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Domingo, 10 de mayo de 2009

CINE > TERENCE DAVIES FILMA A LIVERPOOL

La mugre y la furia

El cineasta británico Terence Davies vuelve a su ciudad natal, Liverpool, con un documental amargo llamado Del tiempo y la ciudad, donde sus recuerdos de infancia miserable y adolescencia atormentada, signada por el despertar de su sexualidad gay en un país donde ser homosexual era ilegal, se mezclan con material de archivo y citas poéticas para un recorrido atípico hacia el interior de la mente de un hombre que desprecia a sus vecinos más famosos, Los Beatles.

 Por Mariano Kairuz

YESTERDAY

En Del tiempo y la ciudad, Terence Davies vuelve a evocar los recuerdos de su infancia y su adolescencia en la Liverpool de la posguerra, la vida en la ciudad proletaria que inspiró sus primeros films en los ‘80 y ‘90; pero ahora lo hace desde un documental, una reconstrucción en primera persona con un efecto que va de la fascinación al temblor. El menor de diez hermanos, Davies (Liverpool, 1945) nunca tuvo problema en contar en las entrevistas el origen de aquellas primeras películas de ficción, la historia de su verdadera vida como hijo. La historia de un padre borracho y muy violento y de cómo, cuando murió, la familia debió guardar el cadáver en la casa durante más de una semana, mientras reunían como podían el dinero para el entierro. Davies dice no haber olvidado jamás el olor de aquellos días. Pero también asegura que los cuatro años que siguieron fueron los más felices de su vida; que si es cierto que eran muy pobres, ni él ni sus hermanos conocían otra cosa que su propia pobreza, y no tener con qué compararla los eximía de anhelar una vida mejor. Luego vendría la adolescencia, y el tormento de estirarse –educado, como estaba, en la culpa católica– en una época y un lugar donde la homosexualidad había sido declarada, además de inmoral, ilegal.

La biografía de Davies está jalonada por episodios de crueldad extrema, sobre los que tomaron forma sus films iniciales: La Trilogía, Distant Voices, Still Lives y El mejor de los recuerdos. Ninguno de estos episodios aparece narrado de manera directa en Del tiempo y la ciudad, pero su relato y su retrato de Liverpool interactúa con aquellas primeras películas. Su regreso a Liverpool –que abandonó en los ‘70 y a la que sigue considerando el hogar de sus años dorados, pero en la que hoy se siente un extranjero– es un recorrido atípico, una apuesta por reproducir la experiencia de la memoria y, en palabras de Davies, la naturaleza del tiempo. Es decir, no la mera descripción de un lugar, ni la puesta en secuencia de una serie de anécdotas, sino un viaje por dentro de su cabeza a la manera en que suceden los viajes al interior de nuestra cabeza: de forma no lineal sino “cíclica y asociativa”, yendo y viniendo en el tiempo y el espacio para dar algo de sentido a aquello que se fue, que parece haberse escapado, pero que de algún modo sigue estando ahí, desperdigado en fragmentos muy difíciles de volver a unir.

AHORA QUE TENGO 64

La voz del propio Davies irrumpe en el minuto uno de su película, algo grave, teatral, pomposa, como si por momentos fuera la parodia de un institucional sobre Liverpool, sobre sus frustradas aspiraciones de grandeza de otra época, burlándose de las absurdas remodelaciones edilicias que no la sacaron en absoluto de su destino de clase obrera, y reviviendo con algo de asco el espectáculo de las celebraciones de la realeza británica, con su agresiva ostentación de riqueza y algarabía frente a multitudes de pobres. El recorrido está munido de una selección impresionante de imágenes de archivo –de la televisión británica, principalmente– e hilvanada por una amalgama de poemas –propios y de T.S. Eliot, W.B. Yeats y otros– y citas de escritores –Joyce, Chejov, Engels, Jung– que abruma. Las imágenes son conmovedoras por sí solas –hay algo en esas escenas multitudinarias, los balnearios, los partidos de fútbol, los viejos palacios de cine, que sin más explicación hablan de lo que, de tan lejano, parece menos otra época que otro planeta–, pero la voz en off lo tiñe todo en un humor oscuro, amargo, entre la añoranza y el resentimiento. Ahí están las salas en las que se refugió y se enamoró del cine a través de los musicales más coloridos y los melodramas de Hollywood y su star system, contrapuesto a las estrellas que hoy ya no guardan ningún misterio que los acerque a los dioses. Y la iglesia –que tanto mal le hizo–, y los espectáculos de lucha libre, donde un púber reprimido ya se calentaba observando el fragor de cuerpos masculinos. Ahora que el rumbo que ha tomado todo aquello ya no le interesa, que el cine murió y la fe quedó atrás, dice, hace cine recurriendo a los poetas, y a la música, “que puede emocionarnos sin que uno sea músico”.

LET IT BE

Y Davies dice música y emoción y Liverpool, y acá es donde muchos de sus espectadores se van a quedar fríos. El director dice que sus años de catolicismo le legaron una vida de celibato, ya que, ¿qué le quedaba a un homosexual, además feo, como él? Y que entonces volcó toda esa energía en su trabajo. Y ahí está, se nota, la rabia que estalla a cada frase, la ira acumulada: hacía ocho años –desde el fracaso comercial de su adaptación de The House of Mirth, de Edith Wharton, que se sumó a la decepción previa de La biblia de neón– que no filmaba. De ahí será que sale ese Yeah, yeah, yeah, yeah (cuatro veces) que pronuncia tan cargado de desprecio sobre las imágenes inevitables del cuarteto de hijos pródigos de la ciudad –y de sus fans en llamas–, comparándolos “con unos notarios de provincia” y agregando: “Tras el ascenso del rock, mi interés por la música popular disminuyó y mi amor por la música clásica creció: Sibelius, Shostakovich, mi amado Bruckner, Mahler (etcétera)”. Declaración de una enorme amargura por un mundo que ha abrazado otras cosas, dejando de lado la música, las películas, la única vida que –una vez muerto su padre, al menos– Davies recuerda con felicidad. Por qué es que Los Beatles encarnan para él esa perdición, más que el haber salido de su mismo barro, es algo que no se hace evidente en la película. Pero el hombre ha sufrido, y cada expresión personal aparece avalada por el dolor vivido. Déjenlo ser.

Del tiempo y la ciudad se da desde el jueves pasado en proyección de DVD ampliado en el complejo ArteCinema, Salta 1620, y desde ayer también los sábados a las 20 y domingos a las 17.30, en fílmico, en el Malba,
Av. Figueroa Alcorta 3415.

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