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Domingo, 10 de mayo de 2009

FAN > UN ARTISTA ELIGE SU OBRA DE ARTE FAVORITA

Calavera no chilla

 Por Amalia Sato

Es uno de los libros que visten la Biblioteca de la Fundación Centro de Estudos Brasileiros, uno de mis preferidos, el que reúne la obra de Vik Muniz. Un artista conceptual con una poética fuera de serie. Hasta tiene un nombre inolvidable, más de rocker que de artista plástico. Me sorprende que no se lo conozca todavía por aquí como merece, su obra tiene la frescura propia de los niños, eso que hace que uno exclame: ¿cómo no se le había ocurrido a nadie antes? En fin, el don de la metáfora: esto con esto, y el mundo poetiza de nuevo y ¡seguimos! Un conceptualismo con el color del pop, la experimentación con materiales para dejarnos flotando en medio de los juegos retóricos más complejos, pero a partir de los datos más básicos de un repertorio visual que todos conocemos, un A+B+C en multiplicación infinita.

Me gusta todo lo que veo. Cito a borbotones: sus nubes figurativas hechas de algodón, o las dibujadas con humo en el cielo por un avión; sus retratos de chocolate, de azúcar, de dulce, de spaghettis, maní, ceniza; sus cuadros de alambre y de hilo; sus divas de diamante y sus monstruos de caviar; sus líneas de Nazca de objetos cotidianos. Me convence su decisión de no momificar artesanalmente lo efímero y destructible sino de exprimir y explotar la materia desde una conjunción inédita hacia un resultado metafísico, y dejarlo todo registrado y dignificado por esa hermana de la pintura que es la fotografía, en una posibilidad más generosa y repetible de un mundo paralelo de imágenes de cosas que pueden mentir su escala, dimensión, volumen, materia.

Pero de toda su obra pongo en un pedestal a Caveira de Palhaço (Calavera de Payaso, Clown Skull), de 1989, de la serie Reliquias. Hay un video en Internet donde en una charla pública en inglés Vik muestra toda la serie: el joystick ashanti, la cafetera precolombina, la Enciclopedia Británica en un tomo, el podio mecedora, la media lápida para quien no murió todavía, el bonsai mesa. Son obras que hizo a los 28 años, y que conservan todavía en su materialidad escultórica los arrestos del publicista que Vik fue, con un cálculo del impacto, efectismo certero sin reparos.

La calavera payaso. Me opongo a los que quieren encorsetarla entre los memento mori o un viva la muerte mexicano, o la asimilan a una ilustración carnavalesca tipo payaso It. Para mí supera todas las variantes sobre el género: esa nariz de hueso, esa invención de una nueva anatomía que construye un nuevo homo. En el video lo dice: “Esta es la calavera payaso, resto de una raza muy evolucionada de entretenedores que vivieron hace mucho tiempo en Brasil”. Konrad Lorenz, de quien también soy fan, tan amante de los perros, afirmaba que nosotros somos el eslabón perdido, tanto tiempo buscado, previo al hombre auténticamente humano. Vik Muniz propone otro posible eslabón, ¿anterior o posterior al sapiens? Paro aquí: la potencialidad de esta obra me impone silencio. Y dejo de pecar de entusiasta.

Amalia Sato, traductora y editora de la revista literaria Tokonoma, presenta El club Kamishibai. teatro de papel, en MOCA (Montes de Oca 169, Barracas), los sábados 23 de mayo, y 6 y 20 de junio a las 18 hs.

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La obra del artista brasileño Vik Muniz (1961) se caracteriza por su investigación en torno de la condición de la fotografía. Enfatizando su carácter de documento ambiguo entre realidad y ficción, Muniz realiza réplicas de iconos de la historia del arte y luego las fotografía. El efecto produce nuevas y extrañas lecturas de imágenes archiconocidas. Los elementos desencadenantes de esta nueva percepción son los materiales insospechados con los que produce sus réplicas: una Mona Lisa en gelatina, una Ultima cena en chocolate, un retrato de Vladimir Putin en caviar, un presidente Lula con recortes de revistas. Muniz realiza un trabajo que navega entre la fotografía, la pintura y el collage, y descubre la complejidad formal, interpretativa y funcional de la fotografía. Forma parte de una generación de artistas que a finales de los ‘80 abandonó completamente el discurso fotográfico basado en la captación de imágenes reales, y comenzó a interesarse por la fotografía como objeto: una construcción a priori separada de la realidad histórica y cotidiana que se remonta a las vanguardias históricas con Man Ray o El Lissitsky.
 
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