en la absurda épica de Oliver Stone Alexander, todo un cuerpo a cuerpo al que ella le aportó un desnudo poderoso, gruñendo, cuchillo en mano.

Los dos estrenos que la devuelven a los cines esta semana la desaprovechan: en A prueba de muerte, de Tarantino, se pierde entre el grupo de chicas de carácter enfrentadas al psicópata motorizado de Kurt Russell; y en el mamarracho dramático Siete almas, con Will Smith, aparece algo demacrada, haciendo de enferma cardíaca a la espera de su salvador. Bien lejos de los destellos de aquel vestido plateado, de la guerrera de tacos altos, de la amazona persa, y hasta de la adolescente calentona con la que arrancó, como un accidente, este pequeño huracán hormonal.

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