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Domingo, 20 de diciembre de 2009

MUSICA > EL DISCO DE SUSAN BOYLE, LA ESCOCESA QUE SACUDIó EL SHOW BIZZ

Hola, Susana

El caso de Susan Boyle parece hecho a medida para la industria del espectáculo: inocente, con dificultades de aprendizaje debidas a un problema durante el parto, desempleada y sin gracia mediática, después de ser humillada en un reality, se presentó en otro y se convirtió, a través de YouTube, en la revelación más grande en décadas del mundo del espectáculo. Ahora, finalmente llega el disco que grabó con esa voz extraordinaria.

 Por Diego Fischerman

En 1968 la carrera de The Monkees terminó de manera repentina. El motivo no fue que las nuevas canciones fueran peores que las que habían ocupado los primeros lugares en los rankings de ventas durante dos años sino el hecho de que se divulgara que el grupo, que protagonizaba una exitosísima sitcom diseñada a la manera de los films de Richard Lester con Los Beatles, se había formado especialmente para ese fin, mediante un casting. Era una época en que la autenticidad ocupaba el centro del sistema de valores. Eran mejores los artistas que componían que los que no lo hacían, los que tocaban todos los instrumentos –aunque tuvieran una técnica precaria– que los que contrataban orquestas de profesionales, y los que vivían –y morían– de acuerdo con sus principios que los que no. Es obvio: tres décadas después, con los reality-shows como mecánica y el casting puesto en escena, las reglas habían cambiado.

Los concursos televisivos existían en la Era de la Autenticidad y siguieron existiendo después. Pero sus objetivos fueron cambiando. No sólo porque la manera en la que se enseñaba a los concursantes un repertorio, una determinada manera de moverse y de cantar, es decir una estética, empezó a ser una mercancía más atractiva que los propios –y discretísimos– talentos de los participantes, sino a raíz de que la evolución de los medios tecnológicos comenzó a hacer posible que todos afinaran, que todos se ajustaran al ritmo y que todos cantaran, por lo menos, correctamente. Y eso fue así hasta el pasado 11 de abril, en que una mujer de 47 años, con dificultades de aprendizaje debidas a un problema durante el parto, desempleada y carente de todo lo que el mercado identifica con el atractivo sexual femenino generó, You Tube mediante, un movimiento espontáneo de una expansión y un poder imprevistos. La participación de la escocesa Susan Boyle en la primera ronda de Britain’s Got Talent, cantando “I Dreamed a Dream”, de la comedia musical Los Miserables, de Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg sobre la novela de Victor Hugo, fue subida a Internet y el lugar donde se la podía ver y oír fue visitado 79 millones de veces en apenas un mes.

Boyle, que ya había participado en un concurso televisivo con anterioridad (My Kind of People) y había sido ridiculizada por su conductor (Michael Barrymore), esta vez había sido ovacionada, había recibido el voto de jurados visiblemente emocionados y terminó llegando a la final (que, incidentalmente, perdió frente a un grupo juvenil de baile, lo que le provocó una crisis que derivó en una internación psiquiátrica). El 23 de noviembre se publicó su primer disco, I Dreamed a Dream, y desde ese momento encabeza las listas de ventas de los Estados Unidos e Inglaterra (tuvo, además, el record de preventa en Amazon). No se venden discos, se dice, pero el de ella sí. ¿Y qué es lo que muestra el fenómeno Susan Boyle? Ni más ni menos que la superación de la industria –y del gusto de un público que la remeda–, que habiendo llegado a la perfección de la puesta en escena, hasta el punto de poder montar y convertir en mercancía lo inexistente, dio un paso aún más audaz y logró poner en escena la falta de puesta en escena. Y para conseguirlo se valió de una mujer en que todo se resistía (y exhibía su resistencia) al artificio.

Hija de un bombero y una mecanógrafa irlandeses emigrados a Blackburn y cantante del coro de la iglesia católica local, Susan Boyle es, de manera expresa, una voz pura. En ella no hay otra cosa que la voz –y sí, es cierto, esa historia de Cenicienta que, de todas maneras, sin la voz no funcionaría–. Las cantantes populares coquetean, desde siempre, con las ideas de belleza y seducción. Boyle ni quiere ni podría hacerlo. Las estrellas son jóvenes. Y Boyle no lo es, por lo menos en los términos fijados por la actual lolitificación del mercado. Las cantantes bailan (con Madonna en el extremo de la escala evolutiva) y Boyle no baila. Boyle sólo canta. Y eso, es decir la inexistencia o anulación de cualquiera de las otras variables que construyen, desde hace años, la imagen del cantante popular, permite hablar de “milagro”. Una voz donde no debería estar. Una voz que es sólo una voz. El disco, en ese sentido, está calculado al milímetro y junto a la balada de los Stones que lo abre (“Wild Horses”, incluida originalmente en Sticky Fingers, de 1971) y el tema que hizo famosa a Boyle, “I Dreamed a Dream”, están los cantos de iglesia y varios hits de quienes podrían, en primera instancia, juzgarse en sus antípodas: “Cry Me a River”, la canción ejemplar de Julie London, una bella modelo que inventó el valor del susurro porque era incapaz de cantar, “You’ll See”, de la gimnástica Madonna y, cerrando un extraño círculo, “Daydream Believer”, de aquellos que fueron, ante todo, su imagen, The Monkees. Y esa voz única –y únicamente esa voz, porque con ella no hay nada–, con un vibrato amplio y cálido pero no exagerado, con su prodigiosa naturalidad en los cambios de registro, la transparencia cristalina del timbre y la profundidad aterciopelada de los graves y un fraseo que consigue ser expresivo y hasta enfático sin enfatizar de manera afectada absolutamente nada, que se sostiene a sí misma para dar luz a un nuevo mito.

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