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Domingo, 14 de junio de 2009

INTERNET > EL PROYECTO ON-LINE DE DAVID LYNCH

Pastoral americana

Después de una película tan extrema como Imperio, nadie sabía bien qué esperar de David Lynch. Hasta ahora: armado de una cámara digital, el director formó un equipo de filmación que se embarcó en un viaje por los Estados Unidos para entrevistar a cientos de norteamericanos anónimos. Todas esas historias, filmadas en digital, dieron forma a Interview Project, la nueva serie de cien episodios que retrata la “América Profunda” y que ya puede empezar a verse en su página web.

 Por Violeta Gorodischer

Se lo considera un director oscuro, o al menos uno capaz filmar la oscuridad para volverla aterradoramente visible. El New York Times lo definió alguna vez como “un Norman Rockwell psicópata”, en referencia al ilustrador de las familias felices de Coca-Cola. Un retratista del interior norteamericano, que supo espejar en varias de sus películas la imagen deforme del american way of life. Si lo siniestro es aquella suerte de espanto que afecta las cosas conocidas y familiares, la obra de David Lynch supo capturarlo como pocos. Blue Velvet escarba en las redes de una pequeña comunidad a partir de una oreja tirada en un baldío (preámbulo a la violación espiada desde un armario que viene después), Corazón Salvaje es una road movie con alusiones al viaje iniciático de Dorothy del Mago de Oz, pero sumándole el embarazo y las torturas psicológicas, la serie Twin Peaks muestra un apacible pueblo de pinos, montañas y tartas de frambuesas donde el asesinato de una adolescente destapa el perfil macabro de cada uno de sus habitantes. Incluso en Una historia sencilla, la más “light” de sus películas (distribuida por Disney), lo cotidiano empieza a volverse inquietante. A simple vista, un viejito de lo más tierno (Richard Farnsworth poco antes de pegarse un tiro a causa de su cáncer terminal) logra atravesar Estados Unidos sobre una podadora de pasto para visitar a su hermano enfermo, con el que no habla desde hace años. Simple, simpático y emotivo. Pero resulta que el viejo vive con su hija, que tiene una especie de retraso mental y a quien le sacaron, a su vez, la tenencia de sus propios hijos. Resulta que al ir de Estado en Estado, el hombre va viendo cosas: una mujer desequilibrada que atropella ciervos en la ruta, una adolescente embarazada que camina sin rumbo, un cura taciturno que vive atrás de un cementerio... Acaso por haberse criado en Missoula, Montana, cuna de los indios sioux llamada por muchos “la América profunda”, Lynch suele alejar sus historias de las megaciudades para rondar siempre en torno del bosque, las carreteras, las comunidades aparentemente tranquilas. Y en Interview Project, su nuevo proyecto, ronda los mismos lugares: un equipo de filmación recorrió 20.000 millas alrededor de los Estados Unidos, durante 70 días, para entrevistar a personas encontradas al costado de la ruta, en los bares, las montañas, los pueblos dormidos. Esos pequeños espacios que a Lynch tanto le gustan, tal vez porque esconden los más grandes secretos.

Eterno retorno

En Atrapa el pez dorado (Mondadori, 2008), un híbrido genérico donde conviven la meditación trascendental, la biografía y las reflexiones sobre su propia obra, el director asegura (entre otras cosas) que ya está aburrido del cine como formato, del celuloide, más bien. Demasiado esfuerzo, mucha complicación. De ahí su apuesta a las nuevas tecnologías para seguir produciendo arte: desde haber filmado Imperio, su última película, en video digital, hasta la transformación de su página web (www.davidlynch.com) en una suerte de usina creativa donde colgar sus “experimentos” y ofrecer sus productos. Una serie de cortos para Internet titulada Dumb Land, una sitcom surrealista con conejos (Rabbits), y el corto en digital Darkened Room, deudor del terror japonés, fueron algunos resultados de su decisión. Pero Interview Project marca una diferencia con todo lo visto hasta acá. Se trata de vidas contadas en primera persona, en un lapso que va de los tres a los cinco minutos. Retratos de gente común que se renuevan cada tres días. Nada más. Algo tan sencillo, tan concreto, que la pregunta se cae de madura: ¿es esto “lyncheano”? ¿Puede considerarse parte de su obra? La diferencia abismal que hay con una película como Imperio, donde el argumento se retuerce sobre sí mismo hasta que hay que entregarse y dejar de intentar entender, impone el desconcierto. Muchos dijeron que la complejidad de su trama hace que Carretera perdida y El camino de los sueños parezcan cuentos cerrados, pero si Imperio es, en el mejor de los casos, el universo de una mujer desesperada (con todo lo inexplicable y terrible y pesadillesco que eso conlleva): ¿qué resto queda? ¿Qué podía seguir después de una película tan extrema que prácticamente no resiste el análisis? “Trataré de seguir investigando, de experimentar. Tras Imperio no sabemos, ni siquiera yo, qué esperar”, había dicho Lynch al respecto. Y sin embargo, la aparente incongruencia de ese final festivo con música de Nina Simone parecía anunciarnos que no todo era oscuridad. Después de tres horas de escenas terribles, los actores haciendo un playback de “Sinnerman” muestran, en el punto más álgido y retorcido, que es necesario regresar a lo simple.

