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Domingo, 14 de junio de 2009

CINE > DOS ESTRENOS Y UN MISMO TEMA

El amor y el prójimo

Dos películas que se estrenan el jueves traen una poderosa interpelación a sus espectadores: en un mundo cada vez más áspero, ¿querríamos a sus bondadosos protagonistas como amigos o conocidos? Es más: ¿los aguantaríamos? Mike Leigh con La felicidad trae suerte, y Thomas McCarthy, con Visita inesperada, acercan las preguntas desde lugares diferentes.

 Por Mariano Kairuz

La nueva película de Mike Leigh lanza un desafío difícil a sus espectadores: el de tolerar a su protagonista. Poppy –¡ese nombre!– es una optimista irreductible, una fundamentalista de la “buena onda”, y aguantarla no es una pavada: está en cada plano de La felicidad trae suerte (título designado para el estreno local de Happy-Go-Lucky el próximo jueves), y hay que hacer un esfuerzo para no volvernos un poco cretinos y desearle un accidente violento que borre por un rato esa sonrisa que le cuelga de la cara en casi toda circunstancia, llegando a recordar por momentos al insufrible payaso sanador de Robin Williams. Pero el propio Leigh —que tiene acostumbrado a críticos y seguidores a los más amargos baños de realidad en su obra, desde sus comienzos hace treinta años hasta su penúltima, gran película, Vera Drake— reconoció que la idea es en parte ésa: que al principio Poppy (Sally Hawkins) nos resulte irritante, para luego ir descubriendo otras dimensiones del personaje.

Tal vez por miedo a ser tachados de cínicos o resentidos, buena parte de los críticos ingleses y norteamericanos aceptaron la propuesta. Y ahí estamos, atrapados durante casi dos horas con Poppy, la treintañera inglesa soltera, maestra de escuela primaria, enferma de optimismo y alegría. Si le roban la bicicleta, pone su mejor cara de qué-se-le-va-a-hacer, como si no le importara; no deja de hacerle chistes bobos al librero mala onda, autofestejándoselos ella sola; no permite que las agrias tensiones entre sus hermanas la inmuten, y asiste tan risueña como siempre al consultorio del quiropráctico a pesar del dolor de espalda crujiente que se ganó saltando en una cama elástica. Tampoco se priva de rebotar una y otra vez con la misma feliz actitud cuando encuentra a su perfecta némesis: un gruñón crónico, un inglés iracundo que estalla de odio contra sí mismo y contra el mundo, un racista homofóbico con una propensión a perder la paciencia demasiado rápido, y que le ha tocado en suerte nada menos que a Poppy, como instructor de manejo. La película mantiene su tono homogéneamente “alegre”, sacrificando realismo: a Poppy se le presentan un par de módicos conflictos. Uno es el caso de un alumnito que se pone algo violento, y cuyos motivos no tarda —gracias a su actitud cálida y flexible— en descubrir. El problema es que después no nos enteramos de si aquello que atormenta al nene se soluciona, o si sigue llevando una miserable vida familiar. Sí vemos los efectos colaterales positivos del caso: Poppy encuentra un alma gemela en el gentil trabajador social que la asiste. Los aspectos más ásperos de la realidad —esa materia sin cuyas raíces, ha declarado el serio Leigh, las películas no tienen interés para él— se hacen a un lado.

Por pura coincidencia, el mismo día del estreno de La felicidad trae suerte, llega también a los cines Visita inesperada (The Visitor, de Thomas McCarthy), una película norteamericana independiente que tiene varios puntos en contacto con aquella, que hasta puede dialogar, desde una mirada opuesta y de maneras oblicua y no tanto, con Poppy y la insoportable levedad de su ser. El relato arranca con un tono inconfundiblemente amargo; con Walter, viudo sesentón, estudiante de piano tardío y frustrado, hombre parco y de pocas palabras que carga con una rutinaria y mortalmente aburrida carrera académica (como profesor de economía) a cuestas. Lo interpreta el gran Richard Jenkins, versátil y prolífico secundario, mucho más una cara que un nombre, en películas de Woody Allen, los Coen, los Farrelly y muchas otras. La disposición más bien opaca de Walter ante la vida cotidiana no le impide ser un tipo absolutamente generoso que de pronto se encuentra ayudando a una pareja de inmigrantes ilegales, el músico sirio Tarek y su novia senegalesa, apenas después de conocerlos. Cuando ya han trabado cierta amistad con Walter, Tarek es arrestado por la policía neoyorquina, sin más razones aparentes que la portación de rasgos árabes, y es llevado indefinidamente a un centro de detenciones desde el cual lo mejor que puede pasarle es que lo deporten lo antes posible. Walter hace por él todo lo que puede, lo que no es suficiente ante el recrudecimiento de las políticas antiinmigratorias post 11 de septiembre.

En La felicidad trae suerte la xenofobia es cosa individual —que desemboca en una confrontación sin mayores consecuencias, con el instructor de manejo, quien acusa al “multiculturalismo” de estar destrozando a la sociedad—, y en Visita inesperada es institucional y muestra una de sus caras más feas. Sus respectivos protagonistas, esos incurables, son el día y la noche (o al menos un atardecer frío), y por ellos tanto Sally Hawkins como Richard Jenkins fueron nominados al Oscar este año. Pero lo que ambas películas consiguen, por vías distintas y hasta posturas parcialmente enfrentadas, es interpelarnos, obligarnos a tomar partido: ¿Querríamos en la vida real a personajes como Poppy o como Walter, como amigos, como conocidos, siquiera como compañeros de trabajo? Probablemente no, pero hay algo que vuelve más verdadero a Walter, algo que hace más sencillo conectarse con él que con la chica con sobrenombre de Teletubbie, con esa sonrisa permanente. Todo un problema de verosímil para dramas contemporáneos que se precien de traficar fragmentos de realidad, como le gusta a Leigh. Cuesta imaginarse qué tendrá de saludable para la protagonista mantener a toda costa ese estado de ánimo sin fisuras ni altibajos. Como si no fuera necesario cada tanto deprimirse por un rato, amargarse, incluso hasta odiar un poco a alguien o algo. Desajustarse cada tanto, lo suficiente al menos como para mantener un equilibrio interno, para hacer frente a los desequilibrios feroces del mundo exterior.

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