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Domingo, 20 de diciembre de 2009

Cantando por un sueño

Ella, que “triunfó” por haber cantado tan sorprendentemente bien a pesar de sus apariencias, hoy vende por quien es y no tanto por cómo canta, como sucede con la mayoría de los exponentes cuya historia entra en nuestro living gracias al guión de los realities.

 Por Natali Schejtman

Su disco se llama I Dreamed A Dream y Billboard prevé que será el más vendido del año en Estados Unidos. En varios países del mundo, aparece en el número 1 de Amazon. Para ella, una mujer muy real que reina en los soportes virtuales, no debe ser algo tan sorprendente: hace poco más de un semestre hizo explotar YouTube con clics compulsivos que rogaban ver, una y otra vez, el cuento épico de 7 minutos en que se convirtió su primera presentación en un concurso local/global llamado Britain’s Got Talent.

¿Cómo puede ser que una trama tan transitada como la de la mujer de la periferia que triunfa en el centro acapare la atención hasta del más escéptico?

En definitiva, la historia de Susan Boyle es la misma que el recorrido de conquista social que oficia de preciado material en las comedias musicales: Piaf, Evita o esos Miserables –obra a la que pertenece la canción que es emblema de Boyle y título de su disco–. En todos ellos el ojo está puesto en los orígenes en algún tipo de alcantarilla, más o menos literal, y el progresivo ascenso que se corona con un triunfo que de por sí tiene rasgos espectaculares: cantar en un teatro prestigioso, ser ovacionada por una plaza llena desde un balcón, levantar una barricada.

En el año de la crisis, Boyle, con algo de un Full Monty talentoso, se presentó como una aspirante tardía a cantante profesional fanática de Elien Page, otra cantante (consagrada) que supo encarnar a la gata vieja de Cats (uno de los musicales record de la historia) en su hit “Memory”, sobre los recuerdos tristes de su vida feliz de la juventud. Centro y periferia otra vez, el tema fue interpretado por Boyle a lo largo del certamen.

En su primer disco, Susan dibuja algo del pathos del hombre que está solo (frente a un televisor) y sueña, pero no se trata sólo de eso. Su versión de “Wild Horses” es despojada y emotiva; “I Dreamed A Dream” no tiene la carga dramática que conoció cuando fue entonada por una perdedora que le puso un tapón a la denigración típica de casting televisado, pero la interpretación no es ostentosa y crea otro clima para una canción gigante. Susan Boyle canta muy bien, y algunos temas explotan con muchas ganas ese virtuosismo, como la impactante “Cry Me River” o “Up To The Mountain”, pop glorioso y dúctil.

Otros, como “Who I Was Born To Be” pone el foco en esa cosa solemne respecto de su destino y su ser... De un quién soy o qué soy para tus ojos (como dice el tema “Proud”) hasta una especie de soy lo que soy. En el booklet, cada letra de canción tiene su didascalia ad hoc, conscientes todos de que, curiosamente, ella, que “triunfó” por haber cantado tan sorprendentemente bien a pesar de su apariencia, hoy vende por quién es y no tanto por cómo canta, como sucede con la mayoría de los exponentes cuya historia entra en nuestro living gracias al guión de los realities. Las notas, escritas a mano por la intérprete debajo de las letras de las canciones, quedan como una intervención al natural, la licencia que le dieron para volver a ser esa Susana de pueblo a la que el brushing no aplanó. En esas declaraciones va interpretando el significado o comenta cada canción elegida, para terminar con una foto con su madre en la que la mujer que a los 50 años hizo de la aspiración una insignia dice: “Quiero dedicar este disco a mi querida madre, a quien le hice la promesa de ‘ser alguien’”.

Hace unos meses, el coreógrafo y director de musicales Ricky Pashkus hablaba de la fe necesaria para comulgar con alguna parte de la comedia musical, ese género que se rinde ante protagonistas enfáticos y proactivos. Y Susan Boyle, como quien no quiere la cosa, tuvo eso y mucho más. Se paró titubeante ante un jurado y un público que, sólo por ser ella una mujer fea y de 47 años, no daba dos mangos. Boyle no quiso ser parte de la masa que queda afuera de, entre otras cosas, la visibilidad que tienen las estrellas del show business, y decidió –o alguien lo hizo– hacer de ella un meta-reality de talentos, una comedia musical de sí misma. Ahora tiene su disco, que vendría a ser ese sueño que soñó, con una historia que mezcla frenesí, sombras y ficción: un sueño americano, para todo el planeta.

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