Mirarlos hablar

“La gente cuenta sus historias. Es tan fascinante mirarlos hablar, conocerlos. Es algo humano, no pueden quedarse afuera de eso”, arenga un entusiasmado David Lynch, al presentar Interview Project desde su página web. El “conócete a ti mismo” del Pez Dorado dejando paso al “conoce al otro”. La prioridad es darle lugar al relato liso, la narración más elemental. Claro que no es tan fácil hacer las obsesiones a un lado, y una vez más estas historias están en los márgenes de Estados Unidos. En California, por ejemplo, la entrevista que inaugura el ciclo muestra a un hombre al costado de la ruta. Música y cámara en movimiento para pasar las montañas, los pastizales, los pintorescos trenes colorados. Se ve el asfalto gris, las líneas amarillas que quedan atrás, algunas casas. Y después él. Se llama Jess y está sentado sobre una mochila. El bastón que se apoya contra el alambrado sugiere que necesita ayuda para incorporarse, aunque nunca se lo ve de pie ni se habla del tema. Tiene anteojos negros, gorra con visera, barba canosa y tupida. Con un inglés algo cerrado, cuenta que estuvo dos años en Vietnam, que su mujer se llevó a sus hijos, que no pudo ver a su padre antes de que muriese, que no se animó a sacar a su madre del geriátrico. Por momentos, la cámara busca el contexto donde esto sucede: las palmeras que enmarcan el cartel de “Needles, California”, dos camiones que se cruzan a lo lejos, las casas bajas de alrededor, un letrero viejo y borroso que cuelga del alambrado. El manejo del sonido, los encuadres particulares, los planos cerrados y las fugas al paisaje en los momentos clave del relato no sólo dan dinamismo sino que muestran que David Lynch sigue ahí, monitoreándolo todo. Y lo mismo pasa con Tommie Holliday, un hombre de 54 años al que encontraron en Kingdam, Arizona, en el estacionamiento de un Centro de Adultos. El plano lo muestra de pie, delante de su camioneta rosa. Cuando explica que no puede ver al amor de su vida porque ella mató a su ex novio con una ametralladora, un repentino fundido a negro con sonido de balas y varios puntos blancos revela la potencia creativa del proyecto. Después el relato sigue, un helicóptero pasa por detrás. También está Kee, un integrante de la comunidad Navajo que, rodeado de enormes montañas rojizas, habla del descubrimiento de su sexualidad, de la adolescencia travestida, las depresiones, la vergüenza, qué cosas pedía y todavía le pide a Dios. A su alrededor, sólo un águila atravesando el cielo celeste y sin nubes.

La idea es que las entrevistas se vayan acumulando en la página, donde una infografía en la que se “pinchan” las caras de los entrevistados ya empieza a delinear un mapa humano de los Estados Unidos. Interview Project no es más que eso: una red de relatos orales que seguirá creciendo de acá a fin de año. Como en una espiral, Lynch decidió que era tiempo de ir en busca de todo ese material que posiblemente inspiró varias de sus ficciones. Acaso el espejo más nítido del verdadero interior norteamericano.

