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Domingo, 5 de abril de 2009

EL ARTE EN LOS CARTELES DE PELUQUERIA SUDAFRICANOS

Proyecto carteles

Cuatro artistas, dos de ellos anónimos, pintan su aldea, que ahora es ciudad. O mejor dicho barriada, específicamente las grandes barriadas negras de Khayelitsha y Gugulethu, las dos partes de la gran ciudad negra que bordea Ciudad del Cabo, en el final sur de Sudáfrica. Artistas urbanos con ojos campesinos, que quiebran y siguen tradiciones que ni nombre tienen; carteles para un tipo de peluquería que en nada se distinguen de las demás casillas pero que crean todo un lenguaje desconocido para nosotros.

 Por Sergio Kiernan

Es un encuentro de sorda violencia, repetido en cuanta lengua, raza y religión se encuentre. Masas sencillas que mandan a sus hijos o levantan todo y se mudan a la complicación que es una ciudad. Es la historia de todas las ciudades, centros digestivos de campesinos y gentes de pueblo chico. Es lo que pasa hoy en todas las ciudades de China, las viejas y las inventadas, donde del arrozal se pasa a la línea de montaje. Es lo que pasa en India y en Nigeria, en San Pablo y Moscú, y lo que pasó y pasa en Buenos Aires.

Sólo que la sencillez es aparente y lo que le falta al recién llegado es justamente calle, algo que se adquiere con tiempo. De estos encuentros y sus adaptaciones nadie sale intacto, todos terminamos en lunfardo, con olores y sabores, músicas y fiestas que no eran de allá porque se sintetizaron acá, en los asfaltos.

La muestra que acaba de inaugurar la Galería Teresa Anchorena trae un ejemplo de estos productos. Es una colección de carteles sudafricanos, realizados por artistas de las grandes barriadas negras de Khayelitsha y Gugulethu, las dos partes de la gran ciudad negra que bordea Ciudad del Cabo, en el final sur de Sudáfrica. Artistas urbanos con ojos campesinos, artistas que quiebran y siguen tradiciones que ni nombre tienen.

En la vecina Mozambique, en las calles de tierra de Maputo, hay un escultor ambulante que se gana la vida con sus juguetes de madera blanda. El hombre cuenta en portugués enrevesado, apenas salido de su danghana materno, que él siempre se dedicó a tallar, allá en el norte rural. Venido a la ciudad, tuvo primero el shock y luego la reacción de hacer lo que veía. Hoy sigue por esas calles cargado de pequeños helicópteros, camiones de bomberos, taxis, edificios en miniatura, minivans y hasta un camión cisterna que confiesa que sólo vio en una revista. Los objetos son indudablemente africanos, nietos y bisnietos de las máscaras y los bastones de su nación.

Algo así les pasó a los pintores del gran township de Ciudad del Cabo, que pensaban sus pinturas en términos donde nunca, jamás, había una superficie plana. Africa tiene una sola tradición de arte sobre tabla o tela, que es la etíope y desciende de Bizancio. En el resto del continente, la pintura –el material fluido que llamamos pintura– recorre contornos, destaca lugares, subraya significados en objetos tridimensionales. Lo que ocurrió en los townships que inventó el apartheid es lo que ocurrió en las demás ciudades africanas, el encuentro entre una tradición y otra, que venía a ser la del arte comercial occidental. La tribu se encontró con el marketing.

En las paredes de la galería Teresa de Anchorena se ve lo que crearon cuatro artistas desde esta nueva situación. Dos son anónimos y los otros dos firman como raperos: Tommy Art y Ras (Duque) Banana. Sus piezas son carteles para un tipo de peluquería que en nada se distingue de las demás casillas del township, con sus materiales de rescate y sus arquitecturas improvisadas. El lenguaje que inventaron es de una literalidad práctica, directa, con figuras que muestran los estilos de corte o de peinado en que se especializa el o la peluquera, para que el cliente se tiente y elija.

En una ciudad donde se escuchan las diecisiete lenguas de Sudáfrica y donde sabe leer el que pudo aprender, estos carteles transmiten mensajes sin la menor vuelta. Todos tienen los emblemas del oficio, tijeras y peines, y todos tienen el colorido tradicional, los tonos fortísimos que por allá resultan naturales. Los retratados no tienen etnia definible, excepto tal vez por las chicas del cartel de Tommy Art, de piel indefiniblemente amarillenta y por lo tanto posiblemente xhosa. Son figuras reales pero ideales, de grandes ojos y que no dejan a ninguno afuera.

La excepción es la aparición de Nelson Mandela como modelo publicitario. Dos de los carteles lo muestran en sus imágenes canónicas: el joven abogado de peinado de raya al costado que fue a prisión en los años sesenta, y el anciano que volvió en los noventa como salvador y líder. Curiosamente, estos carteles suman otra pasión de la barriada, el fútbol, y están rematados por los escudos de los Orlando Pirates y los Kaisers. El tercer cartel es abiertamente político, con el rostro de Mandela sumado al del mártir Steven Biko y al del prócer continental, el doctor Nkruma, que siempre hay que llamar doctor.

Esta cartelería nace también de la pobreza y de la falta de acceso a servicios básicos. En una realidad sin agua corriente, médicos ni municipalidad se termina en un espacio urbano donde pocos comercios tienen señales realizadas en serie. El que vende gomas tendrá al menos una calcomanía de Goodyear, como el kiosco tendrá la de Coca y el shebeen la de cerveza Castle. Pero el que presta servicios y no es parte de una cadena de comercialización, el dentista y el médico brujo, el peluquero y la modista, no reciben estos regalos institucionales. Ellos son el mercado de los artistas, que muchas veces viven de los carteles mientras crean lo suyo.

Inventar un estilo y una familia de objetos no es poco. Crear una comunicación entera es un milagro de lenguaje visual. Las piezas en exhibición son un pequeño alfabeto de este idioma, casi perfectamente desconocido entre nosotros.

Galería Teresa Anchorena,
Costa Rica 4818, casi esquina Borges.
Lunes a sábado de 11 a 20.

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