> Los tres primeros capítulos

Cuando tengo 64
Jess, 64 años,
entrevistado en Needles,
California

Soy Jess, soy de Colorado y tengo 64. Nací en Baker, Montana, en 1944. Mi padre siempre decía: si ves un caballo, súbete. El no creía en los autos. A los dieciocho hice el servicio militar y ése fue el fin de mi infancia. Estuve dos años en Vietnam, algunas cosas como ésa. Me casé con la madre de mis hijos, pero a ella le gustaban las drogas y otros tipos más que yo. Al poco tiempo se fue, se llevó a los chicos con un cuento raro de irse a Alaska que ni yo ni nadie creímos. No hablé con nadie de mi familia en los últimos quince años, no vi a mis propios hijos en los últimos veinticinco. ¿Arrepentimientos? Tengo una canasta llena de arrepentimientos, pero no pude hacer nada con eso. No vi a mi padre antes de que muriera, no saqué a mi madre del supuesto geriátrico donde la había puesto mi hermana. No hubiera podido hacerlo solo. No estoy orgulloso de nada, sólo de estar vivo. Soy un hombre viejo, tengo pelo gris en la cabeza, mido 1,80. ¿Y qué?

El amor y la ametralladora
Tommie, 54 años,
entrevistado en Kingman,
Arizona

Mi nombre es Tommie Holliday. Vivo en Kigman, Arizona. Tengo 54 años. ¿Y qué era lo otro? (Risas.) Nací en 1953 en Houston, Texas. Vine de una familia pobre, con un padre alcohólico, en un barrio pobre. A los 14 me quedé solo, me echaron de casa. Mi primer trabajo fue en una pista de patinaje, limpiando después de las sesiones. Después conseguí otro instalando aislamientos en casas, me iba bastante bien. Después fui operador en una papelera, trabajé ahí hasta los 17. Después entré a un frigorífico, donde terminé como carnicero. Hice buena plata. Ultimamente soy un cero a la izquierda, no tenga vida, no hago nada. Ando por ahí, no sé. Mi novia, el amor de mi vida, tuvo un novio antes que yo. Nosotros estábamos saliendo hacía como seis años pero este novio la acechaba: ella se mudó como veinte veces para alejarse de él. Y tres días antes de que ella lo matara, él me dijo que si no volvían a estar juntos iba a matarla con sus hijos. Aparentemente, fue, la atacó con un hacha, y ella tenía una ametralladora y lo mató. Me quedan 16 meses hasta que pueda verla, entonces vamos a casarnos e irnos lejos de acá. Vamos a tener una vida juntos. Me gustaría irme a Montana, lejos de la gente, en el medio de la nada, lejos de la sociedad. Lejos de estos idiotas, ¿entendés? Esa gente que te trae nada más que problemas. Esos son mis sueños y esperanzas: agarro a mi novia y me voy a Montana. Sería el hombre más feliz sobre la Tierra.

Dios y la travesti
Kee, entrevistado en Tuba City, Arizona

Hola, mi nombre es K. J., bah, me conocen así, pero mi nombre es Kee Jackson. Bueno, soy de Virgo, y si saben algo de astrología, sabrán que somos muy salvajes y muy traviesos. Crecí con un montón de amigos; como nuestros padres estaban fuera del estado, trabajando, nos dejaban juntos en dormitorios. Cuando estaba en el primario era un buen alumno, me recibía con honores, salía primero en concursos de deletreo y de discursos. Académicamente era brillante. Cuando llegué a la secundaria tuve que enfrentar mi sexualidad... a dónde pertenecía, a quién pertenecía... todas esas cuestiones. Hubo un tiempo en el cual estuve deprimido. Fue cuando tuve que identificar quién era yo. Al ser criado como gay, hay un montón de cosas que tenés que enfrentar cuando salís a la sociedad. Cuando tenía entre 15 y 23 parecía una chica: usaba tacos, era un travesti. Llegué al punto de usar productos femeninos hasta darme cuenta de que en realidad yo era un hombre. Estaba muy perdido. Lo que me hizo volver fue la Preparatoria: ahí me di cuenta de que podías ser lo que quisieras, sin tener que cambiar tu personalidad. Yo creo que Dios me hizo cambiar. Si ustedes creen en Dios, van a entender de qué estoy hablando.

www.interviewproject.davidlynch.com
Los episodios se renuevan cada tres días.

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